ORAR LA BIBLIA
Inspiraciones
bíblicas
Contenido:
Presentación: PREPARADOS PARA ORAR
Introducción
I - DIOS
1.- Canto al Creador
2.- Conocer a Dios
3.- El Dios de la vida
4.- Sólo Dios
5.- Padre nuestro
6.- Fuego y Dios
7.- El Dios en el que creo
II - JESÚS
8.- Conocer a Jesús
9.- Amar a Jesús
10.- Seguir a Jesús
11.- Sólo la fe en Jesús
12.- Jesús, fuerza de Dios
13.- Ven, Señor Jesús
14.- Canto a Cristo Jesús, el Señor
15.- Al Cristo de la Carta a los Hebreos
16.- María, la madre de Jesús
III - ESPÍRITU SANTO
17.- Ven, Espíritu Santo
18.- El Espíritu y el Mesías
19.- Los hombres del Espíritu
IV - AMOR
20.- Amor de Dios
21.- Amor de hermanos
22.- Amor de esposos
23.- Amor de padres
24.- Amor de hijos
25.- Vocación de jóvenes
V - HUMILDAD
26.- Perdón, Señor
27.- Humildad radical
28.- Que actúe tu fuerza desde mi debilidad
29.- Débiles, pero fuertes
30.- Dios, Jeremías y su pueblo
VI - POBRES
31.- Vocación de los pequeños
32.- Comprometidos con los pobres
33.- Vivir del propio trabajo
34.- Campesinos sin tierra
35.- Salmo de los pobres con esperanza
VII - SUFRIMIENTO
36.- Rebeldías desde la injusticia
37.- Quejas contra Dios
38.- Quejas de Dios
39.- Sufriente como nosotros…
40.- Sufrir y triunfar con Cristo
VIII - ALEGRÍA
41.- Canto de confianza
42.- Gracias, Padre Dios
43.- Gracias, Jesús
44.- Las alegrías de Dios
45.- Alegrías desde Dios
46.- Bienaventuranzas bíblicas
IX - RESURRECCIÓN
47.- ¿Cuándo podré ver tu rostro?
48.- ¡Quisiera llegar ya!
49.- Llegar a la plenitud…
50.- Quiero ver tu rostro, Jesús
51.- La fuerza del Resucitado en nuestro caminar hacia la
resurrección
Presentación
PREPARADOS PARA
ORAR
Un amigo, con quien he orado intensamente durante
muchos años de trabajo pastoral en campos y ciudades del Austro del Ecuador,
tiene constancias íntimas, fraternas, del significado de la Biblia en nuestros
diálogos con la Palabra viva, con Cristo que caminó con nosotros en el dolor y
la esperanza y que acampó con nosotros en todos los Emaús que hospedaron
nuestros cansancios de camino, nuestro reposo en la generosidad de los pobres
y nuestro aliento en la seguridad de una presencia de Él en la comunidad.
El amigo, José Luis Caravias, tiene la
convicción de la amorosa revelación de la providencia creadora de Dios, en todo
lo que significa e importa vida. La paternidad divina se prolonga
indeclinablemente, con amoroso poder, en cada jornada y en todo espacio. Esa
presencia constante y esa constancia universal del Padre y Señor de la vida,
abre camino al anuncio y manifestación de su Hijo. La humanidad le gritó
secularmente “ven, Señor Jesús”, y su espera fortaleció la certeza de su
Palabra, espada de doble filo que penetra el corazón del Padre y en lo más
íntimo de todo ser humano. Allí, la Palabra descubre para nosotros el
auténtico rostro de la Madre, madre tan íntegra como transverberada por el
dolor de todo hijo.
El Espíritu aletea en la razón íntima
de todas las profecías y nos prepara en la verdad más pura y nítida, para
entender el amor en la intensa gama de todas sus expresiones y exigencias. La
Biblia nos enseña a amar y descubre en la verdad la relación íntima del amor
humano con la paternidad creadora, la verdad revelada y el aliento
inextinguible del Espíritu. Nos anonada esta participación humana, señalada permanentemente
por la Biblia, en la misteriosa trinidad de Dios –Paternidad, Filiación y Amor–
desde la cual el pobre, el sencillo y el humilde, el que ha sufrido con
esperanza y el que ha sonreído con limpieza, gozan de la bienaventuranza de ser
hijo y de vivir hermano.
Y así, casi sin sentirlo, porque Dios
no es sensación, pero regestándole, porque Dios es sustancia de vida, vida
misma, José Luis Caravias nos conduce en la humilde seguridad de ser llevados
de la mano por la misma Palabra, a la oración contemplativa, propia del que
camina con Cristo y del que abre la puerta para ofrecerle hospedaje de amor, de
luz y de esperanza.
Al amigo y compañero de misión
pastoral, le ofrezco desde sus enseñanzas en la Biblia y en la plegaria, mi
aprobación eclesiástica de su obra “ORAR LA BIBLIA, Inspiraciones bíblicas.
Imprimátur, Cuenca, junio 1996.
Introducción
Este libro de oraciones bíblicas no es
para leérselo de un tirón. No quiere ser huracán, ni chaparrón. Sino lluvia
mansa, ésa que casi no se nota, pero cala hondo, poco a poco, por largo tiempo,
hasta llegar a las vetas del ser.
Estas oraciones son fruto de un caminar
insistente por los senderos de la Biblia. Muchos de los paisajes bíblicos me
son familiares. Hay zonas que aun conozco poco. Y todavía, en mis tardes de
recorrido, aun encuentro recodos del camino que me resultan con aspectos
nuevos, de belleza deslumbrante.
Los paisajes bíblicos tienen la particularidad
de cambiar de color según la perspectiva de la vida desde la que se les
contemple, de forma que siempre destaca algo resplandecientemente novedoso. Aun
en los paisajes más recorridos se descubre con frecuencia algún reflejo de luz
de una intensidad quizás nunca antes vista, justo lo que se necesitaba para ese
momento de la vida…
Cuando se ha visto mucho mundo, con
frecuencia paisajes y situaciones concretas nos recuerdan sitios y
acontecimientos ya pasados. El observador reflexivo encadena así rosarios de
acontecimientos similares, que invitan a la oración. Algo así me ha ido
sucediendo a mí con la Biblia. Según los problemas que vivo o acompaño, una
cita bíblica se me encadena automáticamente a otra y a otra, y así se han ido
entrelazando estas guirnaldas, que ofrezco, enamorado, a mis hermanos.
Sí, me reconozco un enamorado de la
Biblia, y de mi entusiasmo nacen estos cantos, que llevan como subtítulo:
“Inspiraciones bíblicas”. Y no son, sino eso: inspiraciones. No se trata de dar
citas al pie de la letra, ni en un orden determinando. Son sólo efusiones de
un corazón que quiere ser cada vez más ampliamente bíblico, profundamente
centrado en Jesús.
Se trata de temas vitales, como poco a
poco han ido llegando a mi corazón, en sucesivas oleadas, fruto de una
constante tensión entre fe y vida, iluminada e impulsada por la Palabra de
Dios.
He tenido muchos escollos en mi
caminar. Y he podido salir adelante, superándolos y trascendiéndolos, a base
de esta mezcla efervescente de Biblia, fe y vida, cocinada en la olla a presión
del compromiso con los pobres.
De ninguna forma pretendo en este libro
realizar técnicamente ningún estudio bíblico. Se trata de los temas vitales que
a mí personalmente me han interesado y, por ello están desarrollados de una forma
muy personal. Son oraciones realizadas en mi intimidad o en mi pastoral. Y las
publico con sencillez porque pienso que les pueden ser útiles a otros
hermanos…
Dedico esta publicación a los miembros
de la Comunidad de Vida Cristiana del Paraguay (CVX-Py), con quienes comparto
mi trabajo en la actualidad.
I
DIOS
1.- Canto al Creador
1. Cantemos al
Señor un cántico nuevo, cantémosle con guitarras y arpas…, porque los cielos
fueron hechos por su palabra y el soplo de su boca hizo surgir las estrellas (Sal 33,3.6).
2.
Él solo extendió los cielos… Él hizo la Osa y Orión, las Pléyades y la
Cruz del Sur. ¡El hace muchas y grandes maravillas, cosas que nadie es capaz
de comprender! (Job 9,8s).
3.
En sus manos está el fondo de la tierra y suyas son las cumbres de los
cerros; suyo es el mar; él fue quien lo creó, y la tierra formada por sus manos
(Sal
95,4s).
4.
El viste los cielos con sus nubes y prepara las lluvias de la tierra,
hace brotar el pasto de los cerros, y las plantas que al hombre dan sustento (Sal 147,8).
5.
El entrega a los animales su alimento y a las crías de cuervo cuando
gritan (Sal 147,9).
6.
El tiene en su mano el soplo de todo ser viviente y el espíritu de todo
ser humano. En él están la sabiduría y el poder (Job 12,10-13).
7. Él solo
formó el corazón del hombre y se fija en cada una de sus obras (Sal 33,15).
8.
Tú, Señor, formaste mi cuerpo y me tejiste en el seno de mi madre. Te
doy gracias porque me has formado portentosamente, porque son admirables todas
tus obras (Sal 139,13s).
9.
¡Aleluya! Demos gracias al Señor porque es bueno. Sólo él hizo grandes
maravillas, porque es eterno su Amor (Sal 136,1.4).
10.
El hizo sabiamente los cielos porque es eterno su Amor… El da alimento a
todo viviente, porque es eterno su Amor (Sal 136,6.25).
11.
Alaben al Señor todos sus ángeles… Que lo alaben el sol, la luna y
todos los astros luminosos… Alaben el nombre del Señor, porque él lo mandó y
existieron. Les dio consistencia perpetua y una ley que no cambiará (Sal 148,2-6).
12.
Alaben al Señor los grandes peces y los abismos del mar; cerros y
cordilleras, árboles frutales y selvas; fieras y animales domésticos, reptiles
y pájaros que vuelan; reyes y pueblos de la tierra, príncipes y jefes de
gobierno; los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños;
todos alabemos el nombre del Señor (Sal 148,7-13).
13.
¡Dios mío, qué grande eres!… ¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las
hiciste con sabiduría! El mundo entero está lleno de tus criaturas (Sal 104,1.24).
14.
Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida (Sal 65,10).
15.
¡Qué admirable es tu nombre en toda la creación! (Sal 92,5).
2.- Conocer a
Dios
1. Reconocemos,
Señor, que durante esta vida nunca te podremos conocer del todo. Acá nadie te
ha visto, ni te puede ver cara a cara (1Tim 2,16). Ningún ser humano podría verte y seguir viviendo (Ex 33,20).
2.
Algunas veces tu presencia causa terror y obscuridad (Gn 15,12). Otras veces, en cambio, te manifiestas en el murmullo de una
suave brisa (1Re 19,12).
3.
Siempre se te ha conocido un poco a la vista de tus creaturas. La
grandeza y hermosura de las cosas creadas te dan a conocer a ti, su Creador,
mucho más grande y hermoso (Sab 13,5).
4.
¡Tu gloria llena toda la tierra! (Is 6,3).
5.
Te muestras desde el fuego y las nubes (Ex 14,24). A veces te presentas bajo la apariencia de una llama ardiente,
entre truenos y relámpagos (Ex 19,16), o en medio de
una gran tempestad (Job 40,6).
6.
Pero te conocemos de una forma especial a través de tu presencia liberadora
en medio del dolor humano (Job 42,5).
7.
Tú eres el Dios que ve y escucha la aflicción de las mujeres despreciadas,
como Agar (Gn 16,13). El que oye los gritos de los
niños que están en peligro de morir de hambre, como Ismael (Gn 21,17).
8.
Tú ves la humillación del pueblo y escuchas sus gritos cuando lo maltratan sus explotadores (Ex 3,7). Conoces los
sufrimientos de los oprimidos (Ex 3,9), y existes en
medio de su proceso de liberación (Ex 3,18).
9.
Eres el Dios de los hebreos: de los marginados y oprimidos, que quitas
de sus espaldas sus duros trabajos y los libras de la esclavitud (Ex 6,7).
10.
Tú eres el único Dios, verdadero y fiel, (Dt
7,9),
capaz de liberar de la opresión (Dt 5,6).
11.
Todo el que te conoce de veras se preocupa de practicar la justicia con
el desamparado (Jer 22,16). Los que te buscan anhelan
siempre la justicia (Is 51,1). Pues todos tus
caminos son justicia, Señor (Dt 32,4). ¡Por eso el que
obra la justicia, ése ha nacido de Dios! (1Jn 2,29).
12.
Por eso, para conocerte es imprescindible amar la justicia (Sab 1,1). Pues la injusticia destruye la verdad sobre ti, Señor (Rm 1,18).
13.
Señor, aunque todavía no te conozco como debo (Sab 2,13), quiero dejar de adorar a los ídolos inútiles, para poder servirte sólo a ti, el Dios vivo y verdadero (1Tes 1,9).
14.
En otro tiempo hablaste a nuestros antepasados por medio de los profetas (Heb 1,1). Pero ahora, llegada la etapa final, nos has hablado por medio de
tu Hijo (Heb 1,2), que es reflejo resplandeciente de
tu gloria e imagen perfecta de tu ser (Heb 1,3).
15. En Jesús,
la vida que estaba junto a ti, Padre Dios, se ha hecho visible, y la hemos
visto y oído (1Jn 1,2).
16.
Jesús te conoce perfectamente, pues viene de ti (Jn 6,46; 10,
15). Dice tus palabras (Jn 3,34). Está en ti, Padre Dios, y tú en él (Jn 14,9). Por eso es el único que con toda verdad te da a conocer (Jn 1,18).
17.
Señor Jesús, te suplico que me hagas conocer al Padre, pues nadie lo
conoce sino tú y aquellos a quienes tú se lo das a conocer (Mt 11,27). Conociéndote a ti, Jesús, conoceré también al Padre (Jn 8,19). Pues nadie va al Padre sino por ti (Jn 14,6).
18.
Danos a conocer a ese Dios que se alegra cuando los pobres le conocen (Mt 11,25), que hace fiesta cuando el hijo perdido vuelve a él (Lc 15,23s) y hace llover sobre malos y buenos (Mt 5,45).
19.
Quien te ve con corazón limpio, ¡bendito seas!, ve a Dios (Mt 5,8). Queremos aprender a ver tu rostro sufriente en los desamparados
del mundo (Mt 25,31ss) y en ellos detectar el amor
preferencial del Padre.
3.- El Dios de
la vida
1.
El río de agua de la vida, transparente como el cristal, brota constantemente
de tu trono, Señor (Ap 22,1), pues en ti se halla la fuente de
toda vida (Sal 36,10).
2.
¡Eres verdaderamente el Dios de la vida! (Sal 42,3). ¡Por eso tu
Palabra, Señor, está viva! (Jn 1,4).
3.
Haces crecer a todas las plantas, das aliento a todos los habitantes de
la tierra y a los seres que se mueven en ella (Is 42,5). Por tu voluntad
existen y son creadas todas las cosas (Ap 4,11).
4.
Todo lo que ha llegado a ser tiene su origen en ti, Señor (Jn 1,4).
5.
Todos nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de tu propia vida (Gn 1,26). Tú mismo has soplado en nosotros tu aliento vital (Gn 2,7) y nos has formado en el seno de nuestra madre (Is 44,24).
6.
No eres Dios de muertos, sino de vivos (Lc 20,38). Tú no has hecho la muerte (Sab 1,13). Ni te alegras por la muerte de nadie (Ez 18,32). No quieres que el pecador muera, sino que cambie de camino y
viva (Ez
18,23).
7.
Amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho (Sab 11,24). Tienes lástima de todo: porque todas las cosas son tuyas, Señor,
que amas la vida (Sab 11,26).
8.
Has puesto en medio de nosotros el árbol de la Vida (Gn 2,9), y nos ofreces, a nuestra libre elección, el bien y la vida, por
una parte, y por la otra, el mal y la muerte (Dt 30,15).
9.
Pero sabemos que nos das las fuerzas suficientes para que podamos
conquistar la prosperidad que nos ofreces (Dt 8,18), pues tus leyes son fuente de vida para quienes las cumplen (Ez 20,11). La alianza contigo lleva a la vida, a la paz y al respeto (Mal 2,5).
10.
Nos has dado tu bendición para que crezcamos, nos multipliquemos,
llenemos la tierra y la sometamos (Gn 1,28). Por eso
nos ordenas que no haya necesitados en medio de los que creemos en ti (Dt 15,4). Quieres que vivamos unidos, compartiendo todo lo que nos has
dado, según las necesidades de cada uno (Hch 2,44s), de forma que nadie sufra necesidad en medio de nosotros (Hch 4,34).
11.
No se trata de que otros tengan comodidad y que a nosotros nos falte lo
necesario, sino de poner en marcha una igualdad fraterna (2Cor 8,13). Por eso los miembros de tu pueblo debemos saber repartirnos la
tierra que nos has dado para vivir, según las necesidades de cada familia (Núm 33, 53s).
12.
Danos fuerzas, Señor de la vida y del espíritu (2Mac 14,25), para poder conseguir prosperidad para todos (Sal 118,25). Creemos que si volvemos a ti con todo nuestro corazón y con
toda nuestra alma tú nos darás abundante prosperidad en todo lo que hagamos;
nuestra tierra será fecunda y tendremos de todo en abundancia (Dt 30,9s).
13.
Jesús, tú eres Señor de la vida (Hch 3,15). ¡Eres la misma Vida! (Jn 14,6). Existes
antes que todos, y todo se mantiene en ti (Col 1,17). Por eso nos has podido rescatar de la existencia vacía que
teníamos antes (1Pe 1,18), y nos ofreces ahora vida en plenitud
(Jn
10,10).
14.
El que te tiene a ti, tiene la vida (1Jn 5,12). Danos a conocer, pues, los caminos de esa vida que viene de ti (Hch 2,28).
15.
Enséñanos a no adorar a ídolos hechos por manos humanas, sino sólo al
Dios vivo que hizo el cielo y la tierra y que tiene poder sobre todo viviente
(Dan
14,5).
16.
Ayúdanos a anunciar al pueblo tu mensaje de vida (Hch 5,20). Y a dar testimonio de ella ayudándote a vivir más dignamente en
los pobres, pues sabemos que cuando servimos a los más necesitados de tus
hermanos, te servimos a ti mismo en persona (Mt 25,40).
4.- Sólo Dios
1. Yo, Yavé, soy tu Dios, que te he sacado del
país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses fuera
de mí (Ex 20,2s).
2. Yo soy Yavé, y no hay otro igual; además de
mí no hay ningún otro dios… Nada existe fuera de mí (Is 45,5).
3. Dios justo y salvador no hay otro (Is 45,21). Yo soy el primero, y también soy el último (Is 48,12). Sólo en mí está tu socorro
(Os
13,9).
4.
Sí, creemos y confesamos que eres el único Dios (Dt 6,4).
5. Sólo tú eres
íntegramente sabio (Eclo 1,8). Sólo tú conoces el camino de la
sabiduría (Prov 28,23). Sólo tú eres justo (Eclo 18,2). Sólo tú eres santo (Ap 15,4).
6.
Sólo tú eres capaz de hacer grandes maravillas porque es eterno tu amor (Sal 136,4).
7.
Señor Dios, creador de todo, temible y fuerte, justo y misericordioso,
tú, rey único y bueno, tú solo generoso, tú solo justo, todopoderoso y eterno (2Mac 1,24s), mándanos tu Espíritu para que podamos conocer y experimentar tu
poder (Is
11,2).
8.
¡Sólo tú puedes ayudar entre el poderoso y el desvalido! ¡Ayúdanos,
pues, Yavé, Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos y en tu nombre marchamos! (2Cró 14,10).
9.
Sólo tú, Señor nos haces vivir tranquilos (Sal 4,9). Solo tú eres mi roca, mi salvación: mi alcázar (Sal 62,3).
10.
Tú haces brotar ríos en los cerros pelados (Is 41,18); conviertes el desierto en lagunas y la tierra seca en
manantiales (Is 11,7); consigues que el lobo viva en paz
con el cordero (Is 11,6); haces arados de las espadas y
hoces de las lanzas (Is 2,4).
11.
Sólo a ti te queremos reverenciar y servir fielmente, con todo el
corazón (1Sm 12,24). Pues ¿quién es Dios, fuera de
ti? ¿Quién es Roca, sino sólo tú, que nos ciñes de fuerza y haces nuestro
camino irreprochable? (2Sm 22,32s). Sólo tú nos
guías a nuestro destino (Dt 32,12). ¡Sólo en ti
hay victoria y fuerza! (Is 45,24).
12.
Un corazón de piedra se convierte con tu acción en corazón de carne (Ez 36,26). Una adúltera prostituida se transforma contigo en esposa amante y
fiel
(Os 2,22).
13.
Puedes dar vida al feto arrojado al desierto (Ez 16,5-6); y honrar y embellecer a la jovencita desamparada y deshonrada (Ez 16,7-8).
14.
Eres capaz de dar alas de águila a un gusano indefenso (Is 40,31;
41,14); y de poner en pie a un montón de huesos secos
para hacerles caminar como ejército en marcha (Ez 37, 2.10).
15.
Con una sola piedrita puedes destrozar los pies de barro del ídolo
brillante del poder (Dan 2,34).
16.
Lo que es imposible para los hombres, es posible para ti, Señor (Lc 18,27). ¡No existe otro semejante a ti! (Is 46,9).
17.
Das fuerza al que está cansado y robusteces al débil (Is 40,29). Contigo los cobardes se vuelven valientes (Joel 4,10). Los que esperan en ti sienten que les crecen alas de águila (Is 40,31).
18.
Tú, Yavé, lo dices, y lo haces (Is 60,22); dices, y lo pones por obra (Ez 37,14).
19.
Tu salvación dura para siempre y tu justicia nunca se acaba (Is 51,6).
20.
Todas nuestras capacidades provienen de
ti (2Cor
3,5). De ti nace la fuente de nuestra fuerza interior
(2Cor
4,7).
21.
Haznos sentir ese tu poder, Señor (Ez 40,1). Que nuestros días de desgracias se transformen por tu supremo
poder en días de felicidad (Est 16,21).
22.
¿Quién hay como tú, que libras al débil de la mano del fuerte, y al
pobre y al pequeño del que lo despoja? (Sal 35,10). ¡Fuera de ti no hay otro protector para el pueblo! (Jdt 9,14).
23.
Sabemos que el Espíritu que nos has dado viene a ayudar a nuestra debilidad
e intercede continuamente por nosotros para que te entendamos (Rm 8,26). Por eso, su acción poderosa nos colma de esperanza (Rm 15,13).
24.
Envíanos, Señor, esa fuerza de tu Espíritu, que nos capacita para dar
testimonio de ti (Hch 1,8). En todo saldremos triunfadores gracias al amor que
nos tienes. Nada ni nadie podrá apartarnos del amor que nos has manifestado en
Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 8,37s).
25.
Gracias, Señor Dios, dueño de todo, porque con tu inmenso poder estás
estableciendo tu reinado (Ap 11,17). ¡Aleluya!
¡Nuestro Dios es un Dios salvador, fuerte y glorioso! (Ap 19,1).
26.
Bendito seas porque eres capaz de hacerlo todo nuevo (Ap 21,5): un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21,1), un mundo en el que reine la justicia (2Pe 3,13).
27.
Sólo a ti te queremos adorar y dar culto (Mt
4,10). Pues sólo tú, nuestro Salvador, puedes mantenernos limpios de
pecado y conducirnos alegres e intachables hasta tu gloriosa presencia (Jud 1,24).
28.
A ti, Señor Dios, que, desplegando tu poder sobre nosotros, eres capaz
de realizar todas las cosas incomparablemente mejor de cuanto pensamos o
pedimos, a ti la gloria en Cristo y en la Iglesia (Ef 3,20s). Amén.
5.- Padre
nuestro
• ¡Papá
querido!
• de mi familia grande,
• de TODOS y de CADA UNO,
que nos aprietas y nos abarcas.
• Mano tierna, única y segura.
• ¡Ojos llenos de bondad, novedad y picardía!
• Que te
conozcamos
- más y más
◊ ¡en tu hondura de mar
inagotable
• lleno de BONDAD
para mirarnos por
dentro!
• ¡lleno de NOVEDAD
para enseñarnos a
contemplar el horizonte!
◊ en tu profundidad de
CORAZÓN
inmenso y gratuito
• ¡lleno de AMOR Y
JUSTICIA,
de FUERZA y TERNURA!
- más y más
◊ ¡en tu proyecto de CAMINO y de CASA!
◊ ¡en tu sueño de PUEBLO y de HOGAR QUE ARDE!
- más y más
◊ ¡en tu ser “YO SOY-YO ESTOY”!
◊ en tu Ser, siempre mayor…
• Que tu Reino
venga
adentro de nuestras entrañas,
¡haciendo DERRAMAR y CONSTRUIR fraternidad!
¡Sé nuestro REY desde ahora y para siempre!
• Que nos
abramos a tu querer en nosotros,
siempre fuego que purifica,
siempre vida que estalla,
• ¡llamado a más y a plenitud!
• ¡Voluntad de hacer FLORECER Santidad y Vida!
• Abre tu mano
generosa y danos la abundancia de tu PAN
haciéndonos acercar y entregar cada día tu
PROSPERIDAD,
que ALCANZA y SOBRA para todos
• Y me atrevo con temor y temblor
¡seguro de vos!
a querer vivir la estrecha picada del AMOR,
pidiéndote
el regalo de TU PERDÓN
que nos
regenera.
Pero esto
si yo implico mis entrañas
- de HIJO y de HERMANO
en el
perdón al que me ofende,
reconociendo que sos, Papá querido,
- de TODOS y de CADA UNO
• Y no nos
dejes ceder a la constante tentación
de tantas idolatrías
¡gordas y sutiles!,
que desfiguran tu SONRISA DE PAPA,
- de AMOR y LIBERTAD,
- de VERDAD y JUSTICIA.
Que no nos empeñemos en inventarnos
otros rostros de Dios,
distintos al tuyo:
menos exigentes
y menos amorosos…
• ¡Líbranos así
de este terrible mal
de no probar tu MANANTIAL DE AGUAS VIVAS!
6.- Fuego y
Dios
(Lecturas para dialogar alrededor de un fogón)
El fuego
como manifestación de
Dios
1.
El Ángel de Yavé se le presentó a Moisés bajo las apariencias de una
llama ardiente en medio de una zarza. Moisés vio que la zarza ardía, pero no se
consumía. Y se dijo: Voy a mirar más de cerca eso tan asombroso y ver por qué
la zarza no se consume (Ex 3,2s).
2.
Moisés los hizo salir del campamento para ir al encuentro de Dios, y se
detuvieron al pie del cerro. El Sinaí entero humeaba, porque Yavé había bajado
en medio del fuego (Ex 19,17s). La Gloria de Yavé aparecía como
un fuego ardiente, que abrasaba la cumbre del cerro (Ex 24,17). Y Yavé les habló entonces en medio del fuego. (Dt 4,12).
3.
Debes saber que Yavé, tu Dios, es un fuego devorador, un Dios celoso (Dt 4,24). El nos habló cara a cara en el cerro, desde en medio del fuego (Dt 5,4).
4.
¿No es mi palabra como fuego que quema? (Jer 23,29).
5.
Decidí no recordar más a Yavé, ni hablar más de parte de él, pero sentí
en mí algo así como un fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo
trataba de apagarlo, no podía (Jer 20,9).
6.
En medio de los cuatro seres se veían como brasas ardientes, como
antorchas que se agitaban de acá para allá. El fuego resplandecía y echaba
fulgores. Los cuatro seres iban y venían lo mismo que el relámpago (Ez 1,13s). Un fulgor como de bronce brillante que parecía fuego lo rodeaba
todo en derredor. De lo que podía ser su cintura salía hacia arriba y hacia
abajo como un fuego refulgente, semejante al arco iris (Ez 1,27s).
7.
Su trono era de llamas de fuego con ruedas de fuego ardiente. Un río de
fuego salía y corría delante de él (Dn 7,9s).
8.
Fuego y calor, alaben y ensalcen al Señor eternamente (Dn 3,66).
9.
Es fuerte el amor como la muerte; sus flechas son dardos de fuego, como
llama divina (Cant 8,6).
10.
He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera
ardiendo! (Lc 12,49)
11.
Jesús los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego (Mt 3,11).
12.
Al bajar a tierra encontraron fuego encendido (por Jesús), pescado
sobre las brasas y pan (Jn 21,9).
13.
Aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron
posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo (Hch 2, 3s).
14.
Nuestro Dios es fuego devorador (Heb 12,29).
15.
Sus ojos (de Cristo resucitado) parecen llamas de fuego; sus pies son
como bronce pulido acrisolado en el horno (Ap 1,15).
El fuego
como purificación divina
16.
Uno de aquellos seres como de fuego voló hacia mí. Tenía un carbón
encendido que había tomado del altar con unas tenazas, tocó con él mi boca y
dijo: Mira, esta brasa ha tocado tus labios, tu falta ha sido perdonada y tu
pecado, borrado (Is 6,6s).
17.
La luz de Israel vendrá a ser como fuego y su Santo una llama, que
quemará y consumirá sus espinas (Is 10,18).
18.
Mira cómo te he puesto en el fuego, igual que la plata, y te he probado
en el horno del sufrimiento (Is 48,10).
19.
El valor del oro se prueba en el fuego, y el valor de los hombres en el
horno del sufrimiento (Eclo 2,5).
20.
Apareció como un fuego el profeta Elías, cuya palabra quemaba como
antorcha (Eclo 48,1), y al final fue arrebatado en
torbellino de fuego, en carro con caballos de fuego (Eclo 48,9).
21.
¿Quién podrá mantenerse en pie cuando aparezca Dios? Pues él es como el
fuego de una fundición y como la lejía que se usa para blanquear (Mal 3,2).
22.
El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no da
buen fruto, será cortado y arrojado al fuego (Mt 3,10).
23.
El trabajo de cada cual se verá claramente en el día del juicio; porque
ese día vendrá con fuego, y el fuego probará la clase de trabajo que cada uno
haya hecho. Si alguno construyó un edificio resistente al fuego, recibirá su
pago. Pero si lo que construyó se convierte en cenizas, lo perderá todo, aunque
él mismo logrará salvarse como quien escapa del fuego (1Cor 3,13-15).
24.
Si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es sólo cosa
pasajera, con mayor razón la fe de ustedes, que vale mucho más (1Pe 1,6).
7.- El Dios en
el que creo
1.
Creo en un Dios siempre enteramente bueno (“ore taita juky ete asy”), que nos quiere a todos por igual y que
tiene hermosos proyectos para con cada uno de sus hijos.
No creo en el “dios araña“, en vigilante espera para atraparnos,
de frente fruncida, que nos castiga para probarnos y reparte felicidad y
desgracia a su antojo…
2. Creo en el Dios que está presente y activo en
todo lugar donde se busca y se realiza justicia, verdad, libertad y amor.
No creo, en cambio, en dioses que favorecen y blanquean
injusticias, mentiras, esclavitudes y odios. No creo en el dios del dinero
acumulado y del poder opresor.
3. Creo en el Dios que siempre respeta la
dignidad y la libertad humana. Ofrece sus dones a todos, pero a nadie se los
impone. Y ha puesto la marcha de la historia en nuestras manos.
Pero no creo en dioses cuadriculados, que lo tienen todo
fijamente predeterminado, enemigos de la libertad; o en dioses boticarios, que
con “recetas milagreras” resuelven los problemas y evitan así a sus clientes
el compromiso responsable de construir comunitariamente un mundo justo.
4. Creo en el Dios que ha creado un universo
maravilloso, capaz de desarrollarse autónoma y evolutivamente, según las
propias energías que él mismo le dio al ponerlo en marcha.
No creo en esos dioses que tienen que estar dando permiso cada momento
para que llueva o no llueva, para que alguien se enferme o se cure, para que un
terremoto destruya esta casa y salve a la otra…
5. Creo en el Dios que es misterio, al que se va
conociendo poco a poco, cada vez más de cerca, pero al que en esta vida nunca
podremos comprender del todo.
No creo en el dios de los orgullosos que presumen de conocer todo
lo divino.
6. Creo en el Dios que es enteramente libre,
del que nadie se puede apropiar, ni se deja manejar por ningún “devoto”.
No creo en esos diosecillos que tienen dueños, y a los que se les
puede encasillar en ideologías, “guetos” o santuarios.
7. Creo en el Dios que históricamente se encarnó
en Jesús, a través de María, haciéndose así en todo semejante a nosotros, sus
hermanos, para que podamos acercarnos a él con toda confianza.
No creo en ningún tipo de dios que sea insensible a nuestros sufrimientos
o a nuestras alegrías. Ni en dioses racistas o machistas…
8. Creo que Jesús es la imagen viva del amor de
Dios para con todos, especialmente para con los despreciados y empobrecidos.
Pero no creo en ninguna imagen de Dios que justifique falta de compromiso
para con los pobres.
9. Creo que Jesús es plenamente Dios y
plenamente hombre.
No creo en un Jesús al que se le quite algo de humano o algo de divino.
10. Creo que Jesús no sólo perdona nuestros
pecados, sino que además nos posibilita crecer en humanidad fraterna y
acercarnos cada vez más al Padre; nos convierte en hijos legítimos de Dios,
constructores y herederos de su Reino. Él es Señor del Universo y hacia él
corre la Historia.
No creo en un Jesús al que no le importe la política, el hambre
del pueblo, la hipocresía de los grandes o el acaparamiento de los poderosos…
11. Creo que Jesús, hermano universal, está
presente en todo ser humano, pero especialmente en los que sufren desprecio,
marginación o cualquier tipo de miseria. Cuanto más y mejor ayudamos a los
hermanos a crecer, más cerca estamos de Jesús y su Reino.
No creo en esas imágenes de un Jesús dulzón y afeminado, lujosamente
ataviado, al que se le compra ayuda con “devociones”.
12. Creo en la fuerza del Resucitado, que es
capaz de realizar en nosotros maravillas insospechadas.
No creo en ese Jesusito al que se acude sólo para satisfacer pequeños
egoísmos.
13. Creo en el Espíritu Santo como sabiduría,
ánimo y consuelo, fuerza creadora y transformadora del amor del Padre y del
Hijo.
No creo en ese espíritu que usan algunos para buscar milagrerismos
y evitarse así compromisos en serio.
14. Creo que Dios es familia y es comunidad, amor
complementario de tres, en perfecta comunión recíproca.
El Dios Trino de Jesús está del lado de la unión y no de la exclusión;
del consenso, en lugar de la imposición; de la participación y no de la
dictadura.
15. Creo en las Iglesias donde se vive y se celebra
el perdón y la fraternidad de Jesús.
No creo en ningún tipo de iglesia fanática, despreciadora de las
demás, que se cree la única portadora de la verdad.
16. Creo en los sacramentos como signos visibles
de la presencia consoladora y transformadora de Jesús.
No creo en los sacramentos que se convierten en drogas
tranquilizantes o en ocasión de fiestas de lujo.
17. Creo en las inmensas posibilidades de
desarrollo de todo ser humano; creo en las capacidades de la inteligencia y el
amor; creo en la creatividad del pueblo consciente y organizado; creo en el
proceso de dignificación de la mujer; creo en la presencia de Dios en la
cultura, en la belleza, en el arte, en la expansión del universo… Creo que todo
ello es imagen creciente de las maravillas de Dios.
No creo en ningún tipo de dios enemigo del desarrollo.
18. Creo en la amistad; amistades
complementarias, multiplicadoras, fieles, sacrificadas y sinceras. Creo que en
la amistad vive Dios…
No creo en ningún tipo de espiritualidad que desconfíe de las
“amistades particulares” o fomente “educadas” hipocresías ante los demás.
19. Creo que Dios está presente en lo más íntimo
de toda pareja enamorada, en el corazón de los padres, en la solidaridad de
los amigos…
No creo en ningún dios celoso del amor humano.
20. Creo en la sexualidad humana, don de Dios,
como expresión de su amor y su fecundidad.
No creo en un dios fiscalizador, enojado con todo lo que sea sexo.
21. Creo que la creación es un desbordamiento de
vida y de comunión de las tres divinas personas, que invitan a todas sus
criaturas a entrar en el juego simultáneo de la diversidad y la
complementariedad.
No creo en un dios fixista, que exige que todo sea siempre igual.
22. Creo que la muerte no es sino el paso a la
plenitud de la vida, en la que, como regalo de Dios, desarrollaremos todas
nuestras potencialidades.
23. Creo en el triunfo definitivo de Dios en cada
uno de nosotros, en la sociedad, en la historia y en todo el universo.
24. Espero un cielo nuevo y una tierra nueva, un
mundo en el que reinará la justicia. Viviremos como una sola familia, los
minerales, los vegetales, los animales y los seres humanos, todos en íntima
unión con la Familia Divina.
II
JESÚS
8.- Conocer a
Jesús
1. Deseo
ardientemente conocerte cada vez mejor, Jesús, pues tú eres la imagen pura y
fiel del Dios invisible (Col 1,15). Por tu medio
se da a los hombres la manifestación plena e irrepetible de Dios, de un modo
nuevo y único.
2.
En ti se ha hecho visible la bondad de Dios y su amor por los hombres (Tit 3,4). Como Sol naciente, nos has hecho ver la tierna bondad de nuestro
Dios (Lc 1,78).
3.
El Padre nos ha puesto en tus manos: haznos saber quién es él (Jn 17,6). Enséñanos a conocerlo y adorarlo en Espíritu y en verdad (Jn 4,23). Y haznos buenos, como él es bueno (Mt 5,48).
4.
Usando el poder que te dio el Padre, concédenos esa vida eterna que,
según tus palabras, consiste en conocer al único Dios verdadero y a ti, su
enviado (Jn 17,3).
5.
Padre Justo, el mundo no te ha conocido, pero Jesús te conoce y nosotros
hemos conocido que tú lo has enviado (Jn 17,25). El nos
ha enseñado tu nombre y seguirá enseñándonoslo; y así el amor con que lo amas
estará en nosotros y él mismo estará también en nosotros (Jn 17,26).
6.
Quiero conocer, Jesús, la anchura, la longitud, la altura y la profundidad
de tu amor (Ef 3,18s), de forma que sepa anunciar al
pueblo tu incalculable riqueza (Ef 3,8).
7.
Queremos conocerte en todas tus dimensiones, en todos tus aspectos,
como hombre y como Dios, en tu vida histórica y en tu vida gloriosa…
8.
Que te conozcamos no sólo como al Jesús manso y humilde (Mt 11,29) de Nazaret, sino también como al Primogénito de la Creación (Col 1,15), Dueño del Universo (Ap 19,6), Señor de
la Historia (Ap 5) y Rey de Reyes (Ap 19,16).
9.
Eres el que siempre sabe perdonar (Jn 12,47), pero eres también el que haces las guerras justas (Ap 19,11). Eres un manso cordero degollado, pero te mantienes siempre de
pie (Ap
5,6). Te matan, ¡pero vences para siempre a la
muerte! (Ap 20,14).
10.
Quiero conocer cómo se va realizando en ti este maravilloso proyecto
escondido desde el principio en Dios (Ef 3,9). Hasta que todos nos juntemos en la misma fe y el mismo
conocimiento tuyo (Ef 4,13).
11.
Nada vale la pena en comparación con este bien supremo de conocerte a
ti, Cristo Jesús, mi Señor. Por tu amor quiero disponerme a renunciar a todo y
a considerarlo todo como basura con tal de llegar a ti (Flp 3,8).
12.
Quiero conocerte; quiero experimentar el poder de tu resurrección;
compartir tus sufrimientos y morir tu misma muerte, para resucitar también
contigo (Flp 3,10s).
13.
Que no me canse nunca de seguir en esta carrera, hasta alcanzarte,
Cristo Jesús, mi Señor, consciente siempre de que tú ya me has dado alcance (Flp 3,12).
14.
Enséñame a afianzarme en el amor, de modo que consiga la riqueza de
comprenderte plenamente (Col 2,2).
15.
No hay dicha más grande en el mundo que estar contigo, verte y oírte (Mt 13,17), pues eres la plenitud del Amor y la Fidelidad. (Jn 1,14). En ti están escondidas toda las riquezas de la sabiduría y de la
ciencia (Col 2,3).
16.
Que la gracia y la paz abunden entre nosotros por medio del conocimiento
de Dios y de ti, Jesús, nuestro Señor (2 Pe 1,2). Y crezcamos siempre más y más en este conocimiento, Señor y
Salvador nuestro: a ti la gloria, ahora y hasta el día de la eternidad. Amén (2 Pe 3,18).
9.- Amar a
Jesús
1. Jesús,
hermano (Rom 8,29), amigo (Jn 15,16), concédeme el gran don de conocerte y amarte de tal forma que por
tu amor sea capaz de renunciar a todo (Flp 3,8). Que lo único que me importe en esta vida sea ganarte a ti,
Cristo Jesús, y encontrarme contigo, desprovisto de todo mérito personal (Flp 3,9).
2.
Quiero experimentar el poder de tu resurrección, teniendo parte en tus
sufrimientos y en tus triunfos (Flp 3, 10s). Estoy aun
lejos de la meta, pero deseo correr con constancia esta prueba, fijos siempre
los ojos en ti, nuestro pionero en la fe (Heb 12,1s).
3.
Quiero despojarme del hombre viejo y de su manera de vivir, para
revestirme del hombre nuevo, a imagen del Creador (Col 3,9). Para ello necesito estar crucificado contigo, Cristo Jesús, de
forma que seas tú el que viva en mí (Gál 2,19s).
4.
Tú nos quieres de veras (Ef 6, 24). Te entregas
por nosotros (Gál 2, 20), amándonos hasta el extremo (Jn 13,1).
5.
Señor Jesús, concédeme que yo también te ame a ti con un amor inquebrantable
(Ef
6,24). Que, con toda sinceridad, pueda llegar a
decir, como Pablo: para mí vivir es Cristo (Flp 1, 21).
6.
Me has dicho que todo lo que haga con mis hermanos más pequeños te lo
hago a ti mismo en persona (Mt 25,40). Y si peco
contra un hermano, peco contra ti también (1Cor 8,12). Enséñame a quererte, Jesús, queriendo a nuestros hermanos más
necesitados, tal como tú mismo los quieres (Jn 15,12). Que te demuestre mi amor cuidando a tus ovejas (Jn 21,16), especialmente a las perdidas (Lc 15,5s).
7.
Que tú seas siempre nuestra cabeza, Jesús, y nosotros, tus miembros,
ramas todas de un mismo tronco, cada vez más al servicio los unos de los otros (Jn 4,15s). Mi pobre rama se secaría si no estuviera unida a tu savia; pero
unida contigo, y bien podada, sé que produciré mucho fruto (Jn 15,1-5).
8.
Que nos acerquemos siempre a ti como nuestro Hermano Mayor (Rom 8,29), Amigo de todos (Jn 15,14), Compañero de
penas y de alegrías (Mc 16,10; Lc 5,34).
9.
Que tú seas siempre para nosotros el Primero y el Ultimo (Ap 1,17), el Principio y el Fin (Ap 21,6); león y brote (Ap 5,5): majestuosamente poderoso y tiernamente cercano.
10.
Que sepamos verte como al Testigo fiel y verdadero (Ap 3,14), como Palabra de Dios (Ap 19,13), Dueño
del Universo (Ap 19,6), Rey de reyes y Señor de señores (Ap 19,16).
11.
Tú eres Señor de la vida (Hch 3,15), Piedra
angular (Ef 2,20), Jefe único (Mt 23,10) Señor de la Historia (Ap 5), Primogénito
de Toda la Creación (Col 1,15).
12.
Eres Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2,11): Señor de todos (Hch 10,36), que está en
todo y en todos (Col 3,11). Eres la Cabeza de todos (Col 2,10). ¡El que nos ama! (Ap 1,5).
13.
Has muerto y resucitado para ser Señor, tanto de vivos como de muertos (Rom 14,9). Atráeme, pues, hacia ti, Jesús, ya que para ello has sido
levantado sobre la tierra (Jn 12,32). ¿A dónde iría
lejos de ti? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! (Jn 6, 68).
14.
Quiero escuchar tu voz y abrirte mi puerta, para que entres a mi casa y
cenemos juntos (Ap 3,20).
15.
Deseo ver tu rostro y llevar tu nombre sobre mi frente (Ap 22,4). Estoy sediento de recibir de tu mano el agua de la Vida (Ap 22,17). Dame a beber de ese río de la Vida, puro como el cristal, que
brota de tu trono (Ap 22,1).
16.
Que tu lámpara nos ilumine para siempre (Ap 22,1) y ya nadie nos pueda sacar de tu mano (Jn 10,28).
17.
Prepáranos, como novia, vestida de lino radiante (Ap 19,8), engalanada en espera de su prometido (Ap 21,2). ¡Que llegue pronto la alegría de tu fiesta de bodas! (Ap 19,7).
18.
Sí, ven pronto Señor Jesús (Ap 22,20), sobre tu
caballo blanco (Ap 19,11), y empieza a reinar, valiéndote de
tu poder invencible (Ap 11,17). ¡Hazlo todo
nuevo! (Ap 21,5).
Amén.
10.- Seguir a
Jesús
1.
Has pasado a mi lado y me has dicho: “Sígueme, que yo te haré pescador
de hombres” (Mt 4,19). Y respondiendo a tu llamado, me
dispongo a dejar mi barca y mis redes para irme contigo (Mt 4,20).
2.
Sé que para seguirte tengo que renunciar a mí mismo y cargar cada día
con mi cruz (Mt 16,24). Quiero aprender a cargar con esta
mi cruz para poder seguir tus huellas y ser tu discípulo (Lc 14,27). Para ello es necesario que tome una actitud profundamente
humilde de servicio, como la tuya, de estar dispuesto a lavar los pies a mis
hermanos (Jn 13,14).
3. Estoy decidido a seguirte, adondequiera que
vayas (Ap
14,4). Quiero estar siempre contigo, Jesús (Mc 3, 14). Quiero tener mi mirada centrada en ti (Heb 12,2). Quiero seguir tus huellas (1Pe 2,21) y poder reconocer siempre tu voz (Jn 10,27).
4. Quiero dejarlo todo para poder caminar libremente
a tu lado (Lc 14,33), ¡mi Señor y mi Dios! (Jn 20,28). ¡Quiero ser todo tuyo, Cristo Jesús! (1Cor 3,23). Quiero pertenecerte, tanto en la vida como en la muerte (Rom 14,8). No permitas que mire más hacia atrás, pues ya tengo mi mano
aferrada a tu arado (Lc 9,62).
5.
Quiero comprometerme contigo, con tu obra y con tu Reino (2Cor 11,2). Tener tu pensamiento (1Cor 2,16) y tus
mismos sentimientos (Flp 2,5). Empobrecerme a
tu estilo (Flp 2,6; 2Cor 8,9). Revestirme de ti (Gál 3,27); vivir en ti (2Tim 2,11) y para ti (2Cor 5,15); que tú seas mi vida (Flp 1,21); que sepa
verte en todo lugar y en toda persona humana (Col 3,11).
6.
Busco parecerme a ti (1Jn 3,2), de modo que
llegue a comportarme como tú te portabas en esta vida (1Jn 2,6); que yo pueda sentir los sentimientos de tu corazón con que
amabas al Padre y a los hombres. La fe en ti es el camino para poder llegar a
comportarme como tú (Jn 14,12).
7.
Sólo siendo tuyo podré predicar eficazmente tu Buena Nueva (Mc 3,14). Sólo así tendré palabras para anunciar valientemente el
misterio de tu Evangelio (Ef 6,19).
8.
Para ello es necesario que me enseñes a sufrir contigo (Rom 8,17). Hasta encadenado debo ser embajador de tu Evangelio (Ef 6,20).
9.
Quisiera poder ser en tus manos un instrumento valioso para darte a
conocer, aunque ello me pueda costar muchos sufrimientos (Hch 9,15s).
10.
Que no me predique más a mí mismo, sino que sólo me preocupe de
anunciarte a ti como Señor (2 Cor 4,5) de todo y de
todos (Ef
1,22).
11.
Sé que el Padre Dios me llamó por su mucho amor y le gustó revelar en mí
a su Hijo para que lo anunciara entre los pueblos (Gál 1,15s). Señor Jesús, hazme fiel a esta gracia que se me ha concedido de
anunciar al pueblo tus incalculables riquezas (Ef 3,8).
12.
Quisiera ser tu testigo ante todos los hombres (Hch 22,15). Junto con los demás apóstoles quiero ser testimonio vivo de tu
resurrección (Hch 1,22): que tu fuerza resucitadora se vea
patente en mí (Flp 3,10).
13.
Con tu sangre me has comprado para Dios (Ap 5,9); me has rescatado para ser de Dios (Ap 14,4). Señor Jesús, te suplico que tu Padre llegue a ser plenamente mi
Dios y yo llegue a ser para él plenamente un hijo (Ap 21,7).
14.
Padre nuestro, siguiendo tus planes, haznos llegar a ser semejantes a
tu Hijo, de modo que él llegue a ser primogénito en medio de numerosos
hermanos, hijos todos tuyos (Rom 8,29). Tú, que
dispones de todas las cosas como quieres (Ef 1,12), haz que nos vayamos transformando en imagen suya, cada vez más
resplandeciente (2Cor 3,18).
15.
“La meta es que todos juntos nos encontremos unidos en la misma fe y en
el mismo conocimiento del Hijo de Dios. Así llegaremos a la plenitud de Cristo”
(Ef
4,13).
16. Todo esto lo pedimos al Padre en tu nombre,
Jesús, para que él sea glorificado en todo (Jn 14,13). Amén.
11.- Sólo la fe
en Jesús
1. Sabemos que
el hombre no llega a ser justo por la observancia de la Ley, sino por su fe en
ti, Cristo Jesús. El cumplimiento de la Ley no hará nunca de un mortal un amigo
de Dios (Gál 2,16).
2.
Dedicarnos exclusivamente al cumplimiento de la Ley sería despreciar el
don de Dios: sería como afirmar que moriste inútilmente (Gál 2,21), queriendo eliminar el escándalo de tu cruz (Gál 5,11).
3.
Si alguno se considera algo, siendo que no es nada, se engaña (Gál 6,3). No nos debemos sentir orgullosos sino de llevar tu cruz (Gál 6,14).
4.
La fe en ti es el único camino de salvación, y no las prácticas de la
Ley (Gál
2,16). Sólo por el camino de la fe comunica Dios la
justicia a todas las naciones (Gál 3,8). Por el camino
de la Ley, en cambio, nadie llega a ser justo a los ojos de Dios (Gál 3,11). Pretender hacernos justos con las observancias de la Ley sería
como desligarnos de ti y apartarnos de tu gracia (Gál 5,4).
5.
Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios te envió a ti, su Hijo,
que fuiste sometido a la Ley, con el fin de rescatar a los que estábamos
sometidos a la Ley, para que llegásemos a ser también nosotros hijos legítimos
suyos. Por eso ahora somos hijos, pues Dios mandó a nuestros corazones el
Espíritu de su propio Hijo que nos enseña a invocarle como ¡Papá querido! (Gál 4,4-6).
6.
Tú, Jesús, nos rescataste de la maldición de la Ley haciéndote maldición
por nosotros (Gál 3,13). Y ahora, por la fe en ti, todos
nosotros somos hijos de Dios (Gál 3,26): herederos en
los que se cumplen sus promesas (Gál 3,29).
7.
Nos liberaste para que fuéramos realmente libres. Por eso debemos
mantenernos firmes y no someternos de nuevo al yugo de la esclavitud (Gál 5,1). Fuimos llamados para gozar de la libertad del amor, y no esa
libertad que encubre los deseos de la carne (Gál 5,13).
8.
El Espíritu nos comunica la esperanza de que seremos justos y santos
por la fe en ti (Gál 5,5), que actúa mediante el amor (Gál 5,6).
9.
Concédenos, pues, Jesús, gozar de los frutos de tu Espíritu: amor,
alegría y paz; paciencia, comprensión de los demás, bondad y fidelidad;
mansedumbre y dominio de nosotros mismos (Gál 5,22s).
10.
Que no busquemos la vanagloria, ni haya entre nosotros provocaciones
ni rivalidades (Gál 5,26). Que nos ayudemos unos a otros a
llevar nuestras cargas (Gál 6,2). Y si alguien
cae en alguna falta, que sepamos enderezarlo con espíritu de bondad (Gál 6,1).
11.
Que sepamos hacer siempre el bien, sin desanimarnos por nada (Gál 6,9). Que así sea.
12.- Jesús,
fuerza de Dios
1. Tu fuerza
salvadora, Padre Dios, alcanza a todos por medio de la fe en Jesús (Rm 3,22).
2.
Sí, Señor nuestro Jesucristo, creemos que eres fuerza salvadora de Dios (Rm 1,16). Estás lleno del poder del Espíritu Santo (Lc 4,14) y se te ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra (Mt 28,18). Eres poder y sabiduría de Dios (1Cor 1,24); sostienes el universo valiéndote de tu palabra poderosa (Heb 1,3), y nada queda fuera de tu dominio (Heb 2,8).
3.
Eres el Primero y el Ultimo, Alfa y Omega, Principio y Fin (Ap 22,13); el Primogénito de Dios (Heb 1,6), el Primero de todo lo que existe (Col 1,15); el Primogénito de toda la creación (Col 1,15), el Primer nacido de entre los muertos (Col 1,18).
4.
Eres el Hijo del Altísimo (Lc 1,32), Hijo
amado (Mt
3,17), Imagen de Dios (2Cor 4,4), Plenitud de Dios (Col 2,9), Misterio
de bondad (1Tim 3,16), Heredero de todo (Heb 1,2).
5.
Eres Señor de la Gloria (1Cor 2,8), Señor de la
Vida (Hch
3,15), Señor de vivos y muertos (Rm 14,9), Señor de todos (Hch 10,36).
6. Eres el
Enviado del Padre (Jn 7,28), el Amén de Dios (Ap 3,14), la Piedra fundamental (Hch 4,11), Sabiduría de Dios (Mt 11,19); nuestra
esperanza (1Tim 1,1) y nuestra fortaleza (Flp 4,13).
7.
Sólo tú, fuerte como un león y tierno como un brote, eres capaz de dar
sentido al libro de la vida (Ap 5,5).
8.
Eres para nosotros sabiduría, fuerza santificadora y liberadora (1Cor 1,30). Al sediento le das a beber gratis del manantial del agua de la
vida para que llegue a ser hijo auténtico de Dios (Ap 21,6s). Tu mensaje de amor tiene fuerza para hacernos alcanzar esta
herencia prometida (Hch 20,32). ¡Todo es posible para el que
tiene fe en ti! (Mc 9,23).
9.
Porque afrontaste valientemente la muerte ignominiosa de la cruz, ahora
compartes el poder soberano de Dios (Heb 12,2). Y con la
fuerza de tu brazo destruyes los planes de los soberbios, derribas a los
poderosos de sus tronos y encumbras a los humildes (Lc 1,51s).
10.
Por tu medio experimentamos la fuerza salvadora de Dios (2Cor 5,21). Fortalécenos, pues, uniéndonos a tu poder irresistible (Ef 6,10). Sabemos que quieres actuar poderosamente en nosotros (Col 1,29) y que tu poder glorioso nos dotará de una fortaleza a toda prueba (Col 1,11).
11.
Atráenos a todos hacia ti (Jn 12,32), tú, que
has vencido al mundo (Jn 16,33), y haznos experimentar esa fuerza que sale de ti (Lc 6,19).
12.
Enséñanos a proclamar tu mensaje de salvación con la fuerza del
Espíritu que nos has dado (1Pe 1,12). Sabemos que
estás con nosotros, y nos capacitas para llevar a buen término el anuncio de
tu mensaje (2Tim 4,17).
13.
Esperamos tu venida gloriosa, Jesús (2Pe 1,16). Te veremos llegar con gran poder y gloria (Mc 13,26), y entonces transformarás nuestro cuerpo mortal en un cuerpo
glorioso como el tuyo, en virtud del poder que te permite dominar todas las
cosas (Flp
3,21).
14.
Creemos que el poder de Dios, que te resucitó triunfante de la muerte,
nos resucitará también a nosotros (Col 2,12). Nos
harás vencer, de forma que puedas sentarnos en tu trono, junto a ti, así como
tú has vencido y te has sentado junto a tu Padre (Ap 3,21).
15.
Digno eres, Cordero degollado que estás de pie, de recibir el poder, la
riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza (Ap 5,12). Eres Rey de reyes y Señor de señores (Ap 17,14). Tuyo es el poder para siempre (1Pe 5,11). Amén.
13.- Ven, Señor
Jesús
1. Ven, Señor;
visítanos con tu paz, y nos alegraremos en tu presencia de todo corazón (Sal 106,4s). Que brille tu rostro y nos salve (Sal 80,4.2). Haznos oír la majestad de tu voz y nos alegrarás de todo corazón (Is 30,30).
2.
Enséñanos a preparar tu llegada, allanando tus senderos. Que sepamos rellenar las quebradas y allanar los cerros,
enderezar lo torcido y suavizar las asperezas de los caminos (Lc 3,4s).
3.
Digan a los cobardes de corazón: sean fuertes, no teman. Miren a nuestro
Dios, que viene y nos salva (Is 35,4).
4.
Pongámonos de pie, subamos a la altura y contemplemos el gozo que Dios
nos envía (Bar 5,5). Cielos, destilen el rocío; nubes,
derramen al Justo; ábrase la tierra y brote al Salvador (Is 45,8).
5.
Portones, alcen sus dinteles, que se agranden las puertas eternas: va a
entrar el Rey de la gloria (Sal 24,7). Alégrate, hija
de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu Rey que viene, el Santo, el
Salvador del mundo (Zac 9,9).
6.
Ya se ha cumplido el tiempo: Dios ha enviado a su Hijo a la tierra (Gál 4,4). Una virgen ha concebido y ha dado a luz un hijo y le ha puesto
por nombre Emmanuel: Dios con nosotros (Mt 1,23). Aleluya. Sí, un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado:
Consejero admirable, Héroe divino, Padre que no muere, Príncipe de la paz (Is 9,5).
7.
Nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor, motivo de gran alegría
para todos los pueblos (Lc 2,10s).
8.
Sí, llegas sin retrasarte (Hab 2,3). Todas las
personas pueden sentir ya tu salvación (Lc 3,6). Iluminas lo que esconden las tinieblas y te manifiestas a todos
los pueblos (1Cor 4,5). Llegas con poder y
das luz a los ojos de tus siervos (Is 40,10) para que
no haya más temor en nuestra tierra (Heb 10,37).
9. Que esta cercanía tuya nos mantenga
siempre alegres, Señor (Flp 4,4s). Cielos, griten
de alegría; alégrate, tierra entera, porque ha llegado el Señor y se
compadece de los desamparados (Is 49,13). Nos visita
como sol que nace de lo alto, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz
(Lc
1,78s). Con su venida florece la justicia, y la paz
abundará eternamente (Sal 72,7).
10.
Esperamos la dicha de tu aparición definitiva y gloriosa, Señor (Tit 2,13). Anhelamos tu vuelta glorioso en la que cambiarás nuestro cuerpo
miserable y lo harás semejante a tu propio cuerpo (Flp 3,20s). Se revelará del todo tu gloria, y todos los hombres juntos
veremos la salvación que nos envías (Is 40,5).
11.
¡Bendito seas por siempre, Señor Dios, porque has visitado y redimido a
tu pueblo! (Lc 1,68).
14.- Canto a
Cristo Jesús, el Señor
1. Todas las
cosas han de reunirse bajo una sola Cabeza, Cristo, tanto los seres celestiales
como los terrenales (Ef 1,10). Pues uno solo
es Señor: Cristo Jesús, por quien existen todas las cosas, y también nosotros
(1Cor
8,6).
2.
¡En él nos encontramos liberados y perdonados! (Col 1,14). ¡En él hemos recibido todas las riquezas! (1Cor 1,5).
3.
Dios constituyó a su Hijo heredero de todas las cosas… Él es el que
mantiene el universo por su palabra poderosa (Heb 1,2s). Todo se hizo por él, y sin él no existe nada de lo que se ha
hecho (Jn
1,3).
4.
Él es la imagen de Dios que no se puede ver, el primero de todo lo que
existe. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; las del cielo y las de la
tierra; tanto las cosas que no se ven, como las cosas que se ven… Todo fue hecho por medio de él y para él. Él
existe antes que todas las cosas. Y todo se mantiene en él (Col 1,15-17).
5.
En verdad todo viene de él, todo ha sido hecho por él, y ha de volver a
él. ¡A él sea la gloria por siempre! (Rm 11,36).
6.
Digno en verdad es el Cordero que ha sido degollado de recibir el poder
y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza (Ap 5,12).
7.
Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos bendijo
desde el cielo en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales (Ef 1,3).
8.
Al Dios único, que nos puede preservar de todo pecado, y presentarnos
alegres y sin mancha ante su propia gloria, al único Dios que nos salva por
medio de Cristo Jesús nuestro Señor, a él gloria, honor, fuerza y poder, desde
antes de todos los tiempos, ahora y por todos los siglos de los siglos (Jud 24s).
9.
Al que puede realizar todas las cosas, y obrar en nosotros mucho más
allá de todo lo que podemos pedir o imaginar, a él la gloria, en la Iglesia y
en Cristo Jesús, por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén (Ef
3,20s).
15.- Al Cristo
de la Carta a los Hebreos
1. Es necesario
que nos esforcemos para no quedarnos rezagados (Heb 4,1): debemos dejar las enseñanzas infantiles sobre Cristo y pasar a
un conocimiento propio de adultos (Heb 6,1).
2.
Para ello tenemos que tomar más en serio el mensaje recibido (2,1). Y saborear más a fondo la belleza de la Palabra de Dios (6,5), que es viva y eficaz, y penetra como espada de doble filo hasta
lo más íntimo de nuestro ser (4,12).
3.
La meta eres tú, Jesús, origen y plenitud de nuestra fe (12,2). Nadie como tú, que has pasado las mismas pruebas de dolor que
nosotros, es capaz de comprendernos y ayudarnos (2,18).
4.
Pues con frecuencia nos asedia la debilidad; nos sentimos ignorantes y
extraviados (5,2). A veces nos volvemos flojos (6,12). Enfrentamos al mal (12,4) llenos de
pruebas (12,1), correcciones y reprensiones (12,5). Y alguna vez hasta llegamos a profanar la sangre de tu Alianza (10,29).
5.
En esta nuestra lucha la ley no nos sirve para nada (10,1): es insuficiente e ineficaz (7,18), incapaz de llevarnos a la santidad (9,9).
6.
Pero tú comprendes nuestras debilidades, pues has sido sometido a las
mismas pruebas que nosotros (4,15). Te has hecho carne
y sangre (2,14), en todo semejante a tus hermanos (2,17). Eres nuestro sumo sacerdote, lleno de compasión (2,17), capaz de comprender a los ignorantes y extraviados (5,2).
7.
Dios te hizo perfecto por medio del sufrimiento (2,10). En los días de tu vida mortal te ofreciste a él en sacrificio (7,27), con lágrimas y grandes clamores (5,7), como víctima sin mancha (9,14), para borrar nuestros pecados (9,28).
8.
Aun siendo Hijo, aprendiste lo que es obedecer (5,8). Y así tu sangre purificó nuestra
conciencia de las obras muertas, para que, en adelante, podamos servir al Dios
vivo (9,14).
9.
Conforme a la voluntad de Dios, hemos quedado consagrados a él, por
medio del sacrificio que has hecho de ti mismo (10,10). Con tu única ofrenda llevaste a la perfección para siempre a
cuantos hemos sido consagrados a Dios (10,14).
10.
A la luz de tu misión entendemos que los sufrimientos que pasamos no
son sino una corrección de Dios, que nos trata como a hijos (12,6s). Sabemos que él nos corrige por nuestro bien, para que
participemos de su propia santidad (12,10).
11.
Por eso nos acercamos a Dios llenos de confianza, seguros de que su
misericordia y su favor estarán a nuestro lado en el momento oportuno (4,16). Tú nos has abierto el camino (6,20) de la esperanza de tener acceso seguro a Dios (7,19).
12.
Como Hijo que eres, estás al frente de la casa de Dios, y todos nosotros
somos la gente de tu casa, mientras nos mantengamos esperando con firmeza y
entusiasmo (3,6).
13.
Dios te ha constituido heredero de todas las cosas (1,2); y nosotros tendremos parte contigo, si es que conservamos hasta
el fin, en toda su firmeza, nuestra confianza del principio (3,14). Contamos para ello con la promesa y el juramento de Dios (6, 18).
14.
Tu muerte nos ha dejado vía libre hacia el santuario, abriéndonos un
camino nuevo y viviente a través del velo de tu propia humanidad (10,19s). Queremos, pues, acercarnos a Dios con un corazón sincero y lleno
de fe (10,22). ¡Contigo no llegaremos nunca a cansarnos hasta el desánimo! (12,3). Pues es digno de confianza quien ha hecho la promesa (10,23).
15.
Siendo como eres reflejo resplandeciente de la gloria de Dios e imagen
perfecta de su ser (1,3), vives para siempre intercediendo por
nosotros (7,25). Estás en presencia de Dios, en favor
nuestro (9,24), coronado de gloria y honor, por
haber dado tu vida para bien de todos nosotros, según el plan bondadoso de
Dios (2,9).
16.
Que el Dios de la paz, el que te resucitó de entre los muertos y te
constituyó supremo Pastor, nos haga capaces también a nosotros de cumplir su
voluntad. A él sea la gloria por siempre jamás. Amén (13,20s).
16.-
María, la madre de Jesús
1. Alégrate,
María, la llena de gracia: el Señor está contigo (Lc 1,28). Has encontrado la simpatía de Dios y has concebido en tu seno a
Jesús, Hijo del Altísimo (Lc 1,30). El Espíritu Santo
ha descendido sobre ti y su poder te ha cubierto con su sombra; por eso el
niño santo que nace de ti es Hijo de Dios (Lc 1,34).
2.
¡Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu
vientre! (Lc 1,42). ¡Dichosa tú por haber creído que
se cumplirían todas las promesas de Dios! (Lc 1,45). ¡Realmente para él nada es imposible! (Lc 1,37).
3.
El Poderoso ha hecho grandes obras en ti: ¡Santo es su Nombre! (Lc 1,49). El Señor Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres de la
tierra; por eso tu alabanza estará siempre en la boca de todos (Jdt 13,18s).
4.
A través de ti la misericordia de nuestro Dios ha venido a visitarnos,
cual sol naciente, iluminando a los que vivimos en tinieblas, para guiar
nuestros pasos por el sendero de la paz (Lc 1,78s).
5.
Bendita seas, Virgen María, pues de ti ha salido el sol de justicia (Mal 3,20), ¡aleluya!. De ti, por obra del Espíritu
Santo (Mt
1,18), ha nacido Jesús, el Cristo (Mt 1,16), el Dios-con-nosotros (Mt 1,23).
6.
Canta, llena de gozo, hija de Sión, pues el Todopoderoso ha venido a
habitar dentro de ti (Zac 2,14 ). ¡De ti,
mujer, en la plenitud de los tiempos, nació Jesús! (Gál 4,4). Bendita seas por habernos dado al que permanece siempre el
mismo hoy como ayer y por toda la eternidad (Heb 13,8).
7.
A pesar de tu grandeza, enséñanos a aceptarte y tratarte como eras en
tu vida mortal, como la sencilla esposa del carpintero, vecina conocida de
todos (Jn
6,41), mujer de pueblo, que enviudó aún joven, y no
pudo dar estudios especiales a su hijo (Mc 6,2s).
8.
Enséñanos a ser, como tú, servidores del Señor, dispuestos siempre a
cumplir su voluntad (Lc 1,38 ).
9.
Que todas las madres con problemas en el momento de dar a luz te
sientan muy cerca de ellas, pues tú sabes lo que es no tener ni dónde recostar
a un hijo recién nacido (Lc 2,7).
10.
Quisiéramos, como los pastores, ir apresuradamente a tu presencia para
que nos muestres a tu hijo y nos hables de sus maravillas (Lc 2,16). Cuéntanos lo que el Todopoderoso ha hecho por tu medio (Sal 66,16).
11.
Como los Magos, guiados por la estrella, quisiéramos poder entrar en tu
casa para ver al niño en tus brazos, arrodillarnos ante él y adorarlo; y
después abrir nuestros cofres para ofrecerle nuestro oro, nuestro incienso y
nuestra mirra (Mt 2,11).
12.
Que tu visita y tu saludo nos haga presente de tal modo a Jesús que
saltemos de gozo en lo más íntimo de nuestro ser y quedemos llenos de su
Espíritu (Lc 1,41-44).
13.
Enséñanos a proclamar la grandeza del Señor y a alegrar nuestro espíritu
en Dios nuestro Salvador (Lc 1,46s).
14.
Que, como Jesús, bajo tus cuidados maternos, según avanzamos en edad,
crezcamos también en sabiduría y en gracia, ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52).
15.
Que, como tú, sepamos ver, agradecidos, la mano de Dios cuando deshace
los planes de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a
los humildes; cuando colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos
con las manos vacías (Lc 1,51-3).
16.
Acompaña a las madres en sus intuiciones sobre el futuro de sus hijos,
tanto en sus sufrimiento como en sus triunfos (Lc 2,34s).
17.
Enséñanos, María, a guardar en nuestro corazón toda la vida de Jesús y
volver a meditarla con frecuencia en nuestro interior (Lc 2,19 ).
18.
Que aunque a veces, como tú, no comprendamos las respuestas de Jesús,
sepamos mantenernos siempre emocionados ante él (Lc 2,48.50).
19.
Y cuando se nos acabe el vino, intercede por nosotros ante Jesús y
enséñanos a hacer todo lo que él nos diga (Jn 2,3-5).
20.
Dichosa eres, Santa María, porque, sin morir, has merecido la palma del
martirio junto a la cruz del Señor (Jn 19,25).
21.
En el momento en que Jesús estaba siendo ajusticiado, él nos puso en tus
manos como madre y a nosotros nos
encargó cuidarte como hijos. Quédate siempre en nuestra casa como madre querida
(Jn
19,26s), y enséñanos a mantenernos constantemente
unidos en la oración y en un mismo espíritu de hermanos (Hch 1, 14).
22.
Tú eres la mujer del Apocalipsis, símbolo y cumbre de todas las mujeres
del mundo, vestida del sol, con la luna bajo tus pies y una corona de doce
estrellas sobre la cabeza (Ap 12,1).
23.
El dragón quiere devorar a tu primogénito (Ap 12,4) y ahogarnos a todos tus otros hijos con el vomitó de su boca (Ap 12,15). Pero la tierra viene a ayudarnos, y se traga el río que vomita
el dragón (Ap 12,16). ¡Aplasta ya del todo, madre, la
cabeza de la serpiente antigua! (Gn 3,15).
24.
Alégrate, Virgen Madre, porque Cristo ha resucitado del sepulcro.
Aleluya. Has sido elevada por encima de los ángeles y con Cristo triunfas para
siempre.
25.
Tú permaneces con nosotros como la columna que guiaba y sostenía día y
noche al pueblo en el desierto (Sab 18). Nadie se
arrepentirá jamás de haberte hecho caso (Eclo 24,22).
26.
Como flor fragante ofreces siempre tu aroma, y cual mirra exquisita das
buen olor; como plantas olorosas y como el humo del incienso que se quema en el
Santuario de Dios (Eclo 24,15). Extiendes como una enredadera
tus ramas, llenas de gracia y majestad; como la vid echas brotes graciosos y
tus flores dan frutos de gloria y riqueza (Eclo 24,16s). De ti guardaremos siempre recuerdos más dulces que la miel (Eclo 24,19s)
.
III
ESPÍRITU SANTO
17.- Ven, Espíritu Santo
1. Danos, Señor,
tu Espíritu de amor y de confianza para que sepamos volver a ti (Zac 12,10). Infúndelo en nosotros de forma que podamos vivir según tus
preceptos y tus leyes (Ez 36,27).
2.
Sabemos, Señor, que tu Espíritu incorruptible está en todas las cosas (Sab 12,1). Por medio de él tiene vida nuestro cuerpo mortal (Rm 8,11). Por eso, si llamaras de vuelta a tu soplo, en un instante
moriría toda la tierra y los hombres volveríamos al polvo (Job 34,14s).
3.
Espíritu de Dios, ven, pues, a socorrernos en nuestra debilidad. Sabemos
que tú siempre estás intercediendo por nosotros (Rm 8,26).
4.
Soplas donde quieres y como quieres (Jn 3,8). Te manifiestas como brisa ligera (1Re 19,12), o como viento impetuoso (Hch 2,2) y aun como tempestad (Job 40,6). Entra,
pues, con fuerza en nosotros, para que podamos permanecer de pie y formar parte
del Reino de nuestro Dios y su Cristo (Ap 11,11.15).
5.
Llénanos de tu sabiduría (Dt 34, 9), de forma
que a tu luz sepamos examinarlo todo y quedarnos con lo bueno (1Tes 5,20).
6.
Queremos vivir de ti y dejarnos conducir por ti (Gál 5,25). Pues sólo si nos dejamos guiar por ti, no nos dominarán los
deseos de la carne (Gál 5,16). La carne tiende a la muerte, pero
tú te propones vida y paz (Rm 8,6).
7.
Concédenos tus frutos: caridad, alegría y paz; paciencia, comprensión de
los demás, bondad y fidelidad; mansedumbre y dominio de nosotros mismos (Gál 5,22s).
8.
Que, conducidos por ti (Rm 8,5), nos vayamos
transformando en imagen de Jesús (2Cor 3,18) y
podamos así ser en todas partes testigos de su resurrección (Hch 1,8).
9.
Dejándonos guiar por ti llegamos a ser realmente hijos de Dios (Rm 8,14), pues el amor de Dios ha sido derramado ya por tu medio en nuestros
corazones (Rm 5,5), desde los que clamas al Padre como
Abbá querido (Gál 4,6).
10. Ya no somos
esclavos, ni menores de edad (Gál 4,1-3). Gracias a ti,
nuestra nueva relación con Dios es de suma intimidad y familiaridad, al estilo
de Jesús (Mc 14,36).
11.
Sí, creemos, Padre Dios, que hemos recibido el Espíritu que nos convierte
en hijos legítimos tuyos y que nos mueve a tratarte como Papá querido. Sentimos
que el Espíritu nos asegura que somos realmente tus hijos y, por consiguiente,
tus herederos. Plenamente nuestra llegará a ser tu herencia, y la
compartiremos con Cristo, nuestro hermano (Rm 8, 14-17). Amén. Aleluya.
18.- El
Espíritu y el Mesías
1. Virgen
María, bendita seas por haber permitido que el Espíritu Santo descendiera sobre
ti y te cubriera con tu sombra (Lc 1,35). Pues creemos
que la concepción de Jesús fue obra suya (Mt 1,18). Por eso eres ejemplo viviente de cómo se asocia el Espíritu
Santo y el poder del Altísimo (Lc 1,35; 24,49).
2.
Jesús, creemos que sobre ti reposa el Espíritu del Señor, espíritu de
sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fuerza, de conocimiento
y de respeto a Dios (Is 11,2).
3.
El te ha ungido y te ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres,
para sanar a los corazones heridos, para anunciar a los desterrados la
liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para consolar a los que lloran;
para dar a los afligidos una corona en vez de ceniza, el perfume de los días
alegres en vez de ropa de luto, cantos de felicidad en vez de pesimismo (Is 61,1-3); para que traigas la justicia a todas las naciones (Is 42,1).
4.
Creemos, Jesús, que desde pequeño crecías y te fortalecías en el
Espíritu (Lc 1,80). Él descendió de una forma muy
especial sobre ti en el bautismo del Jordán (Mt 3,16s), y siempre permaneció en ti (Jn 1,32).
5.
Él te empujó al desierto para ser tentado por el diablo (Mt 4,1) y te devolvió luego a Galilea (Lc 4,14). Con su fuerza arrojabas demonios (Mt 12,28). Y con su gozosa inspiración confesabas tu propia adhesión al
Padre (Lc
10,21).
6.
Al resucitar de entre los muertos, fuiste constituido Hijo de Dios con
poder, por obra del Espíritu de santificación (Rm 1,4). Por eso ahora eres capaz de realizar maravillas a través nuestro
con el poder del Espíritu (Rm 15,19).
7.
Jesús resucitado, engrandecido por la mano poderosa de Dios (Hch 2,33), derrama en abundancia sobre nosotros el Espíritu Santo que nos
has prometido (Jn 16,7).
Envíanos el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre (Jn 15,26). Necesitamos urgentemente su comprensión, su ayuda y sus
consuelos... ¡Séllanos con él! (Ef 1,13).
8.
Ruégale al Padre que nos dé este Abogado, para que nos ayude y esté
siempre con nosotros (Jn 14,16). Queremos
recibir esa fuerza prometida por ti, que nos capacita para ser tus testigos
hasta los confines de la tierra (Hch 1,8).
9. Que el
Espíritu Santo Intérprete, que el Padre nos envía en tu nombre, nos recuerde
tus palabras y nos enseñe su sentido (Jn 14,26), y así nos pueda introducir en la Verdad total (Jn 16,13).
10.
Creemos que el Espíritu de Dios habita ya en nosotros. Si no tuviéramos
tu Espíritu, no seríamos tuyos, Jesús. Y si el Espíritu de aquél que te
resucitó de entre los muertos está en nosotros, el que te resucitó de entre los
muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales(Rm 8,9.11).
19.- Los
hombres del Espíritu
1. Señor, te
rogamos que, como Josué, estemos llenos de espíritu de sabiduría al estilo de
Moisés (Dt 34,9). Concédenos su espíritu para que
sepamos también nosotros ser tus profetas (Núm 11,25).
2.
Que tu Espíritu esté sobre nosotros, como lo estuvo sobre Otoniel, para
salvar a Israel de las manos de sus enemigos (Jue 3,10).
3.
Revístenos de tu fuerza, como a Gedeón, para que podamos ayudar al
pueblo a liberarse de sus enemigos, estimando y usando los valores de nuestra
cultura popular (Jue 6,34).
4.
Entra con tu fuerza en cada uno de nosotros, de forma que, como Sansón,
podamos vencer al león y romper las ligaduras que nos aprisionan (Jue 14,6;
15,14). Danos, como a él, fuerza, determinación y
coraje (Jue 16,6).
5.
Irrumpe en nosotros, como en David, y permanece con nosotros para
siempre (1Sm 16,13), de forma que lleguemos a ser
personas según tu corazón (1Sm 13,14).
6.
Espíritu de Yavé, como a Miqueas, llénanos de fuerza, de justicia y de
fortaleza (Miq 3,8).
7.
Espíritu de Dios, entra dentro de nosotros, como lo hiciste con Ezequiel,
de forma que podamos mantenernos en pie y escuchar tu palabra (Ez 2,2). Elévanos sobre la tierra y condúcenos, como a él, a donde podamos
ver tu Gloria, sabiendo distinguirla de todas las idolatrías existentes a
nuestro alrededor (Ez 8,3ss).
8.
Envíanos, Señor Dios, tu Espíritu (Is 48,16), para que sepamos, como Isaías Junior, dar fuerzas al que está
cansado y robustecer al que está débil (Is 40,29).
9.
Concede tu espíritu de justicia a los que se sientan en los tribunales (Is 28,6). Y en el momento de ser llevados a los tribunales por tu causa,
que seas tú, Espíritu del Padre, el que hables por nosotros (Mt 10,20).
10. Que como en
el Tercer Isaías y en Jesús, tu Espíritu, Señor Dios, esté sobre nosotros, nos
unja y nos envíe a dar Buenas Nuevas a los pobres, a anunciar a los cautivos
su libertad y a los ciegos que pronto van a ver, a sanar los corazones heridos,
a liberar a los oprimidos y proclamar un año feliz lleno de tus favores (Is 61,1; Lc
4,18s).
11.
Desciende sobre nosotros en forma de paloma, como lo hiciste sobre
Jesús, para que podamos sentirnos hijos amados del Padre Dios (Mt 3,16s).
Que así sea.
IV
AMOR
20.- Amor de
Dios
1. En ti, Jesús, se ha hecho palpable la bondad
de Dios y su amor para con todos nosotros (Tit 3,4). Como Sol naciente, nos has hecho ver la tierna bondad de nuestro
Dios (Lc 1,78): su amor que dura desde siempre y para siempre (Sal 103,17).
2.
El es constante en amarnos (Sof 3,17).
Aunque una madre pudiera olvidar a su hijo, él nunca se olvidaría de nosotros (Is 49,15). Nos guarda como a la niña
de sus ojos (Dt 32,10) y nos tiene grabados en la palma de sus manos
(Is 49,16). ¡Su fidelidad pasa de generación en generación! (Sal 100,5).
3.
Sabemos que los cerros podrán correrse y moverse las lomas, pero tú
nunca retiraras tu amor de nosotros, ni romperás jamás tu alianza de paz (Is 54,10). Con amor eterno nos has amado; por eso, misericordioso, nos
atraes hacia ti (Jer 31,3).
4.
¡No somos dignos de tanta bondad como tienes para con nosotros, Señor! (Gn 32,11). Hasta a la esposa infiel eres capaz de volverla a conquistar a
base de amor (Os 2,16). Y celebras una gran fiesta cuando
vuelve un hijo que se te había perdido (Lc 15,22ss).
5.
Tu corazón se conmueve y se remueven tus entrañas cada vez que te somos
infieles (Os 11,8). Y cuando tienes que reprendernos
se te conmueve el corazón y te enterneces (Jer 31,20).
6.
¡Bendito seas, Señor, Dios de Israel, porque nos has visitado y redimido!
(Lc
1,68). Te alabamos y te damos gracias porque eres
bueno, tu misericordia es eterna (Esd 3,11) y tu
lealtad es inapreciable (Sal 36,8).
7.
¡Tanto nos quieres, Padre Dios, que nos entregas a tu Hijo Único! (Jn 3,16). No te lo reservas como propio, sino que nos lo entregas por amor
a nosotros (Rm 8,32). Lo abandonas en la cruz (Mc 15,34) para no tener que abandonarnos a nosotros. Y le haces cargar con
nuestros pecados para reconciliarnos contigo (2 Cor 5,19-21).
8.
En la cruz nos muestras, Jesús, la forma más sublime del amor: rechazado,
maldecido, condenado por los hombres, te mantienes siempre "en estado de
amor". ¡Realmente en ti todo es plenitud de amor y lealtad! (Jn 1,14).
9.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15,13). Pero tú demuestras el amor que nos tienes muriendo por nosotros
cuando aún éramos pecadores (Rm 5,8). Cuando éramos
aun enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de tu muerte (Rm 5,10)
10.
Te damos gracias de todo corazón, Padre, por éste tu amor y tu lealtad
sobre toda medida (Sal 138,1). ¡Eres maravilloso con nosotros y estamos
alegres! (Sal 126,3). ¡Tu amor es inmenso! (Sal 86,12). ¡Realmente eres amor! (1Jn 4,8).
11.
¡Por eso me has seducido, Señor! (Jer 20,7). ¡Me has robado el corazón! (Cant 4,9), que lanza gritos anhelando verte (Sal 84,3).
12.
Yo te amo, Señor, Fuerza mía, mi Roca, mi Fortaleza, mi Libertador! (Sal 18,2). Deseo amarte, Dios mío, con todo mi corazón, con toda mi alma y
con todas mis fuerzas (Dt 6,5). Tú eres mi Papá y
yo soy tu hijo, tu heredero… (Gál 4,6s).
13.
Las aguas torrenciales no podrán apagar tu amor, ni anegarlo los ríos (Cant 8,7). Nada ni nadie podrá separarnos del amor que nos tienes en Cristo
Jesús, nuestro Señor (Rom 8,39).
14.
¡Que tu amor y tu paz vivan siempre en nosotros! (2Cor 13,11). ¡Y el Espíritu Santo nos haga rebosar en él! (Rm 5,5). Aleluya, gracias, amén.
21.- Amor de
hermanos
1. Uno solo es nuestro Padre, y todos nosotros
somos hermanos (Mt 23,8s).
Por eso, el que ama de veras al Padre, ama también a todos los hijos de
ese mismo Padre (1Jn 5,1).
2.
Si tanto nos ama Dios, también nosotros debemos amarnos los unos a los
otros (1Jn
4,11). El nos amó primero (1Jn 4,10). Sólo si nos amamos unos a otros, permanecemos en Dios y Dios en
nosotros (1Jn 4,15).
3.
Un creyente en el Dios bíblico no puede desentenderse de las necesidades
de sus hermanos (Dt 22,4), sino que abre su mano a los
indigentes (Dt 15,11), sintiéndose solidario con ellos (Jdt 8,24). Pues todos somos de la misma raza humana, y nuestros hijos no
son diferentes los unos a los otros (Neh 5,5).
4.
Tú, Señor, nos pides que sepamos compartir nuestro pan con el
hambriento, que los pobres sin techo puedan entrar a nuestra casa, que vistamos
al desnudo y nunca volvamos la espalda a nuestra propia carne (Is 58,7). Que jamás nos alegremos de la ruina de un hermano, ni despreciemos
nunca su necesidad (Abd 1,12).
5.
De tal suerte eres Padre de todos (Ef 4,4), que nos pides siempre cuentas de la suerte de nuestros hermanos
(Gn
4,9). Tanto es así, que si estamos para presentar
nuestra ofrenda ante tu altar, y nos acordamos de que un hermano tiene algo
contra nosotros, quieres que dejemos allí mismo nuestra ofrenda, y vayamos
primero a hacer las paces con nuestro hermano (Mt 5,23s). Condicionas tu perdón a cómo nosotros nos perdonemos unos a
otros (Mt
6,12).
6.
Hermano nuestro Jesús (Jn 20, 17), sabemos que
quieres que nos relacionemos siempre como hermanos, capaces de aceptarnos
mutuamente (Mt 5,23-24), superar todo enojo (Mt 5,22) y perdonarnos siempre (Mt 18, 21), sin fijarse en defectos o fallos personales (Mt 7, 3-5). ¿Por qué, pues, nos hacemos daño unos a otros? (Hch 7,26). ¡Ciertamente hemos perdido el amor del principio! (Ap 2, 4).
7.
Criticamos y despreciemos a nuestros hermano, sin tener en cuenta que
después hemos de comparecer ante tu tribunal (Rm 14,10). Somos hipócritas, que nos fijamos en la pelusa que tiene un
hermano en el ojo, pero no vemos la viga que tenemos en nuestro propio ojo (Lc 6,41).
8.
Enséñanos a amarnos, Jesús, con
obras y de verdad (1Jn 3,18), pues el que no ama a su hermano
no es de Dios (1Jn 3,10). Teniendo las riquezas que
tenemos, no podemos cerrarles el corazón a nuestros hermanos con problemas (1Jn 3,17).
9.
Dios es la fuente del amor: y por eso todo el que ama ha nacido de Dios
y conoce a Dios (1Jn 4,7). El que no ama, en cambio, no ha
conocido a Dios, pues Dios es amor (1Jn 4,8). Sólo
amando a los hermanos se puede comprobar que hemos pasado de la muerte a la
vida (1Jn
3,14).
10.
Señor Jesús, enséñanos a querernos unos a otros (1Tes 4, 9) con el mismo amor con que tú nos quieres (Jn 15,12). Pues en el amor fraterno es donde se debe reconocer que somos tus
discípulos (Jn 13,35).
11.
Danos, pues, tus mismos sentimientos (Flp 2,5). de forma que nos comportemos con el mismo amor con que tú te
comportas (1Jn 2,6).
12.
Que, como buenos administradores de los múltiples dones de Dios,
pongamos al servicio de los demás todos los dones que hemos recibido (1Pe 4,10).
13.
El amor fraterno alcanza el perdón de los pecados, por muchos que sean (1Pe 4,8).
14.
Ayúdanos, pues, a amar a nuestros enemigos, a hacer el bien a los que
nos odian, a bendecir a los que nos maldicen y a rogar por los que nos
maltratan (Lc 6,27s): a tratar a los demás como
queremos que ellos nos traten a nosotros (Lc 6,31). Pues se nos medirá con la medida con que nosotros midamos (Lc 6,38).
15.
Si hacemos el bien sin esperar nada a cambio, nuestra recompensa será
grande y seremos hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los
pecadores. Debemos ser generosos en la medida en que es generoso nuestro
Padre Dios (Lc 6,35s).
16.
Que el Espíritu nos haga capaces de solidaridad y de ternura y de
ponernos de acuerdo con un amor recíproco y un interés unánime por la unidad (Flp 2,1s).
17.
Haznos crecer, Jesús, más y más en el amor que nos tenemos los unos a
los otros y en el amor para con todos (1Tes 3,12).
18.
Bendícenos, Señor, para que tengamos todos un mismo sentir, compartamos
las preocupaciones de los demás con amor fraterno, seamos compasivos y
humildes; no devolvamos mal por mal, ni insulto por insulto, sino que sepamos
bendecir, pues para esto hemos sido llamados (1Pe 3,8s).
19.
Que nuestro amor fraterno sea sincero y afectuoso, estimando en más a
los otros (Rm 12,9s). Que sepamos ser solidarios con
los necesitados (Rm 12,13), alegrándonos con los que están
alegres y llorando con los que lloran (Rm 12,15). Que sepamos vivir en armonía unos con otros (Rm 12,16); a nadie devolvamos mal por mal (Rm 12,17); y hagamos todo lo posible para vivir en paz con todos (Rm 12,18).
20.
El amor es paciente y muestra comprensión. El amor fraterno no tiene
celos, no aparenta, ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio
interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo
injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo,
lo espera todo y lo soporta todo (1Cor 13,4-7).
21. ¡El amor nunca pasará! (1Cor 13,8).
22.- Amor de
esposos
1. Tú dijiste, Señor, que no es bueno que el ser
humano esté solo, y por eso nos das una pareja para que los dos nos ayudemos
mutuamente (Gn 2,18.21), de forma que lleguemos a ser un
solo ser (Gn 2,24; Mt 19,4s). Tanto al varón como a la
mujer nos has creado a imagen y semejanza tuya (Gn 1,27), y nos ordenas que crezcamos juntos, seamos fecundos, llenemos la
tierra y la pongamos a nuestro servicio (Gn 1,28).
2.
Sabemos que todo amor auténtico proviene de ti: todo el que ama ha
nacido de ti (1Jn 4,7). Por eso te consagramos, como don
tuyo que es, este amor que nos has dado, para que lo cuides, lo purifiques y lo
hagas crecer sin fin.
3.
Enséñanos a querernos como se quisieron nuestros primeros padres: con la
fe de Abrahán y Sara (Gn 17,15-22; 18,1-15; 20; 21,1-21; 23), con la constancia de Isaac y Rebeca (Gn 24), con la servicialidad de Jacob y Raquel (Gn 29,6-30), con la astucia de David y Micol (1Sam 19,11-17), con la delicadeza de Ana y Elcaná (1Sam 1), con el respeto y la ternura de Rut y Booz (Rut 2-4).
4.
Que como Tobías y Sara, en un ambiente íntimo de oración, sepamos darnos
el uno al otro total y definitivamente (Tob 8,6-8).
5.
Ayúdanos a ser siempre fieles al amor que nos hemos jurado (Ex 20,14; Dt
22,22-27; Jer 7,9; Mal 3,5; Prov 6,24-29; Eclo 23,22-26). Que no tengas nunca que acusarnos de una traición (Mal 2,14s). Lo que tú has unido no lo debe separar nunca ningún tipo de
problema (Mt 19,4-6).
6.
Reconocemos que quien mira a una mujer o a un hombre ajeno excitando el
propio deseo comete adulterio en su interior (Mt 5, 28), pues es del corazón sucio de donde brotan las malas acciones,
especialmente los adulterios (Mc 7,21s).
7.
Que al estilo de Oseas, aprendamos a profundizar el misterio de la
fidelidad y del perdón conyugal. Si alguno de nosotros llega a ser infiel,
enséñanos a superar el problema a base de un amor tan grande, que sea capaz de
perdonar y reconstruir de nuevo el amor (Os 2,16). Que, superando las dificultades, nuestro matrimonio llegue a
ser santo y formal, fundado siempre en el amor, el respeto y la ternura (Os 2,21).
8. Te
suplicamos, Señor, que las esposas sepamos salvar a nuestros esposos; y que los
maridos sepamos salvar a nuestras esposas (1Cor
7,16).
9.
Si los varones llegan a oponerse a tu Palabra, que nosotras, las mujeres,
los ganemos, no con discursos, sino con nuestro modo de ser responsable y sin
reproche (1Pe 3,1s).
10.
Ayúdanos a superar los celos, tanto a los varones (Eclo 9,1), como a las mujeres (Eclo 26,6), pues
nos hacen daño y nos causan mucho dolor.
11.
Enséñanos a los varones, Señor, a valorar el hermoso regalo tuyo que es
encontrar una buena esposa (Prov 18,22). Vale mucho
más que las perlas (Prov 31,10). De ella depende en gran parte
la armonía y el porvenir del hogar (Prov 31,10-31).
12.
Una mujer valiente es la alegría de su marido: le hará pasar en paz
toda su vida (Eclo 26,2). Como el sol matinal sobre los
cerros, así es el encanto de una mujer buena en una casa bien ordenada (Eclo 26,16).
13.
El que consigue esposa principia su riqueza, pues tiene una ayuda
semejante a él, una columna para apoyarse. Por falta de tapia la propiedad es
saqueada; sin mujer, el hombre gime y va a la deriva (Eclo 36,26s).
14.
Enséñanos a los varones, Señor, a escuchar los consejos de tu Sabiduría:
“Bebe el agua de tu aljibe, la que corre
de tu propio pozo. ¿Debe derramarse por la calle tu manantial? ¿Correrán por
las plazas tus arroyos? Sean para ti solo, sin compartirlos con extraños.
¡Bendita sea tu fuente, y sea tu alegría la esposa de tu juventud! ¡Sea para ti
como hermosa cierva y graciosa gacela. Que sus pechos sean tu recreo en todo
tiempo. ¡Que siempre estés apasionado por ella!” (Prov 5,15-20).
15.
Ayúdanos, Señor, a crecer en nuestro enamoramiento al estilo de la
pareja del Cantar de los Cantares. Que con fina elegancia sepamos gozar y
compartir con alegría toda la belleza y el encanto de nuestro cuerpo y nuestro
espíritu, sin despreciar o devaluar ningún aspecto (Cant 7,1 - 8,4).
16.
Que las esposas seamos el jardín, la fuente, el perfume, la dulzura, el
gozo de nuestros maridos (Cant 4). Que les
dulcifiquemos la vida y les sepamos devolver la tranquilidad y la inocencia.
Que los hagamos nadar entre aromas de flores y perfumes, lejos de las asperezas
de la vida, de modo que nos llenemos la vida el uno al otro (Cant 1,7 - 2,7). Que sepamos ser su sosiego, su paz y su vida (Cant 4).
17.
Que los maridos sepamos seducir, respetar, admirar y corresponder a
los deseos de nuestra esposa amada. Que seamos enteramente para ella y su amor
tienda enteramente hacia nosotros (Cant 7,11): ¡mi izquierda
bajo su cabeza y mi derecha abrazándola! (Cant 8,3). Que ellas puedan escuchar constantemente alabanzas de nuestros
labios: ¡Toda eres hermosa, amada mía, y no hay en ti defecto! (Cant 4,7).
18.
Este amor que nos has dado es un gran misterio: ¡que las grandes aguas
no puedan nunca apagarlo, ni los ríos anegarlo! (Cant 8,7). Que sea fuerte nuestro amor como la muerte. Sus flechas son
dardos de fuego, como llama divina (Cant 8,6). Si nos
amamos y nos entregamos por entero, una llamarada de tu divinidad arderá
siempre en nosotros...
19.
Que los maridos amemos a nuestras esposas como a nosotros mismos (Ef 5,33), de forma que los dos lleguemos a ser un solo ser (Ef 5,31). Que sepamos amarlas igual que tú, Jesús, demostraste tu amor a
la Iglesia, entregándote enteramente a ella (Ef 5,25), llenándola de gracia y santidad (Ef 5,27).
20.
Y que las esposas te veamos a ti en nuestros maridos, Señor, y le seamos
dóciles por amor (Ef 5,22).
21.
Que cada uno de nosotros se comporte con su pareja con santidad y
respeto, y no se deje llevar sólo por el deseo, como hace la gente que no te
conoce, Señor (1Tes 4,4s). Pues no nos has llamado a vivir
en la impureza, sino en la santidad (1Tes 4,7).
22.
Nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo. Ayúdanos, pues, Señor,
a glorificarte con nuestro propio cuerpo (1Cor 6,19s). La esposa no dispone de su cuerpo, sino el marido. E igualmente
el marido no dispone de su cuerpo, sino la esposa (1Cor 7,3s).
23.
Que siempre, en fin, seamos el uno para el otro (Cant 2,26), y los dos, complementariamente, lleguemos a ser un solo ser (Gn 2,24; Mal
2,15; Mt 19,5; 1Cor 6,16; Ef 5,31).
23.- Amor de
padres
1. ¡Reconocemos que Dios es más Padre de
nuestros hijos que nosotros mismos! (Mt 23,9). ¡De él
proviene nuestro poder de engendrar! (Gn 1,28).
2.
Jesús, tú quisiste nacer en el seno de una familia unida, piadosa y
observante (Lc 2,21-24.41), que supo soportar la
adversidad con fe (Mt 1, 19s) y se mantuvo firme en medio de
graves problemas (Mt 2,13-21).
3.
Nos enseñaste que Dios es papá bueno de todos (Mt 5,16.45.48; 6, 1.4.6.8.9), siempre dispuesto a escuchar (Mt 7,9; Lc 11,11-13) y a perdonar a sus hijos (Lc 15,20-32).
4.
Hablaste del padre que envía a sus hijos al trabajo (Mt 21,28-31). Del padre que descansa con sus hijos (Lc 11,7) o del cabeza de familia que saca de su arca lo nuevo y lo viejo (Mt 13,52). También hablaste de las fiestas de bodas (Mt 22,2s), de mujeres que están embarazadas o criando (Mt 24,19), de los dolores del parto y de la alegría de la maternidad (Jn 16,21).
5.
Concédenos la fe de Abrahán y Sara, de que nuestros hijos serán una
bendición para todos los que los conozcan (Gn 12,3; 22,18). Que ellos sean como brotes de olivo en torno a nuestra mesa
familiar, cargados de promesas de buenas cosechas (Sal 128,3). Danos esa alegría de dejar a descendientes que se parezcan a nosotros
(Eclo
30,4s).
6.
Enséñanos a saber corregir con amor a nuestros hijos (Prov 29,17). El que ahorra el castigo a su hijo no lo quiere, pero el que lo
ama lo corrige a tiempo (Prov 13,24). La
reprensión oportuna enseña la sabiduría; pero el niño dejado a sus caprichos es
vergüenza de su madre (Prov 29,15).
7.
Pero no consientas que caigamos en correcciones insensatas, salidas del
mal humor o del capricho. Hay reprensiones inoportunas; y hay quien calla por
prudencia (Eclo 20,1). Que nunca reprendamos antes de
averiguar la verdad (Eclo 11,7).
8. Que sepamos
estar siempre cerca de los hijos, de modo que todo lo nuestro sea suyo (Lc
15,31). Pues sabemos que nos
pides que seamos buenos del todo, como es bueno nuestro Padre Dios (Mt
5,48). El estilo del Padre del cielo debe ser el
estilo de los padres de la tierra.
9. Pero que no queramos acaparar a los hijos
como algo absolutamente propio. Si no los entendemos, según van creciendo, que
sepamos, como María, observarlos con el corazón y respetarlos en silencio (Lc
2,51).
10. Que nunca queramos apropiarnos para nosotros
mismos a los hijos; sino que desinteresadamente los sepamos preparar para su
misión, de forma que, al igual que el joven Jesús, puedan crecer en edad, en sabiduría
y en gracia, a los ojos de Dios y de los hombres (Lc
2,52).
11. Te suplicamos que sepamos inculcar una gran
fe a nuestros hijos, de modo que lleguen a ser capaces de dar la vida por ella,
al estilo de aquellos siete hermanos del tiempo de los Macabeos (2Mac
7).
12. Que sepamos respetar siempre la vocación de
nuestros hijos, conscientes de que tu voluntad, Señor, está por delante de
nuestros deseos personales (Lc 2,49).
Cada hijo tiene una personalidad y una vocación propia, que tenemos que
respetar, aunque no la entendamos…
13.
Que seamos familias libres para construir tu Reino, capaces de negarnos
a nosotros mismos y cargar tras de ti con nuestra cruz (Mt 10,38): renunciar al deseo de acaparar y a la pasión por dominar. Que no
pongamos el ideal de nuestra familia en tener mucho, en subir hasta muy alto y
en divertirnos lo más posible (Lc 6,24-26). Sino en
saber servir al pueblo, como tú, que no viniste a ser servido sino a servir (Mt 20,28).
24.- Amor de
hijos
1. Sabemos que tú también, Jesús, te educaste en
el seno de una familia (Lc 2,39s),
bajo la autoridad de tus padres (Lc 2,51).
2.
Pones como modelo al hijo que hace siempre lo que ve hacer a su padre (Jn 5,19s). Y elogias al que es consciente de sus obligaciones familiares (Mt 19,19).
3. Concédenos,
Jesús, a nosotros, los hijos, aprender a vivir obedeciendo a nuestros padres,
al estilo de como tú lo hacías en Nazaret (Lc
2,51). Que dentro de nuestros hogares sepamos
crecer en sabiduría y en el favor de Dios y de los hombres (Lc
2,52), sin dejar de ser consecuentes con
nuestra propia vocación (Lc 2,49).
4.
Ayúdanos a honrar a nuestros padres, tal como lo quiere Dios (Ex 20,12). Sabemos que quien honra a su padre paga sus pecados; y el que da
gloria a su madre acumula tesoros. El que honra a su padre recibirá alegría de
sus propios hijos y, cuando ruegue a Dios, será escuchado (Eclo 3,3-5).
5.
Tú censuras el comportamiento de los hijos que se desentienden de sus
padres y no les prestan ayuda (Mt 15,3-6). Que sepamos,
pues, cuidar a nuestros padres cuando son ancianos, sin causarles ningún tipo
de tristeza. Y si se debilita su espíritu, que les tengamos indulgencia, y
nunca los abochornemos (Eclo 3,12s).
6. Que nunca desafiemos a nuestro padre o
despreciemos la edad avanzada de nuestra madre (Prov
30,17). Pues quien desprecia a su padre es un
blasfemo y quien insulta a su madre irrita a su Creador (Eclo
3,16).
7.
Que jamás despojemos a nuestros padres de lo que necesitan para poder
vivir dignamente: ello sería un gran pecado, que nos convertiría en criminales (Prov 28,24). El que despoja al padre y echa de la casa a su madre es un hijo
infame y degenerado (Prov 19,26). Tú mismo,
Jesús, criticaste duramente a los hijos que, con excusas religiosas, dejan sin
recursos a sus padres ancianos (Mc 7,9-13).
8.
Que nuestras familias sean imagen de la Trinidad divina, en la que el
amor es el que lo rige todo, pues el Dios-familia es Amor (1Jn 4,8).
25.- Vocación
de jóvenes
1. Gracias,
Señor, porque te fías de los jóvenes y te gusta llamarnos para que te sirvamos
y sirvamos a tu pueblo. La Biblia está llena de ejemplos de tus llamadas a los
jóvenes:
2.
Adán y Eva, aparecen en el Génesis como jóvenes inexpertos, descubridores
admirados de tu creación, con sed de experimentarlo todo (Gn 2,19s). Y en medio de un hermoso huerto descubren el misterio de la complementación mutua (Gn 2, 23s) y el conflicto entre libertad e ideal, que no saben cómo
enfrentar (Gn 3,5s). Y les encomiendas la marcha del
mundo y de la historia (Gn 1,28s).
3.
Llamaste a Isaac (Gn 24), a Jacob (Gn 28,10ss), a José (Gn 37), cuando aún eran
muy jóvenes, para que fueran padres de tu pueblo.
4.
Moisés sintió una profunda rebeldía juvenil cuando vio maltratar a sus
hermanos (Ex 2,11ss), y de ahí empezó a nacer su
vocación de libertador de su pueblo (Ex 3).
5.
Gedeón era un joven miedoso y acomplejado, el último de su casa y de su
pueblo, cuando tú te fijaste en su gran corazón y lo llamaste a liberar a su
gente de las manos de sus explotadores (Jue 6,11-24).
6.
A Samuel, aun niño, lo llamaste por su nombre y le encargaste misiones
difíciles frente a las autoridades (1Sam 3), que siguió
después cumpliendo durante toda su vida (1Sam 12ss).
7.
David era un pastorcito, relegado por sus hermanos y despreciado por su
propio padre, cuando tú lo consagraste para que fuera el líder de su pueblo (1Sam 16,1-13) a la medida de tu corazón (1Re 9,3).
8.
Su hijo Salomón llegó a ser un joven gobernante lleno de sabiduría (1Re 3,5-9) ¡Lástima que de mayor se dejó corromper por la idolatría al poder
y a las riquezas! (1Re 10,14-11, 11).
9.
Isaías fue llamado a la edad de 25 años para que fuera testigo de tu
santidad (Is 6).
10.
El tembloroso Jeremías, a los 19 se siente impulsado a ser tu voz, con
la misión, ante aquella sociedad corrupta, de arrancar y plantar, destruir y
construir en nombre tuyo (Jer 1,5-8).
11.
Daniel es prototipo del joven, siempre ágil, ingenioso, decidido y
valiente En tu nombre enfrentó a los poderes opresores, sin miedo a las
amenazas de muerte (Dan 3,1-30).
12.
Modelo de valentía son también los siete hermanos que en tiempo de los
Macabeos se enfrentaron hasta el martirio con el cruel emperador Antíoco, con
una fe inquebrantable puesta siempre en ti, Señor (2Mac 7).
13.
María, tú eres para nosotros el modelo de joven alegre, siempre
incondicional al servicio de Dios. Humildemente aceptas que se desplieguen en
ti las maravillas de Dios (Lc 1,48); ves su mano a
través de la historia (Lc 1,51-55); estás
siempre abierta a las necesidades de los que te rodean (Lc 1,39-41; Jn
2,4); y sabes mantenerte firme frente al suplicio de
tu Hijo (Jn 19,25) y a los problemas de las primeras
comunidades (Hch 1,14).
14.
Jesús, tú nos has mostrado el rostro joven y amigable de Dios. Por eso
te comportas siempre como amigo sincero, que busca intimidad (Jn 15,15), da confianza (Mt 23,8-11), especialmente
a los despreciados (Mc 2, 17; Mt 11,18s), y te muestras siempre
solidario con los problemas de los demás (Jn 11).
15.
Entre tus apóstoles, Pedro es el joven fogoso pero indeciso, llamado a
ser fuerte como roca (Mt 16,18). Juan, el más
joven de todos, fue tu más íntimo amigo (Jn 13,23; 19,27). Judas, en cambio, te dio la amargura de una amistad traicionada (Jn 12,6).
16.
Pablo, de fanático perseguidor (Flp 3,5s), fue llamado por ti, aún joven, para desarrollar la novedad de la
fe en ambientes totalmente nuevos (Hch 9,15).
17.
Tu íntimo amigo Juan, ya viejito, alaba a los jóvenes porque conocen
al Padre, porque son fuertes, la Palabra de Dios permanece en ellos y vencen al
Malo (1Jn
2,14). Ojalá nosotros seamos también así, Señor.
18.
Nos sentimos a gusto contigo, Jesús, porque eres amigo fiel, compañero
de penas y de alegrías. Creemos que tu amistad es sincera y profunda. Tú eres
el amigo que nunca falla; el que no defrauda; el que no abandona cuando todo
sale mal; el que nos alegra cuando las cosas van bien.
V
HUMILDAD
26.- Perdón,
Señor
1. Nosotros miramos las apariencias, pero tú,
Señor, miras el corazón (1Sam 16,7). Conoces el
interior de todos (1Re 8,39) y sabes lo que hay dentro de cada
uno (Jn
2,23s). Por eso siento vergüenza ante ti, Jesús, justamente
porque no permanezco en ti (1Jn 2,18).
2.
Tú sabes que muchas veces intento suplantarte, Señor (Gn 3,5). No te quiero aceptar como dueño absoluto de mi vida, sino que me
vendo al poder, al dinero y al placer, ostentando superioridad y codiciando
sin fin (1Jn 2,16).
3.
¡Mi vida está llena de ingratitudes (Os 11) e infidelidades a tu amor, Señor! (Ez 16). ¡Temo que, a la hora de la verdad, mi obra quede en nada, cuando mi
paja sea consumida por el fuego…! (1Cor 3,12-15).
4.
Deseo, pues, confesarte mis pecados, confiado en que eres fiel y justo
y me limpiarás de toda maldad (1Jn 1,8s). Empecatado de
pies a cabeza (Jn 9,34), acudo a ti, que has sido enviado
por el Padre para salvarnos (1Jn 4,14).
5. Ten piedad de mí, oh Dios, en tu bondad; por
tu gran corazón, borra mis faltas (Sal 51,3). Tú, que
eres nuestro Abogado ante el Padre (1Jn 2,1),
purifícanos con tu sangre de toda maldad (1Jn 1,7).
6.
Tenemos presentes nuestras costumbres perversas y nuestros malos
afectos, y miramos con amargura nuestras maldades (Ez 36,31). Reconocemos la perversidad de nuestros padres y que también
nosotros hemos pecado contra ti (Jer 14, 20).
7.
No nos llames a juicio, pues ningún mortal es inocente frente a ti (Sal 143,2). Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? (Sal 130,3).
8.
Nos gusta aparentar que somos personas muy correctas, pero reconocemos
que en nuestro interior estamos llenos de falsedad y de maldad (Mt 23,28).
9.
Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras buenas obras como
trapo de inmundicia. Caemos todos nosotros como la hoja y nuestras maldades nos
arrastran como el viento (Is 64,5).
10.
Pero a pesar de nuestros pecados, Señor, tú eres nuestro Padre.
Nosotros somos el barro y tú el alfarero. Todos nosotros fuimos hechos por tus
manos. No te enojes, Señor, demasiado, ni recuerdes para siempre nuestras
faltas (Is 64,7s).
11.
Crea en nosotros un corazón puro; renuévanos por dentro con espíritu
firme (Sal
51,12) Devuélvenos la alegría de tu salvación (Sal 51,14). Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias (Sal 51,19).
12.
Porque eres bueno y compasivo, Señor, lento para enojarte, rico en
bondad y leal, vuelve hacia nosotros tu rostro y apiádate (Sal 86,15s). Trátanos de acuerdo a tu bondad y según la abundancia de tu
misericordia (Dan 3,42), pues tu ternura y tu misericordia
son eternas (Sal 25,6).
13.
Tú eres nuestro Padre: el héroe de nuestra salud; no nos abandones en
el día de la prueba (Eclo 51,14).
14.
Tú sabes, Señor, que el camino del hombre escapa a su poder, y que no
depende del hombre que camina enderezar sus pasos. Corrígenos, pues, pero con
prudencia; sin enojarte, para que no desaparezcamos todos (Jer 10,23s).
15. Delante de ti todo el mundo es como un granito
en la balanza y como una gota de rocío que por la mañana baja sobre la tierra.
Pero tú tienes compasión de todos porque todo lo puedes, y disimulas nuestros
pecados para que hagamos penitencia. Amas todo cuanto tiene ser y no aborreces
nada de lo que has hecho. Tú tienes misericordia de todos, porque tuyas son
todas las cosas, Señor, que amas la vida (Sab 11,22-26).
16.
En todas las cosas está tu espíritu inmortal. Por eso a los que se
dejan caer, tú los castigas poco a poco y los reprendes de manera que descubran
en qué pecaron, para que se arrepientan de su maldad y crean, Señor, en ti (Sab 12,1s).
17.
Haz, pues, que volvamos a ti, Señor, y volveremos (Lam 5,21), como la esposa infiel de Oseas (Os 2, 10), como el hijo desagradecido de aquel padre bueno (Lc 15,17) o como Pedro después de negarte (Mt 26,75). Tú eres capaz de convertir un gusano (Is 41,14) en águila (Is 40,31) o de lograr
que una prostituta acabe siendo una amorosa y fiel esposa (Os 2,22).
18.
Sabemos, Jesús, que tú no has venido para condenar al mundo, sino para
salvarlo (Jn 12,47); no vienes para llamar a los
buenos, sino para invitar a los pecadores a conversión (Lc 5,32). Das tu vida como rescate por todos nosotros (Mc 10,44) para que podamos llegar a tener vida en abundancia (Jn 10,10).
19.
Creemos que en el cielo hay más alegría por un solo pecador que vuelve
al Padre que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse (Lc 15,7).
20.
Tu corazón, Papá, hace una gran fiesta y se alegra inmensamente cuando
recuperas a un hijo muerto, que vuelve a la vida (Lc 15,32). ¡Bendito seas, Abbá, por ser así de bueno! (Lc 10,21).
27.- Humildad
radical
1. Señor Dios, ante ti y tus cosas, somos
pequeños, frágiles, torpes, sucios…: ¡Ingratos e infieles! Y, además,
engreídos y orgullosos...
2.
Pero, siendo así como somos, tú nos comprendes, nos llamas, nos quieres,
nos limpias, nos haces crecer, nos fortaleces y nos embelleces (Ez 16,9-14); nos adoptas como hijos legítimos, a semejanza del Hijo, y nos
haces tus herederos (Rm 8,15-17),
constructores de tu Reino.
3.
Ayúdanos a aceptar estas dos realidades tan terriblemente dispares, sin
negar ni la una ni la otra. Como María, quiero reconocer mi pequeñez, pero sin
dejar de aceptar, agradecido, las maravillas que realizas en mí (Lc 1,49).
4.
Ciertamente soy pobre, ciego y desnudo (Ap 3,17). Reconozco mi miseria, la siento y me humillo delante de ti,
Señor, sabiendo que sólo tú me puedes levantar (Sant 4,9s).
5.
Me reconozco pecador perdonado, como Pedro en la barca (Lc 5,8), como el capitán romano (Lc 7,6s), como el publicano en el templo (Lc 18,13)...
6.
Siento que mi carne no se conforma a tu querer, Señor (Rm 8,7). Para que no me ponga orgulloso, su aguijón me abofetea de
continuo (2Cor 12,7). Pero sé que me basta tu gracia (2Cor 12,9).
7.
Llevo tu tesoro en vasija de barro, para que todos reconozcan tu fuerza
soberana, y no parezca cosa mía (2Cor 4,7).
Enséñame, pues, a alegrarme cuando me tocan enfermedades, persecuciones y
angustias, pues cuando me siento débil, entonces es cuando puedo ser fuerte en
ti (2Cor
12,10).
8.
Quisiera no alabarme sino de mis debilidades (2Cor 12,5). Tu fuerza se pone de manifiesto en lo que es débil (2Cor 12,9). Por eso sólo debería presumir de lo que descubre mi debilidad (2Cor 11,30). Pues tú sabes compadecerte de nuestras debilidades (Heb 4,15). Más aún, has tomado sobre ti nuestras propias debilidades (Mt 8,17) para comprendernos, así, mejor y podernos ayudar más de cerca (Heb 2,18).
9.
Ante ti no sirven para nada mi sabiduría ni mis prudencias (Mt 11,25). Los “necios” según el mundo me superan en valor a tus ojos. Tú
eliges a la gente común y despreciada, a lo que es nada, para rebajar a lo que
es (1Cor
1,28s). Por eso, si desprecio, aunque sea en lo
íntimo del corazón, a uno solo de mis hermanos, no estoy en tu gracia (Lc 18,14).
10.
No soy capaz de confesarte como Señor, si no es guiado por el Espíritu
Santo (1Cor
12,3). No puedo ni siquiera acercarme a ti, si es que
no me arrastra el Padre (Jn 6,44).
11.
Ni lo que planto, ni lo que riego sirve para nada, si tú no obras el crecimiento (1Cor 3,7). Tú eres el que elige y el que hace crecer. El camino, y la vida
para caminar (Jn 14,6).
12.
Reconozco y acepto, pues, con sinceridad de corazón, que todo lo bueno
que tengo lo he recibido de ti, sin mérito alguno por mi parte (1Cor 4,7). No tengo derecho a vanagloriarme de mis buenas obras, pues no
soy yo el que sostiene la raíz, sino la raíz es la que me sostiene a mí (Rm 11,18). ¡Tu Reino no depende de los méritos de nadie! (Rm 9,12).
13.
La salvación no proviene de mí. Tú la concedes como un regalo y no como
premio de las buenas obras. No puedo, por consiguiente, alabarme en nada. Lo
que soy es obra tuya, Señor, que me has creado en Jesús para que haga buenas
obras (Ef
2,8-10).
14.
Haga lo que haga, aunque sea el apostolado más eficaz, siempre he de
afirmar: ‘Sólo soy un servidor, que no hacía falta; sólo hice lo que debía
hacer’ (Lc 17,10).
15. Sólo por tu gracia, Señor, soy lo
que soy (1Cor 15,10). Por eso mi orgullosa vanidad
es tan absurda.
16.
Sólo de ti podemos estar orgullosos (1Cor 1,31). Sólo en ti podemos gloriarnos (2Cor 10,17). Sólo en tu nombre podemos echar las redes con esperanza (Lc 5,5).
17.
Enséñame, Jesús, a cargar tu yugo, de forma que aprenda a ser, como tú,
sencillo y humilde de corazón (Mt 11,29). Ayúdame a
vivir esa actitud fundamental de tus seguidores que son las bienaventuranzas (Mt 5,3). Concédeme un corazón con los mismos sentimientos que los tuyos (Flp 2,5).
18.
Introdúceme en la caravana de los “anawin”, que confían sólo en ti, sin apoyarse nunca en
sí mismos ni en nada creado (Sof 3,12). Concédeme la
capacidad de recepción que tienen los niños, consciente de que quien no recibe
el Reino de Dios como un niño, no puede entrar en él (Mc 10,15).
19.
Y aléjame de la levadura de los fariseos (Mt 16,6), que se creen artífices de su propia salvación. Nadie puede
construir por sí mismo su santidad personal (Lc 18, 9).
28.- Que actúe
tu fuerza desde mi debilidad
1. Es necesario
que tú crezcas, Señor, y que yo disminuya (Jn 3,30).
2.
Pues nosotros somos la arcilla y tú el alfarero (Is 64,7). Como el barro en la mano del artesano, así soy yo en tus manos,
Señor (Jer
18,6). Tú decides lo que quieres hacer de mí (Sab 15,7), pues eres el dueño de mi arcilla (Rm 9,20s).
3.
No he sido yo el que te he elegido a ti, sino que eres tú, mi Señor, el
que me has llamado (Jn 15,16). La iniciativa ha partido de ti (Rm 5,8).
4.
Yo solo no puedo ir a ti; debo dejarme atraer por ti (Jn 6,44). Mi misión no es conquistarte, sino dejarme seducir por ti (Os 2,16).
5.
No soy sino un siervo inútil y sin provecho (Lc 17,10). ¡Un profeta torpe que se empeña en seguir sus propias luces! (Ez 13,3). ¡Torpe y ciego! (Mt 23,17).
6.
Soy tan necio que muchas veces te abandono a ti, que eres manantial de
aguas vivas, y me mato cavando algibes secos y agrietados, que no retendrán
jamás el agua (Jer 2,13).
7.
Te doy la espalda, en vez de mostrarte la cara (Jer 2,27); y me tapo con frecuencia los oídos para no escucharte (Zac 7,11).
8.
Por mucho que miro, no veo; por más que oigo, no entiendo, ni me
convierto (Mc 4,12). ¡Soy torpe y lento de corazón para
creer! (Lc 24,25). No entiendo bien las Escrituras,
ni lo que es tu poder (Mc 12,24).
9.
Presumo de que te busco; pero en realidad eres tú el que tienes la
cabeza llena del rocío de la noche (Cant 5,2), de tanto
como llevas llamando a mi puerta (Ap 3,20).
10.
Inútilmente me excuso en que debo limpiar primero mi casa para poderte
recibir dignamente. Pero lo único que tengo que hacer es abrirte por fin la
puerta de mi pieza cochambrosa, tal como está, para que tu presencia la
purifique (Sal 51,9).
11.
Mi esfuerzo no debe centrarse en tensar mi voluntad, sino en dejar que
actúe tu fuerza desde mi propia debilidad (2Cor 12,9). Eres tú el que produce en mí tanto el querer como el actuar (Flp 2,13).
12.
La fuente de toda fuerza interior está en ti y no en mí (2Cor 4,7). Todas mis capacidades provienen de
ti (2Cor
3,5). De nada sirve mi loco activismo; sólo doy
fruto si, podado por ti (Jn 15,1), dejo actuar en
mí tu fuerza maravillosa (Ef 1,19).
13.
Lo grandioso no es que yo te ame con todo el corazón y con todas mis
fuerzas (Dt 6,5), sino que tú me has amado primero (1Jn 4,10) hasta el extremo (Jn 13,1).
14.
Todo lo bueno viene de ti (Heb 2,10). La Nueva
Alianza es sólo obra tuya y no fruto de ninguna ley escrita, ni de ningún tipo
de esfuerzo humano (2Cor 3,6).
15.
Mi esperanza estriba en que el Espíritu Santo viene a socorrer mi
debilidad intercediendo por mí (Rm 8,26) y Jesús está a
tu derecha, Padre, rogando también por mí (Rm 8,34). ¡Por eso tu fuego arde ya dentro de mis huesos de forma que no
lo puedo más apagar! (Jer 20,9).
16.
No me apoyo en lo que yo te pueda querer, sino en el amor que tú, Padre,
me tienes en Cristo Jesús (Rm 8,39). Es maravilloso
que pueda buscarte, llamarte y amarte precisamente porque tú me buscas, me
llamas y me amas (1Jn 4,10).
17.
Espero en ti que llegue el momento en que pueda decir con verdad que ya
no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gál 2,20).
18.
Pasaremos de la miseria al esplendor (1Cor 15,43). Tú mismo nos has creado para este destino, y como garantía nos
has dado tu Espíritu (2Cor 5,5).
19.
A ti, Señor, que, desplegando tu poder sobre nosotros, eres capaz de
realizar todas las cosas incomparablemente mejor de cuanto pensamos o pedimos,
a ti la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones y
todos los tiempos. Amén
(Ef 3,20s).
29.- Débiles,
pero fuertes
1. Con
frecuencia desconocemos tu fuerza salvadora, Señor, y pretendemos hacer valer
sólo la nuestra (Rm 10,3). No tenemos ni idea de lo que puede
realizar tu poder (Mt 22,29), y por eso apagamos con frecuencia
la energía de tu Espíritu (1Tes 5,19).
2.
Aun después de que hemos experimentado tu conocimiento amoroso,
volvemos a dejarnos esclavizar de nuevo por realidades terrenas sin valor (Gál 4,9). Es que somos personas débiles, y no alcanzamos a comprender con
claridad tu justicia (Sab 9,5).
3.
Nuestro brazo no tiene fuerza como el tuyo (Job 40,9). Sólo tú lo puedes todo y eres capaz de realizar todos tus
proyectos (Job 42,2).
4.
Somos de carne y hueso, vendidos como esclavos al pecado. No realizamos
las buenas obras que deseamos, pero hacemos, en cambio, las que detestamos (Rm 7,14s). En los bajos instintos no habita lo bueno; el querer lo mejor lo
tenemos a mano, pero el realizarlo no (Rm 7,18).
5.
Nadie puede ni siquiera exclamar: "Jesús es Señor", si no es
bajo la acción del Espíritu Santo (1Cor 12,3). Por eso
nuestra salvación es pura generosidad tuya (Ef 2,5). Sólo tú nos das la fuerza necesaria (1Pe 4,11).
6.
Pero aunque seguimos siendo personas frágiles (2Cor 10,3), creemos, Jesús, que nuestra antigua condición pecadora fue
clavada contigo en la cruz, para que no seamos más esclavos del pecado (Rm 6,6). Si tú vives en nosotros, aunque el cuerpo siga sufriendo los
mortíferos efectos del pecado, nuestro espíritu vive a causa de tu fuerza
salvadora (Rm 8,10).
7.
¡Tu sangre purifica nuestra conciencia de las obras de muerte para que
podamos entregarnos al servicio del Dios vivo! (Heb 9,14). Por eso nos acercamos confiadamente a ti (Heb 4,16), que actúas poderosamente en nosotros (Col 1,28).
8.
Nuestra capacidad proviene sólo de ti. Eres tú el que nos haces aptos
para el servicio de una alianza nueva, basada no en la ley, sino en la fuerza
de tu Espíritu (2Cor 3,5s). Sin embargo, se trata de un
tesoro que guardamos en vasos de barro, a fin de que nadie ponga en duda que la
fuente de este poder extraordinario está en ti y no en nosotros (2Cor 4,7).
9.
Por ello deberíamos presumir de lo que pone de manifiesto nuestra
debilidad (2Cor 11,30), pues tu fuerza se realiza en lo
que es débil. Cuando nos sentimos impotentes, es cuando más fuertes somos (2Cor 12,9s).
10. Tú mismo
dejaste patente tu fragilidad humana muriendo en la cruz; pero ahora vives por
la fuerza de Dios. Igualmente, nosotros, que compartimos tu fragilidad humana,
compartiremos también tu poderosa vitalidad divina (2Cor 13,4).
11.
Tú nos sostienes con tu fuerza y te fías de nosotros hasta el punto de
ponernos a tu servicio (1Tim 1,12). Tu gracia
llena de fortaleza nuestros corazones (Heb 13,9) y nos hace salir victoriosos de toda clase de pruebas (Rm 8,37).
12.
Creemos, como nuestro padre Abrahán, que tienes poder, Señor, para
cumplir todo lo que prometes (Rm 4,21). Tú, que eres
digno de confianza, nos fortaleces continuamente (2Tes 3,3).
13.
Por eso nos sobrevienen pruebas de toda clase, pero no nos desanimamos;
estamos entre problemas, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no
eliminados; derribados, pero no fuera de combate. Por todas partes llevamos en
nuestra persona tu muerte, para que también tu vida se manifieste en nosotros (2Cor 4,8-10).
14.
Nos imaginan tristes, y estamos llenos de alegría; parecemos pobres, y
enriquecemos a muchos; damos la impresión de no tener nada, y lo tenemos todo (2Cor 6,10).
15.
Esperamos que tú mismo, Jesús, después de estos breves padecimientos,
nos fortalecerás y nos colocarás sobre una base inconmovible (1Pe 5,10). Y el Padre Dios, que con su poder te resucitó, nos resucitará también
a nosotros (1Cor 6,14).
30.- Dios,
Jeremías y su pueblo
La paciencia misericordiosa de Dios (D),
la fidelidad de su profeta (J)
y la tozudez orgullosa de su pueblo (P)
(Diálogo para escenificar)
D - Antes de
formarte en el seno de tu madre, ya te conocía, antes de que tú nacieras, yo te
consagré y te destiné a ser profeta de las naciones (Jer 1,5).
J - Ay, Señor Yavé, ¡cómo podría hablar
yo, que soy un muchacho! (1,6).
D - No
me digas que eres un muchacho. Irás dondequiera que te envíe. Y proclamarás
todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, porque estaré contigo para
protegerte.
(Dios toca con la mano la boca de Jeremías)
Pongo
mis palabras en tu boca. En este día te encargo los pueblos y las naciones:
Arrancarás y derribarás, edificarás y plantarás (1,9s).
J - Gente de Israel, con todas sus
familias, escuchen lo que dice Yavé: (2,4)
D - Doble
falta ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mí, que soy manantial de
aguas vivas, y se han cavado aljibes, aljibes agrietados que no retendrán el
agua (2,13).
¿Acaso
no te sucedieron todos estos males porque has abandonado a Yavé, tu Dios, que
te indicaba el camino? (2,17) Tus mismas faltas te castigan y te condenan
tus infidelidades. Reconoce y comprueba cuán malo y amargo resulta abandonar a
Yavé tu Dios (2,19).
P - Yo no quiero
servirte (2,20). No estoy
manchada, y no he ido tras otros dioses (2,23).
D - Mira
en el valle las huellas de tus pasos, y reconoce lo que has hecho, camella
fácil, que va coqueteando por los caminos (2,23).
P -¡No, déjame! A mí me gustan
los extranjeros y tras ellos quiero ir (2,25).
D - Ustedes
me dan la espalda en vez de mostrarme la cara (2,27). ¿Por qué quieren meterme pleito, cuando todos ustedes me han
traicionado? (2,29).
P - Nosotros nos
apartamos de ti. No queremos verte más (2,31).
D - ¿Puede
una joven olvidarse de sus adornos o una novia de su cinturón? Y, sin embargo,
mi pueblo me ha olvidado, hace ya mucho tiempo (2,32). Mira tus manos
manchadas con sangre, no de bandidos sorprendidos en el crimen, sino de
inocentes (2,34).
P - Soy inocente
¿Por qué no se aparta de mí la ira de Yavé?
(2,35).
D - Vuelve,
Israel infiel. No me enojaré con ustedes, porque soy bueno. No les guardaré
rencor. Únicamente reconoce que eres culpable, que has traicionado a Yavé, tu
Dios; has vendido tu amor a los extranjeros y no has escuchado mi voz (3,12s). Vuelvan hijos
rebeldes, que los voy a sanar de su rebelión (3,22).
P - ¡Ah, Señor Yavé,
mira cómo nos has engañado, cuando afirmabas: ustedes vivirán en paz; pero
ahora estamos con la espada al cuello
(4,10).
D - Todo
esto te mereces por tu mala conducta y por tus fechorías. Que se te parta el
corazón de pena porque te rebelaste contra mí (4,18).
P - ¡Ay que me
duele el corazón! Me palpita fuertemente, pues no puedo callarme al sentir el
estruendo de la guerra (4,19). ¡Hasta cuando tendré que ver estandartes
guerreros, y soportar el ruido del clarín?
(4,21).
D - Esto
te pasa porque eres un pueblo estúpido, que no me conoce. Ustedes son hijos
tontos y sin inteligencia, que saben hacer el mal, pero no el bien (4,22).
P - ¡Dios no existe! Nada malo nos sucederá. Los profetas son
sólo viento. Dios no les habla. Que sus amenazas se vuelvan contra ellos… (5,12).
D - Oye,
pueblo estúpido y tonto, que tienes ojos y no ves, orejas y no oyes. ¿Cómo no
me respetan a mí? (5,21) ¡Este pueblo, cuyo corazón es traidor y
rebelde, me ha vuelto la espalda y se marcha lejos! (5,23).
J - Algo espantoso y horrible está
pasando en este país: Los profetas anuncian mentiras, los sacerdotes buscan el
dinero, y todo esto le gusta a mi pueblo. ¿Qué harán ustedes cuando llegue el
fin? (5,30s). Tienen oídos de paganos y no pueden entender. La Palabra de
Yavé les causa risa y no les gusta (6,10). Deberían
avergonzarse de sus abominables acciones, pero han perdido la vergüenza y ni
siquiera se ponen colorados (6,15). Sigan por el
camino del bien y encontrarán la tranquilidad (6,16).
P - No queremos ir
por ahí. No queremos entender (6,16s).
D - ¿Acaso
el que cae no puede levantarse, y el que se pierde de camino, no puede volver
atrás? Pues, ¿por qué este pueblo sigue en su rebeldía, sin querer ceder? Se
aferran fuertemente a la mentira y se niegan a convertirse (8,4). Hasta la cigüeña, en el
cielo, conoce su estación; la tórtola, la golondrina y la grulla saben la
época de sus migraciones. ¡Pero mi pueblo no comprende el mandato de su Señor!
(8,7).
P - ¡Nosotros
somos sabios y tenemos la Ley del Señor! (8,8).
J - El dolor se apodera de mí y el
corazón me está fallando (8,18). ¿Quién pudiera
cambiar mi cabeza en una vertiente y que de mis ojos brotara un arroyo de
lágrimas, para así llorar día y noche? (8,23). ¿Quién me diera, en el desierto, una posada de viajeros, para
poder dejar a mi pueblo, e irme lejos de ellos? Porque son todos unos
adúlteros, una pandilla de ladrones. Estiran su lengua como un arco; es
mentira, y no la verdad la que prevalece en el país. Van de crimen en crimen,
¡y a Yavé no lo conocen! (9,1s).
D - Que
no se alabe el sabio por su sabiduría, ni el valiente por su valentía, ni el
rico por su riqueza. Quien quiera alabarse, que busque su alabanza en esto: en
tener inteligencia y conocerme (9,22s).
J - No hay como tú, Yavé. Tú eres
grande y grande es tu nombre poderoso (10,6). Pero todos ellos son bestias y estúpidos, pues sus ídolos demuestran
su necedad (10,8). Es que los pastores han sido
estúpidos, pues no han buscado a Yavé; por esto les fue tan mal y todo su
rebaño fue dispersado (10,21).
Pero tú sabes, Yavé, que el camino del
hombre escapa a su poder, y que no depende del mortal que camina enderezar su
camino. Corrígenos, pues, pero con prudencia, sin enojarte, para que no
desaparezcamos todos (10,23s).
P - Deja de
hacerte el profeta de Yavé, y te perdonaremos la vida (11,21).
J - Yavé, tú tienes siempre la razón y,
sin embargo, hay un punto que quiero discutir: ¿Por qué prosperan los malvados
y viven en paz los traidores? (12,1). ¿Hasta cuándo
estará de luto este país? 12,4a)
P - Dios no ve
nuestras andanzas… (12,4b).
D - De
la misma manera que un hombre se ciñe un cinturón a la cintura, así quise
tener junto a mí a la gente de Judá para que fueran mi pueblo, mi honra, mi
gloria y mi adorno, pero ellos no han escuchado (13,11).
J - ¡Oigan, pongan atención; no sean
tan creídos…! Reconozcan a Yavé, su Dios, antes que llegue la noche y sus pies
tropiecen en las obscuras montañas. Pero si ustedes no hacen caso a este
aviso, lloraré en silencio, y mis ojos verterán lágrimas cuando el rebaño de
Yavé sea llevado cautivo (13,15-17).
P - ¿Pero por qué
es que me suceden todas estas desgracias? (13,22).
D - Ese
es el salario de tu rebelión, porque a mí me echaste al olvido, cuando te
entregaste a la Mentira (13,25). Desgraciada Jerusalén, ¿hasta cuándo, todavía, estarás impura? (13,27).
J - ¡Oh Yavé, esperanza nuestra, que
nos salvas en tiempo de angustia, ¿por qué te portas como extranjero en este
país, o como huésped de una sola noche? (14,8). De mis ojos están
brotando lágrimas, día y noche, sin parar, porque un gran mal aqueja a la hija
de mi pueblo, una herida muy grave. Si salgo al campo, veo personas
atravesadas por la espada; si me vuelvo a la ciudad, encuentro a la gente
torturada por el hambre. La razón de esto es que los mismos profetas y
sacerdotes no han entendido lo que pasa en su país (14,17s).
D - Pueblo
mío, tú me has dejado; me has vuelto la espalda. Por eso ahora extiendo mi mano
para destruirte, pues ya me cansé de ti (15,6). ¡No has querido dejar
el mal camino! (15,7).
J - ¡Ay de mí, madre mía, ¿por qué me
diste a luz? Soy un hombre que trae líos y contiendas a todo el país. Todos me
maldicen. Di, Yavé, si no te he servido bien: ¿no intercedí ante ti por mis
enemigos, en el día de la desgracia y de la angustia? Tú lo sabes (15,10s). Piensa que por tu causa soporto tantas humillaciones (15,15). ¿Por qué mi dolor no tiene fin y no hay remedio para mi herida?
¿Por qué tú, mi manantial, me dejas de repente sin agua? (15,18).
D - Si
vuelves a mí, yo te haré volver a mi servicio. Separa el oro de la escoria, y
serás como mi propia boca. Tú serás para ese pueblo fortaleza y muro de bronce
y, si te declaran la guerra, no te vencerán. Pues yo estoy contigo para
librarte y salvarte (15,19s).
P - ¿Por qué nos amenaza Yavé con estas enormes
desgracias? ¿Qué crimen o qué pecado hemos cometido contra Yavé nuestro Dios? (16,10).
D - Porque
los padres de ustedes me abandonaron y se fueron con otros dioses. Y ustedes
han actuado peor que sus padres, pues cada uno de ustedes hace lo que le
aconseja su corazón duro y perverso, y no lo que yo le he dicho (16,11s). Profanaron mi
tierra con los cadáveres de sus ídolos y llenaron mi propiedad con sus abominaciones
(16,18).
J - ¡Devuélveme la salud, Yavé, y
quedaré sano! ¡Sálvame y estaré a salvo! Pues mi esperanza eres tú (17,14). Mira cómo me dicen:
P - ¿Dónde están
las amenazas de Yavé? ¡Que las cumpla, pues! (17,15).
J - No seas para mí una cosa que me da
susto, tú que me proteges cuando ocurre una catástrofe (17,17).
D - Como
el alfarero vuelve a hacer el cántaro que le salió mal, transformándolo en
otro cántaro a su gusto, así puedo hacer yo lo mismo contigo, pueblo de Israel (18,4). Arrepiéntanse cada uno
de su mal proceder, y mejoren su conducta y sus obras (18,11).
P - ¡Basta! Nosotros
haremos según nos parezca y cada uno seguirá sus propias ideas, por malas que
sean (18,12).
D - ¡Mi
pueblo me ha olvidado y quema incienso a cosas que no valen nada! (18,15).
P - Vengan,
tramemos un atentado contra Jeremías, porque no por eso van a faltar
sacerdotes que nos digan la Ley, ni sabios que nos aconsejen a nuestro gusto.
Vamos a herirlo en la lengua, y no hagamos más caso de lo que dice (18,18).
J - Tú, Señor, conoces en detalle sus
planes asesinos contra mí… (18,23).
D - Sí,
han llenado este lugar de sangre inocente… (19,4).
P - El sacerdote
comisario del templo manda apalear a Jeremías, y meterlo en un cepo… (20, 2).
J - Tú fuiste el que me sedujiste,
Yavé, y yo me dejé seducir por ti. Me hiciste violencia y fuiste el más fuerte.
Y ahora soy motivo de risas; toda la gente se burla de mí. La Palabra de Yavé
sólo me acarrea cada día insultos. Por eso decidí no recordar más a Yavé, ni
hablar más de parte de él. Pero sentí en mí algo así como un fuego ardiente,
aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de apagarlo, no podía (20,7-9).
D - Hagan
justicia correctamente, cada día; libren al oprimido de las manos de su
opresor. De lo contrario mi cólera va a estallar como un incendio y no va a
haber nadie para apagarlo (21,12).
P - No tengo ganas
de oír nada de eso. No quiero obedecer (22, 21a).
D - Te has
acostumbrado desde tu juventud a no querer escuchar mi voz (22,21b).
J - Se me parte el corazón en mi pecho
y tiemblo de pies a cabeza; quedo como un borracho al ver a Yavé y oír sus santas
palabras (23,9). Hace ya veintitrés años que me
conversa Yavé y que, sin descanso, les hablo a ustedes, pero sin que ustedes
escuchen (25,3).
P - Eres reo de
muerte. ¿Por qué profetizas en nombre de Yavé que este templo y esta ciudad
serán destruidos? (26,9). Este hombre
merece la muerte, por haber profetizado contra esta ciudad (26,11).
J - Es Yavé el que me ha enviado a
decirles todas las palabras que ustedes han escuchado (26,12). En cuanto a mí, estoy en las manos de ustedes; hagan conmigo lo
que les parezca bueno y justo. Pero sepan que yo soy inocente, y si me matan,
cargarán con un crimen más (26,14s).
D - Yo
les quiero dar paz y no desgracia, y un porvenir lleno de esperanza. Cuando
me supliquen arrepentidos, yo los escucharé; y cuando me busquen, me
encontrarán… (29,11). Yo
estoy contigo para salvarte; pero te corregiré como es debido, ya que no te
dejaré sin castigo (30,11). Con amor eterno te he amado; por eso
prolongaré mi favor contigo. Volveré a edificarte y de nuevo lucirás tu belleza
(31,3-5).
P - Me has
corregido y he escarmentado, como novillo no domado; ayúdame a volver y volveré,
ya que tú eres Yavé, mi Dios. Ahora me arrepiento de haberme desviado; me doy
cuenta y me golpeo el pecho. Estoy avergonzado y confundido, pues pesa sobre mí
el oprobio de mi juventud (31,18s).
D - ¿No
es Efraín para mí un hijo predilecto, o un niño mimado, para que después de
cada amenaza deba siempre pensar en él, y por él se conmuevan mis entrañas y se
desborde mi ternura? (31,20). Pondré mi ley en tu pecho, la escribiré en tu corazón; yo seré
tu Dios y ustedes serán mi pueblo. Me conocerán todos, del más grande al más
pequeño (31,33s).
J - Ah, Señor Yavé, tú has hecho los
cielos y la tierra, con tu inmenso poder y con la fuerza de tu brazo. ¡Para ti
nada es imposible! (32,17).
D - Yo
les daré a ustedes un corazón entero y una conducta íntegra, para que me
respeten toda la vida, para su bien y el de sus hijos (32,39). Gozaré haciéndoles el
bien. Los plantaré de verdad en esta tierra, con todo el afecto de mi corazón (32,41). Los purificaré de todos
esos crímenes con que me ofendieron, rebelándose contra mí (33,8).
P - Demos gracias
a Yavé porque es bueno, porque es eterna su misericordia (33,11).
D - Se
acerca ya el momento en que cumpliré la promesa de que haré nacer un nuevo
brote de David, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra (33,14s).
P -
¡Verdaderamente Yavé es nuestra justicia! (33,16).
VI
POBRES
31.- Vocación de los
pequeños
1. Dios ha
elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que es nada para rebajar
a lo que es; y así nadie ya se podrá alabar a sí mismo delante de Dios (1Cor 1,28s).
2.
Sabemos, Señor, que resistes a los orgullosos (Sant 4,6) y aborreces lo que la gente tienen por grande (Lc 16,15).
3.
Te ocultas a los sabios y prudentes, y te muestras a los que no saben
expresarse (Lc 10,21). Los pobres según este mundo son
los elegidos por ti para hacerlos ricos en la fe (Sant 2,5).
4.
Eres el Dios de los humildes, defensor de los pequeños, apoyo de los
débiles, protector de los abandonados, salvador de los desamparados (Jdt 9,11). Levantas del polvo al oprimido y alzas de la basura al pobre (Sal 113,7). Eres padre de huérfanos y protector de viudas (Sal 68,6).
5.
Estamos en la situación de nuestro padre Abrahán: envejecidos, estériles
y sin tierra. Pero creemos en tu promesa: esperamos ser tu pueblo, viviendo
fraternalmente en tierra propia (Gn 15).
6.
Somos como Moisés, prófugos, atemorizados, incapaces de expresarnos
bien. Sólo
tú puedes quitarnos el miedo para poder ayudar a liberar a este pueblo que
sufre tan dura opresión (Ex 3,10ss).
7.
Como Gedeón, somos de humildes familias, las últimas de nuestras zonas,
pero tú nos envías a salvar a nuestro pueblo de la miseria en que vive (Jue 6,14s).
8.
O como Jefté, nos desprecian por ser mal nacidos (Jue 11,1s), pero en tu nombre somos capaces de conseguir la victoria (Jue 11,32).
9.
A Samuel, cuando aun era un niño, empleadito del Sumo Sacerdote, le
encargas que le eche en cara su pecado a su jefe (1 Sam 3).
10.
Tú llamas a jóvenes inexpertos, que no saben hablar, como Jeremías,
con la terrible misión de arrancar y derribar, plantar y edificar (Jer 1,5s).
11.
Llamas a hombres de labios impuros, como Isaías, a quienes limpias sus
pecados tocando sus labios con carbones encendidos (Is 6,5s).
12.
Tú sabes llamar, Señor, al pequeño pastor David, olvidado hasta por su
padre (1Sam
16,11); lo fuiste a buscar al campo y lo sacaste de detrás
de las ovejas para hacerlo jefe de tu pueblo (2Sam 7,8).
13.
Al campesino Amós lo llamaste mientras iba arreando sus vaquitas (Am 7,15). Y a Eliseo mientras araba su parcela (1Re 19,19).
14.
Al pobre Miqueas, campesino sin tierra, le das fuerza, justicia y ánimo
para denunciar a los jefes y a los sacerdotes de su pueblo (Miq 3,8).
15.
Eliges al enamorado Oseas, engañado por su esposa, para ser testigo
vivencial de tu amor hacia tu pueblo adúltero (Os 1,2).
16.
Diste una misión difícil a Jonás, el profeta tímido y timorato, que
sólo sabía alegrarse o enojarse por tonteras, pero no entendía tu misericordia
para con los pecadores (Jon 4,6-10).
17.
Rut, el símbolo de los despreciados, por ser mujer, extranjera, viuda y
sin hijos, es elegida por ti para ser abuela de David y, por consiguiente, del
Mesías (Rut 4,17s).
18.
Job te conoce en el más hondo abismo de la desgracia humana (Job 42,5) y desde su rebeldía llega a la cumbre de la fe (Job 19,25-27;
42,5).
19.
Lo mismo que el pueblo desterrado en Babilonia, en medio de su dolor,
vuelve de nuevo a encontrarse contigo (Is 40-55).
20.
Al acercarse el nacimiento del Mesías, pones en medio de Israel un
pueblo pobre y humilde, que busca su refugio sólo en ti, su Señor (Sof 3,12). Son los “pobres de Yavé”, el resto de Israel, de los que nacen
Isabel, Zacarías, Joaquín, Ana, Simeón, José, María y, por fin, Jesús, tu Hijo,
que, siendo rico, se hizo pobre entre los pobres (2Cor 8,9).
21. ¡En verdad, Señor,
que tú haces fallar la sabiduría de los sabios y echas abajo las razones de los
entendidos! (1Cor 1,19).
22.
Al sumo sacerdote Helí le haces entender tu voluntad a través de su
criadito Samuel (1Sam 3,18). Humillas la altanería de la
reina Jezabel a través de la honradez a toda prueba del campesino Nabot (1Re 21). Al gigante Goliat lo destrozas a manos del pastorcito David (1Sam 17,32ss).
23.
Demuestras tu fidelidad al pueblo derrotando al altanero general
Holofernes a través de una piadosa viuda (Jdt 13). Los tres jóvenes indefensos del horno pueden más que el
poderoso rey Nabucodonosor (Dan 3,46ss). Y los siete
hermanos del tiempo de los Macabeos son más fuertes que el orgulloso Antíoco y
sus verdugos (2 Mac 7). Hasta una paciente burra puede ser
tu elegida para hacer ver tu voluntad a profetas duros de mollera como Balaán (Núm 22,22ss).
24.
Sabemos que ésta es una constante bíblica, Señor. Tú no elegiste a tu
pueblo por ser numeroso (Dt 7,7), ni porque fuera
bueno o tuviera méritos (Dt 9,5), sino
sencillamente porque sabes querer a los pequeños (Dt 7,8).
25.
Por eso no es de extrañarse cuando en la plenitud de los tiempos (Gál 4,4) el Mesías anunciado nace en un establo y es acostado en una pesebrera
(Lc
2,7); pasa la mayoría de sus años compartiendo la
vida de un pueblito perdido de mala fama (Jn 1,46); es un hombre sin estudios especiales, artesano de oficio (Mt 13,54s); y, cuando se lanza a predicar, no tiene ni dónde reclinar la
cabeza (Lc 9,58).
26.
Dejó a un lado todo lo que era suyo y se hizo pequeño (Flp 2,6). Quiso ser en todo semejante a sus hermanos (Heb 2,17): por eso se hizo pobre (2 Cor 8,9), tomó sobre sí nuestras penalidades y cargó con nuestras enfermedades
(Mt
8,17). En todo se sometió a las mismas pruebas que
nosotros (Heb 4,15).
27.
Este estilo de vida no podía aceptarlo la “gente bien”. Por ello
despreciaron profundamente a Jesús. Lo llamaron comilón y borracho, amigo de la
gentuza y de los pecadores (Mt 11,19); lo tratan como
perturbado mental (Mc 3,31),
como delincuente (Lc 22,37),
mentiroso (Mt 27,63,),
embaucador del pueblo (Jn 7,47), blasfemo (Jn 10,33) y diabólico (Lc 11,15).
28.
En contra de la actitud oficial de su tiempo, Jesús se dedica a curar
ciegos, rengos, sordos y leprosos como distintivo especial de su misión (Mt 11,4s). A los pobres, considerados como malditos, Jesús los llama bienaventurados
(Lc
6,20). Los más despreciados de la época, los
pastores, son los primeros en recibir la alegría de su nacimiento (Lc 2,12). Y afirma que de los niños, tan despreciados entonces, es el Reino
de los Cielos (Mc 10,14).
29.
Jesús renuncia a ocuparse de aquellos cuyas cosas van bien y se une a
los que lo han perdido todo (Lc 15,4-7). Son los
enfermos, y no los sanos, los pecadores y no los justos, los que lo necesitan (Mc 2,17). A él le gusta que se le acerquen los que se sienten cargados y
agobiados (Mt 11,28).
30.
Jesús actúa así porque sabe cómo eres, Señor y Dios nuestro: desbordante
con los débiles e indefensos, con los desesperados y los que tienen el corazón
roto. Eres Padre de bondad y de ternura, pronto al perdón, rico en
misericordia, (Ef 2,4) que provocas a todos tus hijos a la
fraternidad destruida por nuestros pecados.
31.
Enséñanos a ser fieles a esta tu actitud, Señor (Lc 10,21).
32.-
Comprometidos con los pobres
1. Creemos,
Señor, que ves la aflicción del pueblo, conoces su sufrimiento, escuchas su
clamor y vienes a librarlo de la mano de sus opresores, para hacerlo subir a
una tierra buena y espaciosa, de leche y miel (Ex 3,7s).
2.
Pero este proceso lo quieres realizar a través de nosotros: nos envías a
que, siguiendo tu ejemplo y caminando contigo, adoptemos tu misma actitud ante
los oprimidos del mundo (Ex 3,10).
3.
Para aceptar esta tu llamada no importa la insignificancia de nuestra
familia (Jue 6,15), ni nuestros complejos (Ex 3,11), ni nuestras ignorancias (Ex 3,13), ni nuestra incapacidad para hablar (Ex 4,10), ni los posibles fracasos (Ex 4,1). Nuestros miedos, por más fundados que sean, no dificultan que
tú nos llames a esta tarea de liberación: basta con tu promesa de ayuda (Gn 15,1; Gn
26,24; Dt 20,3; 31,8; Jos 1,8s; Is 41,10; 43,1; Jer 1,17s; 30,10; Ez 2,6; Dn
10,19; Lc 1,30; 5,10; 12,32; Hch 18,9; Ap 1,17).
4. Sabemos que tú no
quieres que haya pobres entre los que formamos tu pueblo (Dt 15,4). Pero como, debido a nuestros pecados, los hay en cantidad,
aceptamos tu invitación para que no endurezcamos nuestro corazón ni cerremos la
mano a nuestros hermanos más necesitados, sino que les ayudemos a solucionar
sus necesidades básicas (Dt 15,7s).
5.
Queremos aprender de ti a hacer el bien, a buscar lo justo, a dar sus
derechos al oprimido, hacer justicia al huérfano y abogar por la viuda (Is 1,17).
6.
Anímanos a compartir nuestro pan con el hambriento y nuestras ropas con
el desnudo. Que seamos capaces de dar todo cuanto nos sobre, y nunca tendremos
que arrepentirnos por ello (Tob 4,16).
7.
Enséñanos a romper nuestros pecados con obras de justicia y nuestras
iniquidades con misericordia para con los pobres; sólo así tendremos
prosperidad (Dan 4,24).
8.
El ayuno que tú quieres es que demos libertad a los quebrantados y
arranquemos todo yugo; que partamos con el hambriento nuestro pan y recibamos
en casa a los pobres sin hogar; que cuando veamos a un desnudo lo cubramos, y
no nos apartemos nunca de nuestros semejantes (Is 58,6s).
9.
Que tu Espíritu, Señor, venga sobre nosotros y nos unja de modo que
sepamos anunciar tu buena nueva a los pobres, vendar los corazones rotos,
anunciar a los desterrados su liberación y a los presos su vuelta a la luz (Is 61,1). Que sepamos darles a todos los afligidos una corona en vez de
ceniza, el aceite de los días alegres en lugar de ropa de luto, cantos de
felicidad en vez de pesimismo (Is 61,3).
10.
¡Te cantamos y alabamos, Señor, porque salvas al desamparado de las
manos de los malvados! (Jer 20,13). Los ídolos,
en cambio, jamás arrancan al débil de las manos del poderoso (Bar 6,35).
11.
Creemos que el que oprime a los débiles te ofende a ti, su Creador; pero
te honra el que tiene compasión de los que viven en la miseria (Prov 14,31). El que hace burla del pobre ofende a su Creador y el que se ríe
de un desdichado no quedará sin castigo (Prov 17,5).
12.
Tú, Señor, eres refugio para el despreciado y ayuda para el pobre en su
miseria; sirves de protección contra el temporal y de sombra para el calor (Is 25,4).
13.
El aliento de los tiranos es como la lluvia helada o como la sequía en
el desierto; pero tú harás callar las voces de esos orgullosos. Como se pasa el
calor a la sombra de una nube, así será reprimido el canto de los tiranos (Is 25,5).
14.
Gracias a nuestro compromiso, los humildes se alegrarán contigo, Señor,
y los más pobres quedarán felices, pues se van a acabar los dictadores, y
desaparecerán los que se ríen de los pobres, los que hacen condenar a otros
porque saben hablar mejor, y niegan así, por una coma, el derecho de la buena
gente (Is
29,19-21).
15.
Enséñanos, pues, Jesús, a hacer justicia correctamente, cada día,
librando a los oprimidos de las manos de sus opresores (Jer 21,12), conscientes de que toda ayuda que prestemos a un necesitado, te
la ofrecemos a ti mismo en persona (Mt 25,40).
33.- Vivir del
propio trabajo
1. Señor, sabemos
que nos has puesto como tarea en esta vida llenar la tierra y someterla (Gn 1,28).
2. Has puesto en
nuestras manos todo cuanto existe sobre la tierra; y nos has revestido de una
fuerza semejante a la tuya (Eclo 17,2s), con
conciencia, ojos, oídos y una mente para pensar (Eclo 17,6).
3.
Nos has entregado las obras de tus manos para que las perfeccionemos (Sal 8,6s). Y para ello tu espíritu nos capacita para toda clase de trabajos
(Ex
35,31) y nos ha dado manos ágiles para realizarlos (Prov 31, 13).
4.
Pero cuando trabajamos como obreros, encontramos a veces “capataces”
que nos aplastan con tareas muy pesadas (Ex 1,11). Nos amargan la vida con duros trabajos, y nos imponen cruel
esclavitud (Ex 1,14).
5.
¡Hay ricos que construye su casa robándonos! ¡Se aprovechan de nosotros
y nos hacen trabajar sin pagarnos un salario digno! (Jer 22,13). Así es como el dios infame del dinero se come el fruto de nuestro
trabajo (Jer 3,24).
6.
Muchos andamos de un sitio al otro en busca de trabajo (Tob 5,5). Pero a veces nos quedamos todo el día sin hacer nada porque
nadie nos contrata (Mt 20,6s).
7.
Otras veces, nuestra jornada de trabajo es demasiado larga: desde que
sale el sol hasta muy entrada la tarde (Sal 104,22s). Pero, con frecuencia, aun trabajando todo el día, no nos
alcanza ni para pan para nuestros hijos (Job 24,5s). Nada nos queda después de tanto esfuerzo (Ecl 2,23s). Es como si trabajáramos para el viento… (Ecl 5,15).
8.
Sin embargo, tú has afirmado, Señor, que el que trabaja merece su
alimento (Mt 10,10). Todo trabajador tiene derecho a
su salario (1Tim 5,18).
9.
Pero ves cómo hay patrones que nos explotan a los jornaleros pobres, sin
pagarnos como es debido, a pesar de que dependemos de nuestro salario para
poder vivir. Por eso clamamos a ti, Señor (Dt 24,14s).
10.
Sabemos que conoces nuestros sufrimientos, ves la humillación que
soportamos y escuchas nuestros gritos de rebeldía (Ex 3,7).
11.
Tú das fuerza al que está cansado y robusteces al débil (Is 40, 29), Ayúdanos, pues, a nosotros a sacar de nuestras espaldas esta
dura esclavitud que nos aplasta (Ex 6,7).
12.
¡Protege nuestros derechos! (Is 49,4). Rompe
nuestro yugo y líbranos de nuestros opresores… (Ez 34,27). ¡Mira cómo nadie detiene su brutalidad! (Ecl 4,1). ¡Protégenos contra su codicia (Sab 10,11) y líbranos de ellos! (Sal 136,24).
13.
Si los pobres sabemos buscar refugio sólo en ti, no nos portamos
injustamente con nadie y no decimos ni creemos mentiras, entonces llegaremos a
alimentarnos con dignidad y podremos descansar sin que nadie nos moleste (Sof 3,12s).
14.
Bendecirás todas las obras de nuestras manos, si es que sabemos ser
solidarios con los necesitados de forma que nadie llegue en nuestra zona a
pasar hambre (Dt 14,28s). Lo que nos sobra ha de ser del
sin-tierra, del huérfano y la viuda (Dt 24,19).
15.
Nos esforzamos para llegar a tener una vida digna (Prov 10,16). Queremos poder gozar del fruto de nuestro esfuerzo (Prov 31,31) teniendo para nuestra familia pan, educación y trabajo (Eclo 33,25).
16.
Queremos ver que nuestros trabajos prosperan (Prov 31,18), de modo que podamos mirar con confianza el futuro (Prov 31,25). ¡Es tan importante tener estabilidad y hacerse cargo de las
propias necesidades trabajando con las propias manos! (1Tes 4,11).
17.
Jesús, tú que fuiste conocido como el carpintero (Mc 6,3), y afirmas que el Padre sigue siempre trabajando,
y tú también trabajas (Jn 5, 17), ayúdanos a ser
buenos trabajadores como tú.
18.
Líbranos de la maldición de ejecutar con negligencia los trabajos que
nos encomiendas (Jer 48,10). ¡Líbranos de la ociosidad (Rm 12,11), que tanta maldad enseña! (Eclo 33,28). Sabemos que el que no quiere trabajar, no tiene derecho a
comer (2Tes 3,10).
19.
Que no descuidemos tampoco las cosas pequeñas (Eclo 19,1). Danos horror a realizar trabajos inútiles (1Tes 3,5), que no sirvan para nada (1Cor 4,12), conscientes de que llegará el día en que vendrás trayendo contigo
el salario para dar a cada uno conforme a su trabajo (Ap 22,12).
20.
Sabemos que si trabajamos como pueblo, de todo corazón (Neh 3,38), tú nos acompañas, Señor (Ag 2,5). Ayúdanos a saber trabajar juntos (Flp 4,2), queriéndonos entre compañeros (Film 1), pues unidos sacamos mucho más fruto de nuestros esfuerzos (Ecl 4,9).
21.
Deseamos animarnos unos a otros para realizar buenas obras en servicio
de la comunidad (Neh 2,18). Nos sentimos llamados a trabajar
duro para poder ayudar a los más pobres (Hch 20,35), de modo que tengamos qué compartir con ellos (Ef 4,28).
22.
Ayúdanos, en fin, a trabajar por la paz, de modo que seamos reconocidos
como hijos tuyos (Mt 5,9). Y a trabajar
también por el alimento que permanece y da vida eterna (Jn 6,27).
34.- Campesinos
sin tierra
1. Nos has
ordenado, Señor, trabajar la tierra (Gn 3,23), y por ello nos has
entregado gran cantidad de plantas (Gn 1,29) para que las cultivemos (Gn 2,15) y podamos así alimentarnos.
2.
Nos has dado la tierra para vivir de ella (Núm 33,53). Por eso quieres que nos la repartamos fraternalmente, según el
número de miembros de cada familia campesina (Núm 33,54).
3.
Muchos de nosotros somos campesinos que trabajamos la tierra desde
jóvenes (Zac 13,5). Pero el trabajo del campo es
penoso (Eclo 7,15). Sacamos el alimento de la tierra
con fatiga y sufrimiento (Gn 3, 17), y comemos
nuestro pan con el sudor de la frente (Gn 3,19).
4.
Sabemos que al campesino le corresponden los frutos de la cosecha (2Tim 2,6). Pero por más que trabajamos, muchas veces apenas tenemos con qué
vivir (Eclo 31,4).
5.
En esta escasez que sufrimos algunos de nosotros hemos tenido que
empeñar nuestros campos y casas para conseguir algo que comer (Neh 5,3). O hemos tenido que pedir dinero prestado a cuenta de nuestros
campos y al final lo hemos perdido todo (Neh 5,4).
6.
Y sin embargo, somos de la misma raza que nuestros hermanos
terratenientes, y nuestros hijos no son diferentes a sus hijos. Pero tenemos
que entregarlos como esclavos; incluso muchas de nuestras hijas son ya tratadas
como prostitutas. Y no tenemos otra solución, porque ya no nos queda nada (Neh 5,5).
7.
Muchos de nosotros ya no tenemos tierra para trabajar porque los
acaparadores de tierras se han quedado con todo y no han dejado nada para los
demás (Is
5,8)
8.
Y cuando trabajamos en las propiedades de los que conocen sólo lujo y
placeres, ellos nos condenan y nos matan al no querer reconocer debidamente
los trabajos realizados en sus campos. ¡Pero sabemos que los muchos salarios
no pagados gritan ante tu presencia, Señor! (Sant 5,4-6).
9.
Tú no quieres que haya campesinos sin tierra, ni acaparadores que
tienen de más (Lev 25). Tu deseo es que cada familia tenga
la tierra necesaria para poder vivir dignamente (Núm 26,52-56).
10.
Por eso tomas partido por los campesinos sin tierra y condenas y atacas
a los acaparadores de tierras (Is 5,8-10; Miq 2,1-5).
11.
Y has prometido, Señor, que, si vivimos unidos, podremos comer nuestro
pan hasta saciarnos y vivir seguros en nuestra propia tierra (Lv 26,5). Plantaremos viñas y podremos paladear su vino; cultivaremos nuestros
huertos y podremos saborear sus frutas… (Am 9, 14).
12. Haremos nuestras casas y viviremos
en ellas (Is 65,21). Ya no plantaremos para alimentar
a los demás. ¡Viviremos de lo que hayamos cultivado con nuestras propias manos!
(Is
65,22). No trabajaremos más inútilmente, ni
tendremos hijos destinados a la matanza (Is 65,23).
35.- Salmo de
los pobres con esperanza
1. Señor,
¿quién como tú, que defiendes al débil del poderoso, al pobre y humilde del
explotador? (Sal 35,10).
2.
¿Quién como el Señor Dios nuestro? Él levanta del polvo al oprimido y
alza de la basura al pobre (Sal 113, 6s).
3.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes, nos atiendes y nos animas;
harás justicia a huérfanos y a oprimidos, y ya no nos dominarán más los hombres
de barro (Sal 10,17s).
4.
Salvas al pueblo humillado y humillas los ojos orgullosos (Sal 18,28).
5.
Desde el cielo alargas la mano y me sostienes, me sacas de las aguas caudalosas;
me libras del enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo… (Sal 18,17s).
6.
Contigo corro a la lucha; con ayuda de mi Dios asalto las murallas. El
Señor me llena de fuerza y allana mis caminos (Sal 18,30.33).
7.
Tú no cambias jamás tu lealtad. Das tu justicia a los oprimidos; proporcionas
su pan a los hambrientos; libras de sus cadenas a los presos. Abres los ojos
del ciego y enderezas a los que ya se doblan (Sal 146,7s).
8.
Tu fuerza no está en la multitud, ni tu poder en los guerreros, sino que
eres el Dios de los humildes, defensor de los pequeños, apoyo de los débiles,
protector de los abandonados, salvador de los desamparados (Jud 9,11).
9.
Haces justicia al desvalido y defiendes el derecho del pobre (Sal 140, 13).
10.
Das la razón a los oprimidos (Sal 103,6),
socorres a los hijos de los pobres y aplastas a sus verdugos (Sal 72,4).
11.
Eres padre de huérfanos y protector de viudas. Preparas casa a los
desvalidos y al preso le quitas sus cadenas (Sal 68,6s).
12.
Señor, te damos gracias a gritos y te alabamos en medio de la multitud,
porque te pones de parte de los pobres para salvar nuestras vidas de nuestros
acusadores (Sal 109,31).
13.
Tú sólo, Señor, nos haces vivir tranquilos (Sal 4,10).
14.
Te agradecemos, Jesús, que estés siempre activo donde se busca la
justicia (1Jn 2,29).
15.
En los que luchan por una vida digna reconocemos tu presencia, Señor.
Cuando los ciegos ven y los paralíticos andan, cuando el pueblo se despierta y
se pone en marcha en ellos vemos tu mano, Señor (Mt 11,5).
16.
Cuando los sin tierra invaden latifundios improductivos sabemos que tú
vas con ellos, Señor (Miq 2,1-5).
17.
Cuando las organizaciones campesinas reclaman tierra (Neh 5,1-7), en su decisión vemos tu presencia, Jesús. Su voz decidida es la
tuya y tus espaldas son las que aguantan los golpes de la represión (Hch 9,5).
18.
Es tu fuerza la que rompe las cadenas de opresión y destroza los
cerrojos de los calabozos (Hch 16,26).
19.
Eres tú, Cristo Jesús, el que lucha con nosotros, ¿a quién temeremos,
pues? ¡Bendito sea Dios que nos asegura la victoria! (1Jn 4,4)
20.
En nuestra lucha por un mundo justo asoma ya la aurora que anuncia “el
año de Jubileo” (Lev 25), el de la auténtica reforma agraria,
en la que cada familia vivirá dignamente. Habitaremos seguros en la tierra que
tú nos has dado. Cada uno vivirá tranquilo en su propia casa (Sof 2,13) y nadie ajeno comerá nuestras cosechas (Dt 16,15).
21.
Esta tierra, prometida por ti a nuestros padres, todos nosotros la
poseeremos por partes iguales, cada familia según su necesidad (Núm 33,53s).
22.
Ya no serán posibles los acaparamientos de tierra, ni gente sin tierra
(Lev
25), sino un gran pueblo de hermanos.
23.
Para que todo ello sea posible crea en medio de nosotros, Señor, a un pueblo
sencillo y austero, que busque refugio sólo en ti, que nunca se porte
injustamente con nadie, ni crea ni diga jamás palabras engañosas (Sof 3,12s).
VII
SUFRIMIENTO
36.- Rebeldías desde la
injusticia
1. Desde los
gusanos y la podredumbre reclamo mi derecho a protestar (Job 7,5). No puedo quedarme callado. En mi dolor y mi amargura quiero dar
rienda suelta a mis quejas (Job 7,11).
2.
Son los suspiros mi alimento y se derraman como el agua mis lamentos,
porque si temo algo, eso me ocurre, y lo que me atemoriza me sucede. No hay
para mí tranquilidad ni calma… (Job 3,24-26).
3.
Mira, Señor, y observa a qué humillación he llegado (Lam 1,11). ¡Mira, Señor, mi angustia! Me hierven las entrañas y el dolor me
oprime el corazón. (Lam 1,20s). ¡Y no hay quien me consuele! (Lam 1,21)
4.
¿Hasta cuándo, Señor, esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo mi
espíritu y mi corazón habrán de sufrir y estar tristes todo el día? ¿Hasta
cuándo va a prevalecer mi enemigo? (Sal 13,2s).
5.
Lágrimas son mi pan durante noche y día, cuando oigo que me dicen:
¿dónde está tu Dios? (Sal 42,4).
6.
Señor, ¿hasta cuándo te vas a ocultar? (Sal 89,47). ¿Hasta cuándo consentirás que presuman de sus locuras los injustos?
(Sal
94,3).
7.
¿Por qué te alejas y en momentos de angustia así te escondes? (Sal 10,1). ¡Oh Dios, mi Dios, ¿por qué me has abandonado? ¡Parece que no te
llegan mis clamores, ni el rugido de mis lamentos! (Sal 22,2). ¿Por qué me desamparas? ¿Por qué tengo que andar tan afligido
por la opresión que sufro? (Sal 43,2).
8.
Me canso de gritar; mi garganta está ronca. Mis ojos están cansados de
tanto esperar a mi Dios (Sal 69,4).
9.
¡Despiértate! ¿Por qué duermes, Señor? Levántate. ¡No nos dejes tirados
en el suelo! ¿Por qué escondes tu cara y olvidas nuestro estado de opresión y
miseria, cuando estamos tan rendidos y humillados, arrastrando nuestros
cuerpos por el suelo? (Sal 44,24s).
10.
Señor mío, en tu presencia están mis ansias; ¡no se te ocultan mis
gemidos! Se me agita el corazón, las fuerzas me
abandonan y hasta la vista se me nubla (Sal 38,10s). ¡Estoy agotado y deshecho! ¡Me ruge con bramidos el corazón! (Sal 38,9)
11.
Mis días se desvanecen como el humo, y mis huesos se van consumiendo.
Mi corazón no vale más que pasto seco y hasta me olvido de comer mi pan. Con
tanto gritar mi lamento, mis huesos se pegan a mi piel… Paso en vela las
noches gimiendo, como un ave solitaria en un tejado… En vez de pan como
cenizas y para calmar mi sed sólo tengo mis lágrimas… (Sal
102,4-6.8.10).
12.
Soy despreciado y evitado de la gente, hombre de dolores y familiarizado
con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara (Is 53,2). Nadie me quiere escuchar… (Jer 25,3).
13.
Si es verdad que estás con nosotros, Señor, ¿por qué nos sucede todo
esto? ¿Dónde están los milagros que nos contaban nuestros padres? ¿No decían
que los hiciste salir de Egipto? ¿Por qué nos abandonas ahora? (Jue 6,13).
14.
¿Hasta cuándo te pediré socorro, sin que tú me hagas caso? ¿Hasta
cuándo te denunciaré que hay violencia, sin que tú nos liberes? ¿Por qué me
obligas a ver la injusticia y te quedas mirando la opresión? (Hab 1,1-2). Los bandidos mandan a la buena gente; y por eso, no se ve más
que derecho torcido (Hab 1,4).
15.
Tienes tus ojos tan puros que no soportas el mal y no puedes ver la
opresión. ¿Por qué, entonces, observas en silencio a los traidores y al
culpable que devora al inocente? (Hab 1,13).
16.
Señor, tú tienes siempre la razón cuando hablo contigo y, sin embargo,
este punto lo quiero discutir contigo: ¿Por qué les va bien a los sinvergüenzas
y son felices los traidores? (Jer 12,1).
17.
Gimo afligido y amargado en medio de mi pueblo (Ez 21,11). Al ver nuestra realidad me horrorizo y me dan escalofríos. ¿Por
qué siguen con vida los malvados y llegan a viejos, llenos de poder?... Nada
perturba la paz de sus hogares... Ellos tienen a su alcance la felicidad, a
pesar de que tú no estás presente en sus proyectos… (Job 21,6s.9.16).
18.
El rico trabaja para amontonar riquezas y, cuando deja de trabajar, se
llena de placeres. El pobre trabaja para tener apenas con qué vivir y, cuando
deja de trabajar, pasa necesidad (Eclo 31,3s).
19.
¿No dicen que los que honran a Dios son felices porque le guardan el
respeto debido, y que los descreídos, en cambio, no son felices y su vida pasa
como una sombra porque no respetan a Dios? Pero resulta que sobre la tierra
hay buenos que son tratados como si fueran malos, y hay malos que gozan como si
fueran unos santos. ¡Esto no tiene sentido! (Ecl 8,12-14).
20.
Veo las lágrimas de los oprimidos porque no tienen quién los consuele;
y la brutalidad de sus opresores, a quienes nadie detiene (Ecl 4,1); gente honrada que fracasa por su honradez y gente malvada que
prospera por su maldad (Ecl 7,15). ¡Hay corrupción
y maldad donde debiera haber justicia y rectitud! (Ecl 3,16).
21.
Me desgarra el dolor de mi pueblo… (Jer 8,18.21). De mis ojos brotan lágrimas sin parar, día y noche, porque un
gran mal aqueja a mi gente (Jer 14,17). Se me parte
el corazón en mi pecho y tiemblo de pies a cabeza (Jer 23,9).
22.
Santo y justo Señor, ¿hasta cuándo vas a esperar a hacer justicia y
tomar venganza por la sangre inocente derramada? (Ap 6,10).
37.- Quejas
contra Dios
1. Derramo como
agua el corazón ante tu rostro, Señor (Lam 2,19). En tu presencia expongo mi tristeza y coloco delante de ti mi
angustia (Sal 142,3).
2.
Me siento henchido de palabras y su rebeldía me oprime las entrañas;
estoy a punto de estallar, como vino encerrado en cueros nuevos. ¡Quiero hablar
y desahogarme! (Job 32,18-20).
3.
Estoy horrorizado ante ti, Señor, y cuando reflexiono, te tengo miedo (Job 23,15).
4.
Me entregas a los injustos y me arrojas en manos de los malvados... Me
golpeas por el cuello y me haces pedazos... Traspasas mis entrañas sin piedad y
derramas por el suelo mi hiel. Me llenas de agujeros y te lanzas contra mí como
un guerrero (Job 16,11-14).
5.
Me asustas con sueños y me aterrorizas con visiones. Preferiría ser
sofocado: la muerte antes que estos dolores (Job 7,14-15).
6.
Yo esperaba la dicha, pero llegó la desgracia; esperaba la luz, y vino
la oscuridad (Job 30,26). ¡Ojalá hubiera quien me
escuchara! ¡Aquí está mi firma! ¡Que me responda el Omnipotente! (Job 31,35). ¡Si hubiera un juez entre los hombres y Dios…! (Job 16,21).
7.
Eres tú el que me perjudica y me envuelves con tu red (Job 19,6). Tus terrores se han desplegado contra mí (Job 6,4).¿Por qué me has tomado como blanco de tus golpes? ¿En qué te
molesto yo a ti? ¿Cuándo apartarás de mí tus ojos y me darás tiempo de tragar
saliva?... (Job 7,21.19).
8.
Como un león me persigues; te gusta triunfar sobre mí. Redoblas tus
ataques y tu furor aumenta en contra mía; tus tropas de refresco me asaltan
sin tregua (Job 10,16-17).
9.
Clamo a ti y tú no me respondes; me presento, y no me haces caso (Job 30,20). ¡Dime por qué me has demandado! (Job 10,2).
10.
Me siento amargado y lleno de furor, porque tu mano pesa fuertemente
sobre mí (Ez 3,14).
11.
Tengo miedo de morir si te acercas más a mí; por eso no quiero volver a
oír tu voz, ni volver a sentir este tu fuego devorador (Dt 18,16).
12.
¿Por qué mi dolor no tiene fin y no hay remedio para mi herida? ¿Por qué
tú, mi manantial, me dejas de repente sin agua? (Jer 15,18). ¿A dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? No me
hagas temblar, tú que eres mi refugio en la desgracia… (Jer 17,17).
13.
Me has golpeado duramente; me has castigado como a novillo no domado.
Estoy avergonzado y confundido... Ayúdame a volver a ti, y volveré, ya que tú
eres Yavé, mi Dios... (Jer 31,18s).
14.
¿Por qué, Señor, permites que nos perdamos de tus caminos, y que
nuestros corazones no sientan por ti ningún respeto? ¡Ah, si tú rasgaras los
cielos y bajaras…! (Is 63,17.19).
15.
Tu fuego me quema los huesos, y por más que intento apagarlo, no puedo (Jer 20,9).
16. Tu
palabra es fuego que quema (Jer 23,29) Te gusta
hablar desde llamas ardientes…(Dt 5,4) ¡Tú mismo eres
fuego devorador! (Heb 12,29).
17.
Tienes, al mismo tiempo, la intimidad de las brasas, la agilidad de la
antorcha, la grandeza del relámpago (Ez 1,13s), la belleza del arco iris (Ez 1,28).
18.
Pero eres también como el fuego de una fundición y como la lejía que se
usa para blanquear (Mal 3,2). Te gusta forjarnos en el horno
ardiente del sufrimiento (Is 48,10).
19.
Ante tu grandeza me siento ignorante y débil. No soy capaz de descubrir
el sentido global de tu comportamiento desde el comienzo hasta el fin (Ecl 3,11). Pero tú sabes la razón por la que el justo sufre, y no tienes
por qué rendir cuentas a nadie. No puedo condenarte para poder quedar yo bien (Job 40,8).
20.
Son cosas extraordinarias que no conozco, muy superiores a mí. (Job 42,2). ¡No soy yo nadie para pedirte cuentas de tu proceder! (Ecl 6,10).
21.
Ojalá mi rebeldía sea totalmente sincera y honrada…, hasta que te
presentes frente a mí, Señor, me apabulles con tu poder y sabiduría, y termine
yo conociéndote de una forma totalmente nueva (Job 40-42).
22.
Mientras yo pensaba: 'En vano me he cansado, en viento y en nada he
gastado mis fuerzas', veo que mi derecho lo proteges tú, Señor, y que mi
salario está en tu mano (Is 49,4).
23.
Reconozco que, a los que nos acercamos a ti, tú nos hieres, Señor, no
para castigarnos, sino para instruirnos (Judit 8,27).
24.
Corrígenos, pues, Señor, pero con prudencia, sin enojarte, no sea que
nos destruyas (Jer 10,24).
25.
Bien sé yo que tú eres mi defensor y que tú serás el que hable el
último... Aunque la piel se me caiga a pedazos, yo, en persona, te veré. Con
mis propios ojos he de verte, yo mismo y no un extraño. ¡Mi corazón desfallece
esperándote! (Job 19,25-27).
38.- Quejas de
Dios
1. La voz de la sangre de tu hermano clama a mí
desde la tierra (Gn 4,10). Pues yo pido cuentas por la sangre
derramada; me acuerdo y no olvido los gritos de los oprimidos (Sal 9,13).
2.
Estoy viendo cómo sufre mi pueblo
y escucho sus quejidos cuando lo maltratan sus opresores: conozco todos sus
sufrimientos (Ex 3,7).
3.
Cuando ustedes hacen daño a la
viuda o al huérfano, y ellos claman a mí, yo escucho siempre su clamor (Ex 22,22s).
4.
¿Hasta cuándo habrán de ser
ustedes rebeldes a mis Mandamientos y a mi Ley? (Ex 16,26). ¿Hasta cuándo me van a
despreciar y van a desconfiar de mí, después de todas las pruebas de amor que
les he dado?… ¿Hasta cuándo esta comunidad perversa murmurará contra mí? (Núm 14,11. 27). ¿Dónde quieren que les
pegue ahora, ya que siguen siendo rebeldes? (Is 1,5).
5.
¡Qué generación tan incrédula y
malvada! ¿Hasta cuándo estaré entre ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que
soportarlos? (Mt 17,17).
6.
¿Hay algo que yo no le haya hecho
a mi viñedo? Yo esperaba que diera uvas dulces, ¿por qué, entonces, dio uvas
agrias? (Is 5,4).
7.
Doble falta comete mi pueblo: Me
abandonan a mí, que soy manantial de aguas vivas, y se van a cavar aljibes,
aljibes agrietados, que no retendrán el agua (Jer 2,13). Cada uno sigue la
inclinación de su duro corazón (Jer 9,13).
8. Algo
espantoso y horrible está pasando en este país. Los profetas anuncian mentiras,
los sacerdotes buscan el dinero, y todo esto le gusta a mi pueblo. ¿Qué harán
ustedes cuando llegue el fin? (Jer 5,26-31).
9.
Reconoce y comprueba cuán malo y
amargo resulta abandonar a Yavé, tu Dios (Jer 2,19). Por haberte alejado de mí,
acabarás siendo un desgraciado (Os 7,13).
10.
¿Por qué me irritan ustedes con
sus ídolos, con esas cosas extranjeras, que nada son? (Jer 8,19). ¿Por qué se hacen tanto
mal ustedes mismos? Van a conseguir que se acaben los hombres, las mujeres y
los niños, hasta que no quede nadie (Jer 44,7).
11. Pero,
a pesar de todo, no puedo dejarme llevar por la indignación y destruirte, pues
soy Dios y no hombre. Yo soy el santo que está en medio de ti, y no me gusta
destruir (Os 11, 9).
12.
Yo no hice la muerte, ni me alegro
de la perdición de los mortales (Sab 1,13). Tengo lástima de todo, porque amo la vida (Sab 11,26). Juro que no quiero que el
impío muera, sino que cambie su mala conducta y viva Conviértanse, conviértanse, pues, de sus
malas costumbres. Gente de Israel, ¿por qué tendrían que morir? (Ez 33,11).
13.
No rehuses, hijo mío, mi corrección,
ni te enojes cuando te reprendo, pues yo reprendo a los que amo, como lo hace
un padre con su hijo querido (Prov 3,11-12). ¡Dichoso el hombre a quien yo corrijo! (Job 5,17).
14. Si te has decidido a servirme, prepárate
para la prueba. Porque se purifica el oro en el fuego, y los que me siguen, en
el horno de la humillación (Eclo 2,1.5).
15.
Después de ponerte espinos en tu
camino (Os 2,9-10), te llevaré al desierto y allí te hablaré al corazón (Os 2,16). De nuevo me casaré contigo
para siempre, a precio de justicia y derecho, de afecto y de cariño. Tú serás
para mí una esposa fiel, y así conocerás quién es Yavé (Os 2,21s).
39.- Sufriente
como nosotros…
1. Tu amor
grandioso e increíble hacia nosotros te hizo bajar, Señor, hasta lo más
profundo de nuestra humanidad, haciéndote en todo semejante a tus hermanos (Heb 2,17).
2.
Puesto que venías a ayudar a gente de carne y sangre, tuviste que
hacerte como nosotros carne y sangre (Heb 2,14).
3.
Ahora estás con poder, sentado junto al Padre Dios (Mc 16,19), pero conoces por tu experiencia pasada lo que es la flaqueza
humana, pues fuiste sometido a las mismas pruebas que nosotros (Heb 4,15).
4.
Estás triunfante, a la derecha del Padre (Heb 1,3), como intercesor entre Dios y los hombres. Por eso podemos
acercarnos a ti con toda confianza, seguros de tu comprensión y tu ayuda (Heb 4,16).
5. Has hecho tuyas nuestras debilidades
y has cargado con nuestros dolores (Mt 8,17). Por eso
has compartido lo más íntimo de la vida de los pobres y de todos los que
sufren:
6.
Elegiste para nacer el lugar de nacimiento de los más pobres del mundo:
una cueva de animales (Lc 2, 7). La crueldad de
un gobernante obligó muy pronto a tu familia a emigrar a tierras extranjeras (Mt 2,13-18). Y supiste desde muy joven lo que es tener que vivir del trabajo
manual (Mt 13,55; Mc 6,3).
7.
Has experimentado el hambre (Mt 4,2), la sed (Jn 4,7), el cansancio (Jn 4,6s), la vida
insegura y sin techo; a veces no tenías ni dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20).
8. Conoces la
vida de los que no tienen trabajo (Mt 20,1-7). Sabes
cómo los patrones exigen a sus obreros (Mt 25,14-27) y cómo los poderosos hacen sentir su autoridad (Mt 20,25).
9.
Como todo el mundo, has sufrido dudas, miedos y tentaciones. Te tentó
el deseo de comodidad (Lc 4,3-4), el del poder (Lc 4,5-8) y el del triunfalismo (Lc 4,9-12).
10.
Siempre estuviste dispuesto a cargar dolores ajenos (Mt 8,17) y a aliviar a los que se sienten agobiados (Mt 11,28). Sientes compasión por los que viven como ovejas sin pastor (Mc 6,34) y te da lástima la multitud que no tiene qué comer (Mt 15,32). Estás en continua actitud de servicio (Lc 22,27), siempre haciendo el bien (Hch 10,38).
11.
Sirves a los necesitados, hasta el punto de que a veces no te dejan
tiempo ni para el descanso (Mc 6,31-33), ni siquiera
para comer (Mc 3,20). No rechazas a nadie que venga a ti
(Jn
6,37).
12.
No tienes problemas en compartir la mesa con pecadores (Lc 15,2). No rechazas a los despreciados samaritanos (Lc 10, 29-37); ni a la prostituta que se acerca arrepentida (Lc 7,36-40).
13.
Tu corazón siempre tiende a mirar la mejor parte, a disculpar, a
perdonar, a compartir. Mientras otros encuentran razones para condenar, tú las
encuentras para justificar (Lc 23,34).
14.
Sufres desprecios de los doctores porque eres un hombre sin estudios (Jn 7,15), oriundo de una región de mala fama (Jn 1,46; 7,41.52). Ni la misma gente de tu pueblo cree en ti (Lc 4,22-29). Tus propios parientes te tienen por loco (Mc 3,21). ¡Vienes a tu casa, y los tuyos no te aceptan! (Jn 1,11). No eres bien recibido ni en tu tierra, entre tu parentela y tu
familia (Mc 6,4).
15.
Sientes la pesadilla del desaliento y el cansancio de una pastoral
frustrada (Lc 9,41). Te molesta la ignorancia (Jn 14,9), el miedo y la falta de fe de los tuyos (Mc 4,40). Te desalienta el poco caso que muchos hacen a tu mensaje (Jn 12,38), y te duele la dureza de corazón de la mayoría (Mt 13,5).
16.
Sufres calumnias graves y dolorosas. Dicen de ti que eres un mentiroso
(Mt
27,63), engañador del pueblo (Jn 7,47); un blasfemo (Jn 10,33), gran pecador (Jn 9,24), que haces prodigios por arte diabólica (Lc 11,15). Te toman por loco (Jn 10,20; Lc 23,11).
Dicen que eres un samaritano (Jn 8,48): enemigo
político y religioso de tu pueblo. Y así ves con dolor cómo la gente se divide
y se aparta de ti (Jn 7,12-13; 10,20-21). El propio pueblo
llega a pedir a gritos tu muerte y te pospone a un asesino (Mt 27,16-25).
17.
Conoces lo que es la tensión sicológica de sentirse vigilado y buscado
por la policía (Jn 7,30-32.44-46; 10,39; 11,57). A veces
tienes que esconderte o irte lejos (Jn 12,36). Eres
consciente de que tu actitud ante la vida te lleva a la muerte (Mt 16,21;
17,12; 17,22-23; 20,17-19). Sientes pánico, hasta
llegar a sudar sangre, ante la posibilidad de una muerte ignominiosa (Mt 26,37-39).
18.
Conoces en carne propia lo que es un apresamiento con despliegue de
fuerzas policiales (Mt 26,47-55); lo que son las torturas, los
apremios ilegales, los juicios fraudulentos, los testigos falsos (Mt 26,57-69;
27,11-50); y, por fin, una muerte maldita (Dt 21, 23), bajo la apariencia hipócrita de legalidad...
19.
Sabes lo que es la soledad y la traición (Jn 6,67; 13,18.21); lo que son los amigos fallutos a la hora de la prueba (Mt 26,40); el sentirte abandonado por todos (Mt 26,56) y quedarte totalmente solo ante la muerte (Jn 16, 31s).
20.
En el patíbulo de la cruz sufres las burlas de la gente (Lc 23,35), de los soldados (Lc 23,36-37) y aun de un
compañero de tortura (Lc 23,39).
21.
Hasta tu amigo más íntimo, Pedro, ante el peligro, afirmó por tres veces
que ni siquiera te conocía (Lc 22,55-60). En la cruz
te sentiste abandonado hasta por el mismo Dios (Mt 27,46).
22.
Has experimentado la más cruel de las muertes. Las autoridades
religiosas te condenaron por querer destruir el templo (Mt 26,61), por blasfemo (Mt 26,65), por malhechor (Jn 18,30), por considerarte un peligro para la nación (Jn 11,48-50). Las autoridades civiles, por querer alborotar al pueblo,
oponerte a la autoridad de los romanos y tener ambiciones políticas (Lc 23,2-5.14;
Jn 19,12).
23.
Ciertamente has sido despreciado y tenido como basura, hombre de
dolores, familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se
les vuelve la cara (Is 53,2).
24.
Enfrentas la muerte entre clamores y lágrimas (Heb 5,7). Ni te rebelas (1Pe 2,23), ni te resignas
(1Pe
2, 24), sino que la aceptas serenamente (Jn 10,18). Tu muerte ratifica tu actitud constante de servicio (Lc 22, 27) y de amor extremo (Jn 13,1).
25.
Queremos aprender, pues, a acercarnos a ti con toda confianza, como
compañero de penas que eres, seguros de tu comprensión y tu ayuda (Heb 4,16).
40.- Sufrir y
triunfar con Cristo
Enséñanos a
sufrir
contigo, Jesús
1. Queremos experimentar el poder de tu
resurrección y tener parte en tus sufrimientos, hasta ser semejantes a ti (Flp 3,10s).
2.
Sabemos que tu mayor fuerza se manifiesta en la debilidad. Enséñanos,
pues, a alabarnos de nuestras debilidades para que tu fuerza se apodere de
nosotros; a alegrarnos cuando nos tocan enfermedades, humillaciones,
necesidades, persecuciones y angustias, si es que las sabemos sufrir contigo (2 Cor 12,9s).
3.
Creemos que nuestros cansancios y fatigas, nuestro morir de cada día,
son un complemento a lo que falta a tus sufrimientos (Col 1,24).
4.
La solidaridad contigo da sentido al dolor y nos confiere la seguridad
de que triunfaremos gracias a tu amor (Rm 8,37).
Enséñanos a
sufrir
por ti, Jesús
5. Sabemos que seremos perseguidos en la
medida en que queramos servir al Dios verdadero (2Tim 3,12).
6.
Ayúdanos a prepararnos, pues tú ya nos lo avisaste con tiempo (Mc 13,23). Muchos nos odiarán por causa tuya (Mc 13,13). Seremos azotados en las “sinagogas” y tendremos que presentarnos
ante los gobernantes (Mc 13,9).
7.
Por tu causa nos vienen pruebas de todas clases, pero no nos desanimamos.
Andamos con graves preocupaciones, pero no nos desesperamos; perseguidos, pero
no abandonados; derribados, pero no aplastados. Por todas partes llevamos en
nuestra persona tu muerte, para que también tu Vida se manifieste en nosotros (2 Cor 4,8-10).
8.
Enséñanos, pues, a ser felices, cuando por causa tuya nos insultan, nos
persiguen y nos levantan toda clase de calumnias. Que sepamos entonces
alegrarnos y mostrar nuestra alegría, porque será grande la recompensa que
recibiremos de ti (Mt 5,11s).
Enséñanos a sufrir
como tú, Jesús
9. Enséñanos a sufrir puestos los ojos en
ti, que eres pionero y consumador de nuestra fe (Heb 12,2).
10.
Que a tu estilo, la prueba del sufrimiento nos capacite para saber
ayudar a los que son puestos a prueba (Heb 2,18).
11.
Enséñanos a saber devolver bendición por maldición, como tú, que,
insultado, no devolvías los insultos, y maltratado, no amenazabas, sino que te
encomendabas a Dios, que juzga justamente (1Pe 2,23).
12.
Enséñanos a amar, como tú, a nuestros enemigos y a hacer el bien a los
que nos odian; a bendecir a los que nos maldicen; a rogar por los que nos
maltratan. Que al que nos golpea en una mejilla, sepamos presentarle también la
otra. Y al que nos arrebata el manto, sepamos entregarle también el vestido (Lc 6,27-29).
13.
Que, como tú, cuando la gente nos insulte, nosotros los bendigamos;
cuando nos persigan, lo soportemos todo; cuando nos calumnien, sepamos entregar
palabras de consuelo (1Cor 4,12).
Ayúdanos a triunfar del dolor, como tú
14. Los sufrimientos que soportamos ahora
por tu causa no son sino el comienzo de los dolores del parto (Mc 13,8). Enséñanos, pues, a mantenernos erguidos y con la cabeza en alto,
conscientes de que está llegando el día de nuestra liberación (Lc 21,28.31).
15.
Lo que sufrimos en la vida presente no se puede comparar con la Gloria
que se ha de manifestar después en nosotros (Rom 8,18). Nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos producen una
riqueza eterna tan grande, que no se puede comparar (2Cor 4,17).
16.
En tu banquete de bodas han de participar todos los que fueron degollados
como tú (Ap 6,9). Todos los que han muerto a
semejanza tuya estarán contigo en tu gloria (Ap 6,10).
17.
Entonces Dios mismo enjugará para siempre las lágrima de nuestros ojos (Ap 7,17). Ya no existirá la muerte, ni duelo, ni gemidos, ni penas,
porque todo lo anterior habrá pasado…
18.
Tú serás plenamente Dios para nosotros y nosotros seremos para ti verdaderos
hijos (Ap
21,4.7). Lo harás todo nuevo (Ap 21,5) y serás todo en todos (1Cor 15,28).
VIII
ALEGRÍA
41.- Canto de
confianza
1. Eres, Señor,
mi esperanza y mi confianza desde mi juventud. En el vientre materno ya me
apoyaba en ti; en el seno de mi madre tú me sostenías; siempre he puesto en ti
mi confianza (Sal 71,5s).
2.
El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me haces
recostar; me conduces hacia fuentes tranquilas y reparas mis fuerzas… (Sal 23,1-3).
3.
Aunque camine por cañadas obscuras, nada temo, porque tú vas conmigo…
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida (Sal 23,4-6).
4.
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa
de mi vida, ¿quién me hará temblar?… Si un ejército acampa contra mí, mi
corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo… (Sal 27,1-3).
5.
Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá (Sal 27,10).
6.
El Señor Dios viene en mi ayuda, y por eso no me molestan las ofensas.
Cerca está el que me justifica: ¿quién disputará conmigo?… Si el Señor Dios me
ayuda, ¿quién podrá condenarme? (Is 50,7-9).
7.
Viviré lleno de confianza y no temeré, pues en verdad que mi fortaleza
y mi apoyo eres tú, Señor, que has tomado por tu cuenta mi causa (Is 12,2).
8.
Tú eres mi amparo y mi refugio; en ti, mi Dios, pongo yo toda mi confianza
(Sal
91,2). Guárdame como a la niña de tus ojos; escóndeme
bajo la sombra de tus alas (Sal 17,8).
9.
Tus ojos, Señor, son poderosa protección, probado apoyo, abrigo contra
el ardor del mediodía, guardia contra tropiezos, auxilio contra caídas, que
levanta el alma, alumbra los ojos, da salud, vida y bendición (Eclo 34,16s).
10.
Sé que viviré, si es que me fío de ti, Señor. La avidez hinchada acabará
no teniendo éxito; pero el que pone su confianza en ti, vivirá para siempre (Hab 2,4).
11.
¿Quién quiere meterme pleito? ¡Presentémonos juntos! ¿Quién es mi
demandante? ¡Que se acerque a mí! Si tú, Señor, me ayudas, ¿quién podrá
condenarme? (Is 50,7s).
12.
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará en contra nuestra? (Rm 8,31). ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? (Rm 8,35).
13. En todo
saldremos triunfadores gracias al amor que nos tienes (Rm 8,37). ¡Nada ni nadie podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado
en Cristo Jesús, nuestro Señor! (Rm 8,39).
42.- Gracias,
Padre Dios
1. Debemos adelantarnos al sol
para darte gracias, Señor, pues la esperanza del ingrato como escarcha invernal
se derrite y corre como agua inútil (Sab 16,28s).
2. Sí, te damos gracias en primer lugar
porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna (Dan 3,90). Porque tu amor perdura para siempre (Sal 136,1). ¡Porque eres puro amor! (1Jn 4,8).
3. Cantamos para ti y nos postramos
dándote gracias por tu amor y tu fidelidad (Sal 138,1). Proclamamos tu amor por la mañana y tu fidelidad toda la noche,
con arpas, con guitarras y con suaves liras. Pues nos alegras, Señor, con tus
acciones y nos gozamos en las obras de tus manos (Sal 92, 2-5).
4.
Nosotros, el rebaño de tu redil, te daremos gracias para siempre y de
edad en edad repetiremos tu alabanza (Sal 79,13).
5.
Cantemos jubilosos al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva; delante
de él marchemos dando gracias, aclamémoslo al son de la música (Sal 95,1s). Porque Dios es bondadoso, su amor dura por siempre y su fidelidad
por todas las generaciones (Sal 100,5).
6.
Te bendecimos, Padre, y proclamamos tu grandeza ante todos los
vivientes por lo que has hecho en favor de nosotros (Tob 12,6).
7.
Te daremos gracias en la gran asamblea, te alabaremos cuando esté
presente todo el pueblo (Sal 35,18). ¡Vitoreen el
Nombre de Dios! Publiquen entre los pueblos sus hazañas (Is 12,4).
8.
Te cantamos agradecidos porque tú eres nuestra fuerza y nuestro escudo (Sal 28,7); porque eres nuestro protector y nuestro apoyo (Eclo 51,1).
9.
Te saludamos y celebramos tu Nombre, pues has ejecutado tus maravillosos
proyectos, que son auténticos y verdaderos (Is 25,1). Reconocemos que lo puedes todo y que eres capaz de realizar
todos tus designios (Job 42,2).
10.
Te damos gracias por tantas maravillas como has ejecutado; admirables
son tus obras y mi alma bien lo sabe (Sal 139,14).
11.
Dios de nuestros padres, te agradecemos y te alabamos porque nos has
concedido el saber y la inteligencia (Dan 2,23). Gracias por la sabiduría que nos hace progresar (Eclo 51,17).
12.
Gracias por las muestras de cariño y benevolencia de los hijos (2Mac 9,20).
13.
Gracias cuando los hermanos salen a nuestro encuentro y nos llenan de
ánimo (Hch
28,15).
14.
Gracias porque tenemos pan para comer (Hch 27,35). Gracias cuando alcanzamos prosperidad a través de nuestro
propio trabajo (Ecl 2,24).
15.
Te damos gracias porque das de beber a los sedientos y repletas a los
hambrientos (Sal 107,8s). Derribas a los poderosos de sus
tronos y exaltas a los pequeños (Lc 1,52).
16.
Te lo agradecemos todo con alegría y generosidad (Flp 1,3), conscientes de que no debemos ofrecerte nada que no nos cueste
esfuerzo (2Sam 24,24).
17.
Bendito seas, Padre, porque tú siempre nos escuchas (Jn 11,41s). Sabemos que todo lo que te pidamos a través de Jesús, tú siempre
estás dispuesto a concedérnoslo (Jn 15,16).
18.
Te bendecimos, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultas
estas cosas a los sabios y entendidos y se las das a conocer a los que no saben
expresarse. Bendito seas Padre, porque así te ha parecido bien (Lc 10,21).
19.
Te bendecimos, Señor Dios, Todopoderoso, el que eres, el que eras y el
que viene (Ap 1,4), porque llegarás a reinar
plenamente, valiéndote de tu poder invencible (Ap 11,17).
20.
Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el
poder, porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron
creadas (Ap 4,11).
21.
Alabanza, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por
los siglos de los siglos (Ap 7,12).
43.- Gracias,
Jesús
1. Bendito seas, Señor, porque has visitado y
redimido a tu pueblo (Lc 1,68).
2.
Gracias, Virgen María, porque la grandeza de nuestro Dios pudo hacer
grandes maravillas a través de ti: ¡Santo es su Nombre! (Lc 1,46s.49).
3.
Gracias, Padre Dios, porque tanto nos has amado que nos has entregado
a tu Hijo único para que nos salvemos mediante él (Jn 3,16s)
4.
Gracias, Padre, por habernos preparado para recibir mediante Jesús
nuestra parte en la herencia reservada a los santos en tu reino de luz (Col 1,12).
5.
Gracias, Cristo Jesús, hermano nuestro, porque por tu medio hemos
obtenido la reconciliación y nos sentimos seguros ante Dios (Rm 5,11).
6.
Gracias porque tu Palabra nos limpia (Jn 15,3), nos hace crecer y nos alcanzará la plenitud (1Pe 2,2).
7.
Tú nos das la victoria (1Cor 15, 57). Gracias a
ti triunfará la vida (Rm 5,17) y madurará en
nosotros el fruto de la santidad (Flp 1,11).
8.
Gracias, Jesús, porque en ti todas las promesas de Dios han llegado a
ser para nosotros un sí definitivo (2Cor 1,20). En ti
hemos llegado a ser ricos de mil maneras, recibiendo toda clase de dones (1Cor 1,4s).
9.
Gracias por esos siete panes que nos das para que sepamos compartirlos
con los necesitados (Mc 8,6).
10.
Siempre que sufrimos en tu nombre te lo agradecemos, Jesús (1Pe 4,16). Es una felicidad ser considerados dignos de sufrir por tu
Nombre (Hch 5,41).
11.
Creemos que de todo tipo de problemas saldremos triunfadores gracias a
tu amor. Ni la muerte ni la vida, ni el presente ni el futuro, nada ni nadie
podrá apartarnos del amor que Dios nos tiene en ti, Cristo Jesús (Rm 8,37-39).
12.
Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y
nación (Ap 5,9).
13.
Digno eres, Cordero degollado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría
y la fuerza, la honra, la gloria y la alabanza (Ap 5,12).
14.
Amén. Ven pronto, Señor Jesús (Ap 22,20).
44.- Las
alegrías de Dios
1. Observa y
escucha las cosas que te mando, para que seas feliz siempre, tú y tu hijo
después de ti, por haber hecho lo que es bueno y justo a los ojos de Yavé tu
Dios (Dt 12,28). En eso está tu felicidad (Dt 30, 20).
2.
Estoy en medio de ti como poderoso salvador. Saltaré de gozo al verte y te
renovaré mi amor. Por ti lanzaré gritos de alegría, como en los días de fiesta (Sof 3,17s).
3. Cambiaré
tu duelo en regocijo; te consolaré y te
alegraré de tu tristeza (Jer 31,13). Pues yo no quiero que el pecador muera, sino que
cambie de camino y viva (Ez 18,23).
4. Cuando
encuentro a una oveja que se me había perdido, me la pongo sobre los hombros
lleno de alegría. Y, al llegar a casa, reúno a mis amigos y les digo:
¡Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido! (Lc 15,5s)
5. ¡Hay más alegría en el cielo por un pecador
que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesiten cambiar de
vida! (Lc 15,7).
6. Tenemos
que hacer fiesta y alegrarnos cuando un hermano tuyo que estaba muerto vuelve
a la vida; cuando se había perdido y le volvemos a encontrar(Lc 15,32).
7. Grita
de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de
ti (Zac 2,14). No estén, pues, nunca tristes: mi alegría es la fortaleza de
ustedes (Neh 8,10).
8. Eres
mi siervo, a quien yo he elegido; yo te amo y eres mi alegría (Mt 12,18). Entra y participa en mi
propia alegría (Mt 25,21).
9. Pues
yo te aprecio y te amo inmensamente. Tú vales mucho a mis ojos (Is 43,4).
10. Les
digo todo esto para que participen en mi alegría y su alegría sea completa (Jn 15,11).
11. Volveré
a verles y de nuevo se alegrarán con una alegría que nadie podrá quitarles (Jn 16,22).
12. Hasta
ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan, y recibirán, para que su alegría
sea completa (Jn 16,24).
13. Si
digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo, es para que puedan llegar
a compartir plenamente mi alegría (Jn 17,13).
45.- Alegrías
desde Dios
La alegría de corazón
es la vida del hombre
(Eclo 30,22).
1.
Señor Dios, nos regocijamos y nos alegramos por tu salvación (Is 25,9). Has estado grande con nosotros, y estamos alegres (Sal 126,3). Estamos gozosos de tu lealtad sin fin (Sal 31,8).
2.
Tengo siempre presente al Señor; con él a mi derecha no vacilaré. Por
eso se me alegra el corazón y gozan mis entrañas y mi carne descansa serena (Sal 16,8s).
3.
Se alegra mi corazón, canta gozosa mi lengua y hasta mi cuerpo vive
cargado de esperanza, porque sé que me acompañas siempre y estás a mi derecha
para impedir que caiga (Hch 2, 25s).
4.
Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y
júbilo; danos alegría por los días en que nos afligiste (Sal 90,14s). Tú, que eres el Dios de la esperanza, llena de alegría y paz nuestra
fe (Rm
15,13). Los pobres queremos volver a alegrarnos en
ti, Señor (Is 29,19).
5.
María, tú eres la alegre favorecida de Dios (Lc 1,28). Tu corazón está lleno de alegría a causa de Dios, porque él puso
sus ojos en ti, y desde entonces todos te llamamos bienaventurada, pues ha
hecho maravillas contigo el que es todopoderoso (Lc 1,47-49). ¡Feliz tú porque creíste que el Señor cumpliría sus promesas! (Lc 1,45).
6.
Espíritu Santo, produce en nosotros amor, alegría, paz, tolerancia,
amabilidad, bondad, lealtad… (Gál 5, 22). Llénanos de
tu alegría, como a Jesús, al experimentar que el Padre Dios oculta todo esto a
sabios y entendidos y se lo revela a los que no saben expresarse. ¡Bendito sea
por haberlo querido así! (Lc 10,21).
7. Tu nacimiento, Jesús, es el mayor motivo de
alegría que podemos experimentar (Lc 2,10). Que
sepamos aceptar a plenitud esta alegría que nos viene de ti (Bar 4,36). ¡Queremos aprender a sacar agua con gozo de tu manantial de
salvación! (Is 12,3).
8.
Tú colmas de alegría nuestros corazones (Hch 14,17) y nos llenas de gozo en Dios (Rm 5,11). Queremos aprender a estar cada vez más alegres en ti (Flp 4,4), de
forma que las dificultades no nos hagan perder nunca
el ánimo (Rm 12,12).
9.
Que tu palabra sea siempre para nosotros motivo de gozo y alegría de
corazón (Jer 15,16). Que sepamos disfrutar
escuchándote, Jesús (Mc 12, 37).
10. Que, al
estilo de Zaqueo, te sepamos recibir con alegría en nuestra casa, sabiendo
devolver todo lo que hayamos podido defraudar (Lc 19,6).
11.
Danos esa felicidad de saber invitar a comer a los pobres, a los inválidos
y a los ciegos (Lc 14,13s), sabiendo compartir con ellos el
alimento con sencillez y alegría sinceras (Hch 2,46), pues tú amas a quien comparte con generosidad y alegría (2Cor 9,7).
12.
Al estilo de los primeros cristianos, queremos aprender a disfrutar en
común los bienes que poseemos (Hch 4,32).
13.
Quisiéramos aprender a presentarte siempre nuestras ofrendas con cara
alegre y generosidad de corazón (Eclo 35, 11).
14.
Enséñanos a celebrar en tu presencia el éxito de nuestras tareas (Dt 12,18). Que sepamos hacer fiesta entre todos por los bienes que nos das
(Dt
26,11).
15.
Queremos contribuir a la felicidad de nuestros hermanos (2Cor 1, 24). Que sepamos reír con los que están alegres y llorar con los que
lloran (Rm 12,15).
16.
Que nuestra gran felicidad esté en que tú, Cristo Jesús, seas siempre
proclamado como Señor (Flp 1,18).
17.
Qué sepamos dar siempre palabras oportunas, de forma que causen
alegría a todos (Prov 15,23). Que nuestra mirada sea
luminosa, de forma que alegre el corazón del hermano (Prov 15,30), pues la dulzura de la amistad consuela siempre el espíritu (Prov 27,9).
18.
Enséñanos a guardar la lengua del mal, y los labios de la falsedad, pues
sólo así conoceremos días felices (Sant 3,10).
19.
Que, al estilo de los apóstoles, sepamos llenarnos de alegría cuando
seamos considerados dignos de sufrir por tu causa (Hch 5,41). Que sea para nosotros un gozo sufrir por ti flaquezas,
dificultades, persecuciones y angustias de todo tipo (2Cor 12,10).
20.
Queremos aprender a alegrarnos cuando sufrimos por los hermanos (Col 1,24), pues si compartimos tus sufrimientos con ellos, saltaremos de
júbilo contigo el día de tu gloriosa manifestación (1Pe 4,13).
21.
Creemos que cuando te manifiestes plenamente, Jesús, nos alegraremos
con un gozo inenarrable y radiante (1Pe 1,8). Esperamos
gozar de tu dicha en el país de la vida (Sal 27,13). Entonces gozaremos y ensalzaremos tu grandeza para siempre (Ap 19,7).
Que así sea.
46.-
Bienaventuranzas bíblicas
1. Dichoso el mortal que vela por el derecho y
practica la justicia (Is 56,1s).
2. Dichoso el que tiene piedad de los
pobres (Prov 14,21).
3. El que confía en Yavé será feliz (Prov 16,20).
4. ¡Feliz el hombre a quien corrige
Dios! (Job
5,17).
5. El respeto al Señor recrea el corazón,
da contento y regocijo y largos días (Eclo 1,12).
6. Feliz el hombre que no se ha deslizado
con su boca (Eclo 14,1).
7. Dichoso el hombre que se ejercita en
la sabiduría, y que se hace preguntas hasta que obtiene respuestas (Eclo 14,20).
8. Dichoso el hombre que halla su
felicidad en sus hijos (Eclo 25,7).
9. Dichoso el que no ha cometido
errores hablando de más (Eclo 25,8).
10. ¡Dichoso el que encuentra un amigo
y es capaz de dirigirse a un auditorio atento! (Eclo 25,9).
11. Dichoso el marido de una mujer
buena; se doblarán los años de su vida (Eclo 26,1).
12. Dichoso el rico que es hallado
intachable, y no se pervierte por la riqueza (Eclo 31,8).
13. Regocijo del corazón y contento del
alma es el vino bebido a tiempo y con medida (Eclo 31,28).
14. Dichoso el que cuida del débil y
del pobre; en el día malo lo pondrá a salvo el Señor (Sal 41,2).
15. Dichoso el que tú eliges y acercas
para que viva en tus atrios (Sal 65,5).
16. Dichosos los que encuentran en ti
su fuerza y la esperanza de su corazón (Sal 84,6).
17. ¡Señor, dichoso el hombre que
confía en ti! (Sal 84,13).
18. Dichoso el hombre al que tú educas,
al que enseñas tu ley, Señor, dándole descanso tras los años duros (Sal 94,12s).
19. Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia (Sal 106,3).
20. Dichoso el que se apiada y presta y
administra rectamente sus asuntos (Sal 112,5).
21. Felices los que guardan sus
mandamientos y buscan a Dios con todo el corazón (Sal 119,2).
22. Dichosos los pobres con Espíritu,
porque el reinado de Dios les pertenece (Mt 5,3).
23. Dichosos los afligidos, porque
serán consolados (Mt 5,4).
24. Dichosos los desposeídos, porque
heredarán la tierra (Mt 5,5).
25. Dichosos los que tienen hambre y
sed de justicia, porque se saciarán (Mt 5,6).
26. Dichosos los misericordiosos, porque los tratarán con misericordia (Mt 5,7).
27. Dichosos los limpios de
corazón, porque verán a Dios (Mt 5,8).
28. Dichosos los que trabajan por la
paz, porque serán reconocidos como hijos
de Dios (Mt 5,9).
29. Dichosos los que son perseguidos
por causa del bien, porque el reinado
de Dios les pertenece. Dichosos ustedes, cuando por causa mía los insulten, los
persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense
contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo (Mt 5,10-12).
30. Dichosos ustedes los pobres, porque el reino de Dios les pertenece (Lc 6,20).
31. Dichosos ustedes los que ahora
padecen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que ahora lloran,
porque después reirán (Lc 6, 21).
32. Dichosos ustedes cuando los hombres
los odien, y los destierren, y los insulten, y, por causa del Hijo del hombre,
proscriban su nombre como infame. Alégrense y salten de gozo cuando llegue ese
momento, porque en el cielo les espera una gran recompensa (Lc 6,22s).
33. ¡Dichosos aquellos para quienes yo
no soy causa de tropiezo! (Lc 7,23).
34. Felices los que escuchan la palabra
de Dios y la ponen en práctica (Lc 11,28).
35. ¡Dichosos los que creen sin haber
visto! (Jn 20,29).
36. ¡Dichosos aquellos a quienes Dios
ha perdonado sus culpas y ha sepultado en lo profundo sus pecados! (Rm 4,7).
37. ¡Dichoso el hombre que puede tomar
una decisión sin angustias de conciencia! (Rm 14,22).
38. Si son ultrajados por seguir a
Cristo, dichosos ustedes, porque el Espíritu glorioso de Dios alienta en
ustedes (1Pe 4,14).
39. Dichosos ya desde ahora los muertos
que mueren en el Señor (Ap 14,13).
40. Dichosos los invitados al banquete
de bodas del Cordero (Ap 19,9).
41. Mira que estoy a punto de llegar.
¡Dichoso quien preste atención al mensaje profético de este libro! (Ap 22,7).
42. ¡Dichosos los que han decidido lavar
sus vestiduras para tener acceso al árbol de la vida y poder entrar por las
puertas de la ciudad! (Ap 22,14).
IX
RESURRECCIÓN
47.- ¿Cuándo podré ver tu
rostro?
1. No me
rechaces, Señor, lejos de tu rostro, ni me retires tu espíritu santo (Sal 51,13). No escondas a tu siervo tu presencia, pues me siento angustiado…
(Sal
69,18). ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? (Sal 13,2 ).
2.
Si tú escondes tu cara, quedamos aterrados; si recoges tu espíritu,
todos morimos y retornamos al polvo (Sal 104,29). Si no
nos acompañas, no vale la pena seguir caminando... (Ex 33,15).
3.
Ciertamente no soy digno de verte, pues muchas veces he ido tras otros
dioses (Dt 31,18). Mis maldades han cavado un abismo
entre tú y yo (Is 59,2). Con frecuencia no te he escuchado
ni te he hecho caso, sino que siguiendo la inclinación de mi perverso corazón,
te he dado la espalda… (Jer 7, 24).
4.
Reconozco y compruebo lo malo y amargo que resulta abandonarte a ti, mi
Dios y Señor (Jer 2,19). A veces, como Jonás, hasta me he
embarcado para huir lejos de tu presencia misericordiosa (Jon 1,3).
5.
Muchas veces me tapo la cara, pues tengo miedo de que mi mirada se fije
en ti, Señor (Ex 3,6). Sí, a veces quiero meterme entre
las rocas o esconderme en el polvo, para no ver tu cara, que me da miedo (Is 2,10). Parece que, como Gedeón, tengo miedo de morir al verte (Jue 6, 22).
6.
Reconozco que en esta vida nunca podré ver directamente tu rostro, pues
no puede verte un ser humano y seguir viviendo (Ex 33, 20). Lo más, al pasar tu Gloria, puede ser que me pongas en un hueco
de la roca y me cubras con tu mano mientras tú pasas, y así quizás pueda ver al
menos tus espaldas; pero tu cara no se puede ver (Ex 33,22s).
7.
Pero, no obstante, Señor misericordioso (Eclo 48,19), sé que Moisés te escuchó cara a cara en la soledad del Sinaí,
desde en medio del fuego (Dt 5,4). Abierta y
claramente dejaste que él viera tu forma (Núm 12,8). Hablabas con él directamente, como habla un hombre con su amigo (Ex 33, 11).¿Podrá ser que alguna vez la piel de mi cara se vuelva radiante,
por haber hablado directamente contigo, como Moisés? (Ex 34, 29).
8.
Elías, después de caminar por el desierto por largo tiempo, esperarte
con paciencia en aquel cerro, y sufrir violentos huracanes, terremotos y rayos,
al fin pudo sentir tu presencia como murmullo de suave brisa (1Re 19,11s). Y Job, después de mucho dolor y rebeldías, apretándose bien su
faja, te pudo ver en medio de la tormenta (Job 40,6; 42,5).
9.
Por eso no nos escondas a nosotros tu rostro, Señor, a pesar de que
somos una generación perversa: hijos sin lealtad (Dt 32, 20). Vuelve hacia nosotros tu rostro y danos tu paz (Núm 6,26). No nos dejes en esta humillación, Señor, sino trátanos de acuerdo
a tu bondad y según la abundancia de tu misericordia (Dan 3, 42).
10.
No nos vuelvas la cara, ni nos trates como a enemigos (Job 13,24). Si escondes tu rostro, ¿quién te puede descubrir por sí solo? (Job 34, 29). Si ocultas tu cara, quedaré totalmente desconcertado (Sal 30,8).
11.
Queremos volver de nuestros malos caminos, humillarnos, orar y buscar
con sinceridad tu rostro, de forma que puedas perdonar nuestro pecado y sanar
nuestra tierra (2Cró 7,14s).
12.
¡Muéstranos, Señor, tu rostro alegre! (Sal 4,7). ¡Oh Dios, vuelve a tomarnos en tus manos, haz brillar tu faz y
sálvanos! (Sal 80,4 ). ¡Ponnos bajo la luz de tu
rostro! (Sal 67,2).
13.
Sálvame por tu amor (Sal 31, 17). Sé que si
vuelvo a ti de todo corazón y con toda el alma, practicando la justicia,
volverás a mí y ya no me esconderás más tu presencia (Tob 13,6). Si con mis bienes practico la justicia y el bien, y nunca doy la
espalda al pobre, sé que tú, Señor, no apartarás jamás tu rostro de mí (Tob 4,7).
14.
Sé que al final me pondré de pie dentro de mi piel y en mi propia carne
te veré, Señor. ¡Mi corazón desfallece esperándote! Yo te contemplaré, yo
mismo. Es a ti a quien veré y no a otro (Job 19,25-27). Aunque no lo merezco, sé que, al despertar, me saciaré de tu
semblante (Sal 17,15).
15.
Quiero creer firmemente en ti, Jesús, para poder llegar a oír la voz del
Padre y poder ver su rostro (Jn 5,37). Pues en el
momento presente vemos las cosas como en un mal espejo, pero cuando nos llegue
tu gloria las veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré
como soy conocido (1Cor 13,12).
Que así sea.
48.- ¡Quisiera
llegar ya!
1. Te agradezco por la existencia que me has dado,
Señor (Jer
38,16).
Sé que amas la
vida: (Sab
11,26),
¡Eres Señor de la
vida (Hch
3,15).
y
en ti se halla la fuente de toda vida! (Sal 36,10).
2. Pero basta ya, Señor. Toma en tus manos mi vida (1Re 19,4).
¡Que se acabe
este correr tras el viento! (Ecl 2,17).
¡Este
caminar entre trampas y redes! (Eclo 9,13).
¡Este
correr tras ídolos, corruptores de la vida! (Sab 14,12).
¿Qué saco de
tanto trabajar para nada? (Ecl 5,16).
Me paso esta vida
en tinieblas,
con
molestias, dolores y resentimientos… (Ecl 5,17).
3. Veo por todos lados injusticias, perversidad,
codicia, maldad… (Rm 1,28).
Siento las
lágrimas de los oprimidos, que no tienen quién los consuele;
y
la brutalidad de sus opresores, a quienes nadie detiene (Ecl 4,1)
¡Hay corrupción y
maldad por todos lados! (Ecl 3,16).
La creación entera
gime y sufre dolores de parto (Rm 8,22).
4. Quisiera poder salir de esta Babilonia cruel (Is 52,11).
Pues
el dios de este mundo nos ciega el entendimiento
y
nos impide ver tu resplandor (2Cor 4,4).
5. ¡Que se acabe para siempre el lujo desenfrenado! (Ap 18,3).
¡La bestia
opresora y los falsos profetas! (Ap 19,20).
Que la Muerte y
el Lugar de los muertos
sean
aniquilados para siempre (Ap 20,14).
¡Que caiga y se
pulverice este monstruo de pies de
barro! (Dn 2,33).
¡No
más lágrimas! (Ap 21,4).
6. Me cansa ya vivir en esta casa de barro (Sab 9,15).
¡Soy tan torpe y
tan frágil! (Sal 39,5).
Ojalá llegue
pronto el día en que liberes mi cuerpo (Rm 8,23).
7. Quisiera que reventara ya esta maloliente red,
que
me aprieta y me ataja el crecimiento.
¡Que se acaben de
podrir estos amarres!
Cada nuevo dolor,
cada enfermedad, cada fracaso,
es un nudo más que revienta;
es un paso más hacia el fin de la mentira,
de
lo podrido y caduco (Ap 21,8).
8. ¡Quisiera poder madurar ya de una vez! (Flp 1,11).
¡Pasar de la
muerte a la vida! (Jn 5,24).
Llegar a la
plenitud (Jn 10,10).
atravesando
esa puerta bendita de la muerte,
de
la que tú, el que nos amas (Ap 1,5),
guardas
las llaves… (Ap 1,18).
¡Sácame de esta
muerte, mi Dios, y dame la vida!
9. Deseo que la locomotora de mi viaje terrenal,
humeante
y fatigada,
se acerque ya a
la estación terminal de este largo viaje.
¡Sé que tú, mi
Fiel Amigo, me estarás esperando al final del andén!
10. Siento sonar ya en mis canas, en mi piel manchada
y arrugada,
en
mis achaques y torpezas,
el
traqueteo de las vías del tren que anuncia la llegada a destino.
¡Quisiera poder
terminar ya este largo viaje! (2Tim 4,7).
¡Salir de este
mundo para llegar a la casa del Padre! (Jn 13,1).
¡Morir
es ganancia! (Flp 1,21).
11. Mientras viva en este cuerpo estoy aun lejos de
casa (2Cor
5,6).
Pero sé que al
destruirse esta tienda de campaña,
tú
nos tienes reservada una maravillosa mansión (2Cor 5,1),
en
la que todos seremos hermanos (Ap 6,11).
12. Sé, Jesús, que me estás preparando un lugar en la
casa del Padre,
y volverás pronto
para llevarme contigo (Jn 14,2s).
Mira que peno por verte,
mi Dios,
y mi mal es tan
entero,
que muero porque
no muero.
13. Pero si mi vida corporal va a producir aun fruto (Flp 1,22),
quizás convenga
que permanezca todavía en este mundo (Flp 1,24),
para ayudar a que
progrese la fe y la alegría de mis hermanos (Flp 1,25).
14. Lo único que deseo es que tú, mi Señor,
seas engrandecido
siempre,
sea que viva o
sea que muera (Flp 1,20).
49.- Llegar a
la plenitud…
1. Crece mi capacidad de amar, de conocer, de vivir...
Cada día me
siento más humano, más comprensivo, más alegre...
¡Pero me falta
tanto para llenar mi capacidad…! (Jn 1,12).
2. Me entusiasma el horizonte maravilloso de tu Palabra (Jer 15,16).
Muchas veces en
la boca la siento dulce como la miel (Ez 3,2),
pero
a veces se me vuelve amarga en el estómago (Ap 10,10).
¡No comprendo
bien lo que me quieres decir! (Lc 2,50).
¡Soy torpe para entender las Escrituras! (Lc 24,25).
3. Siento que no estás lejos de cada uno de nosotros (Hch 17,27).
En ti vivimos,
nos movemos y existimos (Hch 17,28).
¡Pero
continuamente estoy dándote las espaldas! (Jer 2,27).
4. Como buen padre, me has enseñado a caminar
sujetándome
de los brazos (Os 11,3).
¡Me abrazas
con inmenso cariño
y lo
celebras a lo grande cuando vuelvo a ti! (Lc 15,20).
Pero, a pesar de ello,
mi
ingratitud filial (Os 11)
y
mis infidelidades conyugales (Ez 16)
no
tienen medida.
5. ¡Quisiera acabar ya esta vida de vergüenzas y fracasos (Jer 20,11),
para
poder nacer a lo definitivo,
a
lo pleno e incorruptible (1Cor 15,53),
bebiendo esa agua
tuya que quita la sed para siempre (Jn 4,14).
6. Blanquéame con tu sangre, Jesús (Ap 7,14),
y hazme triunfar
contigo (Ap 17,14),
de todo lo que es maldad, mentira (Ap 21,26) y muerte (Ap 20,6).
7. ¡Quiero llegar a la perfección del conocimiento! (1Cor 13,9s)
Quiero disfrutar el abrazo
definitivo entre justicia y paz (Sal 85,11).
¡Quiero gozar a
plenitud el triunfo absoluto del amor! (1Cor 13,8)
¡Quiero vivir la
vida que no tiene fin! (Sab 4,1).
8. Mi cuerpo mortal tiene que ser absorbido plenamente por tu Vida
(2Cor
5,4).
Transfórmalo y
hazlo semejante a tu propio cuerpo,
usando
esa tu fuerza maravillosa
con
la que sometes a ti todas las cosas (Flp 3,20).
9. Busco experimentar en mí la fuerza plena de tu resurrección (Flp 3,11).
Deseo
ardientemente llegar a crecer del todo
para
poder verte cara a cara (Jn 14,19)
y
quererte con todo mi ser (Dt 6,4).
10. Cambiarme estas ropas tan gastadas... (Lc 15,22).
Dejar que
restañes mis heridas (Ez 34,16).
Gozar de tu
alegría… (Jn 15,11).
11. ¡Ojalá rasgaras los cielos y bajaras! (Is 63,6).
Deseo llegar para
vivir eternamente a tu lado (Flp 1,23).
Sí, abre ya esa
puerta, déjate ver, mi Señor (Jn 10,9),
y
llámame por mi nombre (Jn 10,3).
¡Acaba de
entregarte ya de veras!
¡Descubre tu
presencia
y
máteme tu vista y hermosura!
12. Quiero gozar el cariño del timbre de tu voz (Jn 5,25):
“¡Ya llegaste¡ ¡Ya estás conmigo! (Jn 14,1).
Te quedarás en mi casa para siempre (Jn
8,35).
Se acabó la angustia y la inseguridad (Jn 14,27).
No existirá más ni muerte, ni duelo, ni
penas,
pues todo lo anterior ya
ha pasado (Ap 21,4).
Ahora todo será nuevo (Ap 21,5).
He preparado un lugar especial para ti (Jn 14,3).
Tu pieza está lista como a ti te gusta.”
13. Dame la Estrella brillante de la mañana (Ap 2,28).
Vísteme de ese
lino blanco tuyo,
y
proclama mi nombre delante de tu Padre (Ap 3,5)
14. Llévame junto a ti para poder vivir siempre a tu lado (Jn 14,3).
Quiero estar
contigo y contemplar tu gloria (Jn 17,24),
la que tuviste junto al Padre desde el
comienzo del mundo (Jn 17,5).
15. Quiero llegar a tu Reino dando gritos de alegría,
y con la dicha
eterna reflejada en mi rostro;
la alegría y la
felicidad me acompañarán
y nunca tendré
más penas ni tristezas (Is 35,10).
16. Juntos gritaremos jubilosos,
porque todos te
veremos cara a cara (Is 52,8).
Que así sea.
50.- Quiero ver
tu rostro, Jesús
1. Sediento estoy de ti (Sal 42,3), Jesús, Señor de la vida (Hch 3,15). Tú eres mi Dios, a ti te busco; mi espíritu tiene sed de ti; en
pos de ti mi carne languidece, cual tierra seca, sedienta, sin agua (Sal 63, 2). Como anhela la sierva estar junto al arroyo, así mi espíritu
desea, Señor, estar contigo (Sal 42,2).
2. Tengo
sed de vida, y por eso me acerco a ti, para recibir de tu mano, gratuitamente,
el agua de la vida (Ap 22,17).
3.
En ti sólo descansa mi espíritu (Sal 62,2). Sólo tú eres mi roca y mi salvador (Sal 62,3). En ti tendré mi descanso, pues sólo en ti se apoya mi esperanza (Sal 62,6). No hay dicha para mí fuera de ti (Sal 16,2).
4.
Mi corazón me dice: "Procura ver su cara" (Sal 27,8). Sí, es tu rostro, Jesús, lo que yo busco en lo más íntimo de mi
ser (Sal
27,9). Mi carne y mi corazón se consumen por ti, mi
Roca, mi Dios, que eres mío para siempre (Sal 73,26).
5.
¿Qué podré tener en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada más quiero
en la tierra (Sal 73,25).
6.
No quiero vivir lejos de tu rostro y de tu Gloria irresistible (2Tes 1,9). ¿A quién podría ir fuera de ti? (Jn 6,67). Tus amores son un vino exquisito, suave es el olor de tus perfumes,
y tu nombre, ¡un bálsamo derramado! (Cant 1,3).
7.
Amado mío, ¡qué hermoso eres, qué delicioso! (Cant 1,16). Tu cabeza brilla como el oro puro y tus labios son lirios que
destilan mirra. Toda tu persona es un encanto (Cant 5,11.13. 16).
8. Tu
rostro es como el brillo del relámpago y tus ojos como antorchas encendidas (Dan 10,6). Tu cara brilla como el sol y tu ropa es blanca como la luz (Mt 17,2). Tu cabeza y tus cabellos son blancos, como la lana blanca, como
la nieve; tus ojos parecen llamas de fuego; y tu voz resuena como estruendo de
grandes olas (Ap 1,14).
9.
Muéstrame tu rostro y déjame oír tu voz, pues tu voz es dulce y amoroso
tu semblante (Cant 2,14).
10.
Quiero ver ese tu rostro triunfante y llevar tu nombre en mi frente,
Jesús. Entonces ya no habrá noche. Tú mismo serás mi luz, y reinaremos juntos
para siempre (Ap 22, 4s).
11. ¡Quiero
llegar a ser todo para ti, ya que tú eres todo para mí! (Cant 6,3). Ansío que puedas desplegar tu plenitud en mí de forma que me llenes
del todo (Ef 1,22). Entonces habrás conseguido que tu
alegría viva plenamente en mí (Jn 15,11). ¡Será un gozo
inenarrable y radiante! (1Pe 1,8).
12.
¡Sé que mi nombres esta ya escrito con tu sangre en el libro de la
vida! (Flp
4,3). Me tienes grabado en la palma de tus manos (s 49,16) y como tatuaje sobre tu corazón (Cant 8,6). Por eso espero encontrarte por fin, ver tu cara (Ap 22,4) y vivir a plenitud contigo (2Cor 5,8).
13. Todos
llevamos los reflejos de tu gloria sobre nosotros, cada día con mayor
resplandor, y nos vamos transformando en imagen tuya cada vez más perfecta (2Cor 3,18).
14.
No se ha manifestado todavía lo que seremos; pero sabemos que cuando
aparezcas en tu gloria, seremos semejantes a ti, porque te veremos tal como
eres (1Jn
3,2).
15.
¡Sé que estás a punto de llegar! (Ap 22,7). ¡Sí, ven pronto, Señor Jesús! (Ap 22,20).
16.
Creo que todas éstas son promesas del Dios que no miente jamás (Tit 1,2). Amén.
51.- La fuerza
del Resucitado
en nuestro caminar hacia la
resurrección
El que crea en
mí, hará las obras que yo hago y,
como me voy donde está el
Padre,
las hará aún mayores (Jn 14,12).
Sabemos que quieres actuar poderosamente en nosotros, Jesús (Col 1,29).
Por eso queremos experimentar el poder de tu resurrección (Flp 3,10),
esa fuerza maravillosa que sale de ti (Lc 6,19).
Gracias, Jesús, porque tu Resurrección
se manifiesta en nosotros.
Gracias a ti podemos:
• Superar
miedos y complejos.
• Experimentar
el milagro de superar crisis graves.
• Verte en los
demás y tratarlos como a ti mismo en persona.
• Gozar de una
alegría profunda,
especialmente cuando hay problemas,
sabiendo sacarle fruto al dolor.
• Convertirnos en
consoladores.
• Ayudar a
superar enemistades.
• En los
matrimonios,
desarrollar progresivamente un enamoramiento integral.
• Vivir
fraternalmente, dialogando, en familia y/o en comunidad,
ayudándonos y complementándonos mutuamente.
• Crecer, con actitud
de servicio,
en todas las dimensiones posibles de nuestra
personalidad.
• Implicarnos a
fondo, según las posibilidades de cada uno,
en la construcción de un mundo justo.
• Tener
capacidad creciente y profunda de amistades complementarias,
sin dependencias afectivo-sexuales.
• Desarrollar
una capacidad creciente de gastar y dar la vida
por los amigos, por los pobres, por la justicia...
• Capacidad de
integrar conflictos y contradicciones:
- sentirse pecador y santo, débil y fuerte, pequeño y grande;
- saber unir fe y justicia, fe y ciencia,
trabajo intenso y oración profunda.
• Pensar,
sentir y actuar cada vez más a tu estilo, Jesús.
• ...
Salmo de la
educación sexual
Redactado por José L. Caravias sj.,
en sintonía con algunos padres
angustiados.
Papá-Dios, mira cómo
unos padres de familia del colegio
se han sublevado en contra
de la educación sexual de sus
hijos.
Tergiversan y mal interpretan
el contenido del libro de
texto,
estudiado y redactado con
tanto esmero
por expertos de la Javeriana.
Desgarran sus vestiduras
farisaicas...
Ven “pornografía”
donde hay sana enseñanza.
Obsesionados, se fijan sólo
en detalles,
sin contemplar la belleza del
conjunto.
Nosotros creemos, Señor,
que la sexualidad es un
hermoso don tuyo,
que expresa nuestro mutuo
amor,
y del que florecen estos
hermosos hijos,
que nos entregas con cariño
para que les ayudemos a
crecer y madurar
a tu imagen y semejanza.
Esos padres escandalizados
posiblemente no conocen a
fondo
tus hermosos proyectos...
Todo lo que sea sexo
les huele a podrido...
Quizás no han sabido
desarrollar
un auténtico amor conyugal.
Puede ser que sus
experiencias
sean sólo instintivas -sexo
sin amor-.
Por eso enjaulan a la
sexualidad.
Como tabú, como algo sucio,
monstruo que no debe ser
despertado...
Pero nuestro mundo, Señor,
tú lo sabes bien,
está invadido por una niebla
malsana
de obsesión y desenfreno
sexual.
Y los niños respiran este
ambiente.
No se les puede ocultar lo
que les invade
y les nace por todos los
poros de su ser...
Necesitamos, con urgencia,
limpiar y dignificar la
sexualidad
ante los ojos de nuestros
hijos.
Antes que aprender a
escondidas
obsesiones deformadas y
sucias,
queremos que les llegue una
sana educación.
La sexualidad no es un dios,
un absoluto,
ni tampoco un demonio,
sino un hermoso don tuyo,
que hay que aprender a usar
según tus designios
Padres e hijos queremos
caminar juntos,
en diálogo abierto,
con verdad y sencillez,
en ambiente de respeto,
ante la trasparencia
de nuestro amor sexuado.
Prometemos querernos y
quererles mejor.
Perfeccionar con delicadeza
nuestras respuestas a sus
preguntas,
al alcance de sus
necesidades.
Verán y gustarán
cómo se aman sus papás.
Nuestro amor mutuo de esposos
iluminará siempre sus ojos,
alargará sus sonrisas,
caldeará sus corazones,
animará sus ilusiones,
les colmará de seguridad,
afianzará su esperanza:
¡dará razón a sus vidas!
Ayúdanos, Jesús, a vivir la
sexualidad
conforme a los proyectos de
Papá-Dios.
Enséñanos a educar a nuestros
hijos,
niños, jóvenes o adultos,
a la luz maravillosa
de sus proyectos de Padre.
Que nosotros seamos sus
mejores confidentes.
Que puedan preguntar sin
miedo
todo lo que les inquiete.
Que sepan festejar con
nosotros sus éxitos.
Que sepamos respetarnos a
fondo.
Que crezcamos juntos.
Que seamos siempre amigos.
Amén.
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